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Las tres almas

Este relato es propiedad de Carme Sanchis, y su ilustración es propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

El agua fresca que viajaba por el río salpicaba la hierba que rodeaba su ribera. Las nubes jugaban con el sol, ocultando sus rayos calurosos. Los pájaros rozaban con sus alas el agua, volando de un lado a otro, robando gotas al río.

En la orilla, una tela a cuadros rojos y blancos cubría un trocito de tierra. Sobre ella había un par de vasos, una botella de vino y platos con restos de comida. Las hormigas ya formaban una fila para poder conseguir su diminuto banquete.

Una joven sentada en la hierba apoyaba su espalda en un árbol en flor. Su largo cabello mojado cubría sus pechos desnudos, que se movían con la música de su corta respiración. En unos segundos dejaría de ver el agua, dejaría de escuchar el canto de los pájaros. En unos segundos dejaría de sentir en su cuello los latidos incontrolables de su corazón y los dedos acusadores que lo rodeaban, apretándolo con fuerza para estrangularla.

 

 Ilustración de Sonia del Sol
https://www.facebook.com/sonia.delsol.3

***

Cuando Javier entró en el despacho del Inspector, lo encontró sentado en su sofá con un frasco de perfume en sus manos. La pequeña botella tenía perfilada una mariposa de tonos carmesí, Vincent la acariciaba con los dedos.

–Disculpe, señor –expresó desde la puerta. El ayudante se inquietó al no recibir respuesta–. ¿Le ha pasado algo?

–El tiempo… –susurró– El tiempo pasa sin informar a nadie, sin pedir permiso. La mayor parte de tu vida no eres consciente de que se escapa. Pero, cuando te paras a comprobarlo, cae sobre ti, con fuerza.

–Lo siento, Vincent. Sé que se acerca el aniversario de la muerte de tus padres, pero debes animarte. Ya han pasado muchos años.

–Esta mañana he ido hasta su antigua tienda de manualidades. Recuerdo haber pasado toda mi infancia en ella. Ahora está gris, cubierta de polvo. He podido ver su interior a través de los viejos periódicos rotos que cubren los cristales. Nunca he sido capaz de entrar, a pesar de que tengo las llaves, porque todavía los puedo ver sonriéndome desde detrás del mostrador.

Los recuerdos llegaban a su mente uno seguido de otro: su décimo cumpleaños, el día en que se graduó, una excursión por la montaña, y aquel instante en que le dijeron que habían sufrido un accidente, su respiración bloqueada, su corazón paralizado y sus lágrimas contenidas a punto de saltar al vacío.

»No puedo fallarles, debo seguir investigando, debo encontrarles.

–En todos estos años no hemos conseguido ninguna prueba. Recuerdo aquel día tan bien como tú, sé que la información es inconsistente, pero, sino hemos encontrado nada hasta ahora, no creo que lo encontremos. Lo sabes tan bien como yo –por primera vez desde que Vincent fue ascendido a Inspector, Javier le tuteaba. Se sentía extraño, pero le conocía desde el primer día en el cuerpo, desde que un joven estudiante de sociología repartía el correo y preparaba cafés para los verdaderos policías. Le había cogido cariño y, a pesar de que la diferencia de edad era de unos 15 años, para él Vincent era como un hijo.

»No hay indicios de que no fuese un trágico accidente. De verdad lo siento, pero creo que deberías seguir adelante. Así lo querrían ellos.

Compartieron unos minutos de silencio, tiempo suficiente para calmar los nervios y dejar paso de nuevo a la cordura. El Inspector depositó el frasco de perfume sobre la mesita y se acercó a su escritorio. Tenían mucho trabajo por delante.

–Tienes razón, Javi. Pero seguiré investigando –sacó su libreta negra y preparó su estilográfica–. Adelante, sé que hay un nuevo caso, la comisaría está alborotada.

–Por supuesto, usted nunca descansa. Un hombre ha encontrado el cuerpo de una joven junto al río. Paseaba con su hijo cuando lo encontraron, pero no han sabido darnos más información, no vieron nada.

–¿Identificación?

–Su descripción concuerda con una de las fichas de desaparecidos. Concretamente con Lucía Vera, de 36 años. Su marido, Marcos Lobera, informó de su desaparición hace cuatro días.

–¿Posible causa de la muerte?

–El primer informe detalla que la víctima presenta equimosis y estigmas ungueales en el cuello, así como cianosis facial.

–Vamos, que tenía la cara azul –sintió los ojos de incredulidad de su ayudante–. Entiendo… Asfixia, una muerte lenta. El asesino debía sentir un profundo odio hacia esa mujer. De todos modos, la autopsia nos dará más información, así como el día exacto en que falleció.

–Por los detalles de la escena del crimen, parece que forcejearon. Los agentes han hecho un buen trabajo de investigación, pero si quiere, podemos ir hasta allí para seguir buscando pruebas. El juez todavía no ha ordenado el levantamiento del cadáver.

–No, que hagan su trabajo. Prefiero ir a hablar con su marido, puede que tenga algunas pistas que darnos.

–De hecho, cuando el marido informó de su desaparición, expresó repetidas veces que su mujer nunca se alejaba de casa y, que se temía lo peor.

–Recuerdo a aquel hombre, el agente Matías me pidió ayuda porque no podía controlarlo. Tenía una barba espesa y olía bastante raro, como a bosque –el Inspector hizo una mueca, y Javi soltó una carcajada.

–Marcos Lobera tiene un pequeño herbolario en la calle de las Flores. Todavía no le hemos informado del descubrimiento.

–Perfecto, así podré observar su reacción, me encanta hacerlo. Y de paso, que me de algún remedio para está maldita jaqueca –sacó de su pitillera un cigarrillo y lo encendió con una larga calada.

–Estoy seguro de que el tabaco no ayuda, Vincent.

–Bah, tendremos que arriesgarnos. Venga, prepárate, te vienes conmigo.

***

A unos pasos de la puerta del herbolario, el fuerte olor de la mezcla de cientos de hierbas llegó hasta el Inspector y su ayudante. Era un aroma salvaje, como si la ciudad se convirtiese, en aquel pequeño lugar, en el centro de una frondosa selva, naturaleza en estado puro. Vincent nunca había entrado en un herbolario, así que no podía imaginar lo que encontraría. Siempre había pensado que las plantas solo servían para decorar macetas, para hacer más bonita una habitación vacía.

Al abrir la puerta, un carillón de viento con hojas y mariposas de aluminio emitió un sonido agradable, avisando al propietario de que entraban nuevos clientes. Vincent observó con asombro el establecimiento. Los estantes estaban repletos de pequeñas bolsas con hojas secas, semillas y raíces, de toda clase de plantas diferentes. Había botellines con aceites, tarros de miel, pastillas de jabón de colores y frascos de colonias naturales. Y, para acompañar el fuerte olor, una barrita de incienso se consumía sobre una mesa en el centro de la estancia.

Mientras observaban la habitación, apareció el hombre con la barba espesa. Marcos tenía 42 años, y era tan corpulento que su espalda era casi tan grande como la de Vincent y Javier juntos. Tenía el pelo rizado de color azabache, unido a la barba por unas grandes patillas.

–¿En qué puedo ayudarles?

–¿Señor Lobera? Soy el Inspector Vincent Barrett.

–No me lo diga, lo sé… Lucía se ha ido.

–Hemos encontrado su cuerpo sin vida junto al río –confirmó Javier.

–Se fue hace varios días, lo sentí. Sentí que se escapaba de nuevo –agachó la cabeza y dio media vuelta. Se sentó en una silla que tenía al otro lado del mostrador–. Mi pobre Luci, cada vez se va más pronto.

–¿Disculpe? ¿Qué quiere decir? –preguntó el Inspector.

–Recuerdo haber sentido escaparse de mis manos a mi querida compañera de vida decenas de veces. ¿Usted sabe lo difícil que es vivir sabiendo que se va a ir?

–¿Estaba enferma? Cuando informó de la desaparición no nos dio esa información.

–No, maldita sea. Su alma está enlazada con la mía. Hemos viajado durante cientos de años de cuerpo en cuerpo, de país en país, a través del tiempo. Viviendo siempre juntos, uniéndonos una y otra vez a pesar de las diferentes circunstancias.

–Me parece que no entiendo lo que quiere decir, señor –más bien, Vincent no creía en historias de almas ni destinos.

–Nadie lo entiende. Pero, sé que en nuestro último encuentro fui su hija, lo he soñado miles de veces. Sé que ella era mi madre y la asesinó su segundo marido. Entiendo que algunas personas no lo comprendan, que no sean capaces de entender cómo funciona todo esto, pero yo sé que es real.

–A ver, ¿quiere decir que en otra vida usted fue su hija? ¿Cómo es posible?

–No somos más que simples almas viajeras, cambiando de cuerpo y morada de forma aleatoria. Nuestras almas tienen el destino de estar siempre juntas, de unir nuestras vidas una y otra vez. Y aunque sé que ese mismo destino nos separa cada una de las veces, sigo intentando salvarla. No puedo dejar de intentarlo.

–Perdóneme, señor. Pero supongo que no tengo los conocimientos necesarios para entenderle. Siento su pérdida, en eso sí tengo experiencia –añadió con tono solemne.

–Bah, ahora solo cabe esperar que mi cuerpo perezca y volvernos a encontrar en otro lugar –se levantó con la intención de ir a la parte trasera de la tienda, detrás de una cortina hecha con semillas de colores.

–Un momento, Marcos –apuró Vincent–. ¿Conoce algún posible culpable?

–No, señor. Sé quién es el culpable, siempre lo ha sido. En este caso, podéis encontrarla por el nombre de Julia Pradell. Ella es quien siempre separa nuestras almas. Ha trabajado en esta tienda hasta el día en que desapareció mi Luci, desde entonces, no la he vuelto a ver.

–En ese caso, ¿cree que su empleada ha asesinado a su mujer? –Preguntó agitado Javier.

–Esa maldita enferma molestaba constantemente a Lucia. Siempre que tenía tiempo libre iba a mi casa para ver a mi mujer. Creo que la envidiaba, por estar casada, tener una casa bonita, no tener que trabajar. Ya saben, una solterona como ella necesita ese tipo de cosas, y un hombre, por supuesto.

–¿Era su amante? –lanzó Vincent sin contemplaciones.

–Por el amor de dios, ¿cómo se atreve? Yo adoro a mi Luci, jamás podría engañarla. Pero, Julia se me insinuaba constantemente. Pensé en echarla varias veces, pero mi mujer me suplicaba paciencia.

–Y, ¿por qué cree que es culpable?

–Supongo que al final no ha podido controlar los celos. Ella es el alma oscura que nos sigue vida tras vida, la que nos condena a separarnos.

–Entonces, ¿por qué permitió que trabajase aquí? –preguntó Javier sorprendido.

–Porque así es esta historia, por mucho que quiera deshacerme de ella, nos hubiese encontrado de otro modo –Vincent anotó aquella acusación en su libreta.

–A ver. Dice usted, que sabe que ha sido ella. ¿Acaso tiene pruebas que lo confirmen? –preguntó el Inspector, incrédulo.

–No me hacen falta para saberlo. Pero tranquilos, no habrá ido muy lejos. Estará refugiada en su bosque, calmando su rabia con la naturaleza. Maldita bruja.

–Estaremos en contacto con usted, señor Lobera.

–Una última información, Inspector. Desde aquí puedo oler el hedor del perverso tabaco –le acercó una bolsita, mientras Vincent lo observaba con las cejas arqueadas–. Le aconsejo que mastique raíz de jengibre, estoy seguro de que le calmará la ansiedad por un nuevo cigarrillo.

–Es curioso que pueda oler nada con ese maldito incienso acompañando al resto de plantas, pero gracias por el obsequio. Puede que lo pruebe más tarde. Buenos días.

 

Se guardó el paquete en el bolsillo y salieron del herbolario. El contraste con el olor de la calle era extraño, los dos se sentían un poco mareados.

–¿Qué opinas, Javi?

–Parece que necesita unas vacaciones.

–O un corazón. Por mucho que crea en esa historia de las almas, debería mostrar al menos algún signo de dolor por la muerte de su mujer. No entiendo cómo puede mostrarse tan sereno, tan cínico culpando a su empleada sin pruebas.

–Señor, yo no creo en esas cosas de almas, pero mi mujer sí. Ella siempre dice que el alma te permite vivir aventuras, viajar por el tiempo, estar presente en cada acontecimiento. Supongo que si tuviese que creer en algo, sería en eso. Al menos parece un destino agradable.

–Entiendo, es una creencia como cualquier otra. Pero, ¿es posible que sepa que en una vida pasada estuvieron juntos? –preguntó con escepticismo el Inspector.

–¿Es posible que todos los dioses a los que adoran en el mundo existan al mismo tiempo y se pongan de acuerdo sobre cuál es el verdadero? –Vincent se acercó a él y se llevó el dedo índice a los labios.

–Será mejor que bajes la voz y cambiemos de tema. No tengo ganas de terminar en el calabozo de nuestra comisaria. He odio que se duerme muy mal.

–Perdone, señor. Hablar de política y religión siempre es de mala educación –respondió Javier como si fuese una canción.

–Deberíamos volver y buscar la dirección de esa mujer. Esperemos que no esté en el bosque como dice Marcos, no tengo ganas de buscarla entre los árboles.

***

La casa de Julia Pradell estaba situada en el bosque. Era una pequeña cabaña de madera, rodeada por un amplio jardín con infinidad de plantas diferentes, y un huerto en la parte trasera. En la parte derecha había un pequeño vallado interior con animales.

Cuando Vincent llegó, un labrador con el pelo dorado se acercó hasta él y lo olisqueó. Acarició su hocico y le dio unas palmaditas en la cabeza. Más tarde maldeciría su muestra de cariño, porque desde ese momento no pudo quitárselo de encima.

Encontró a la mujer en el huerto, rodeada de hortalizas brillantes y hojas verdes bañadas por el agua. La mujer vestía unos pantalones anchos y una camiseta manchada de pintura. Su largo pelo dorado, encrespado por los rizos, estaba recogido en el lado izquierdo por una gran trenza desgreñada, acompañada por una pluma negra a su fin; mientras el resto del cabello permanecía suelto,  decorado con algunas cuentas púrpuras. Su piel era de un tono muy claro, y cientos de pecas cubrían su cuerpo. Pero sin duda, lo que más llamaba la atención eran sus ojos verdosos, rodeados por unas intensas ojeras que masacraban su imagen. Era más bien baja y le sobraban demasiados quilos. Se acercó hasta él con una sonrisa desganada, mientras se frotaba la nuca con la mano derecha.

–Buenas tardes, señor. ¿En qué puedo ayudarle?

–Buenas tardes. Soy el Inspector Vincent Barrett. Espero no molestarle con mi visita.

–Adelante, acérquese. ¿Le gustan los tomates? Puede coger unos cuantos.

–Gracias, tiene un huerto muy bonito. Estoy seguro de que debe ser un lugar de relajación magnífico. Pero, debo darle una mala noticia.

–Han encontrado a Lucía, ¿verdad?

«Parece que todo el mundo está informado, no sé para qué demonios trabajo –pensó Vincent»

–Así es, hemos encontrado su cuerpo sin vida junto al río –la mujer cayó de rodillas, las lágrimas se agolparon en sus ojos verdosos–. Lamento la pérdida, señorita Pradell. Sé que eran buenas amigas.

–Pobre Luci, era un encanto, siempre atenta con todo el mundo.

–Verá, me gustaría ser sincero. Alguien nos ha asegurado que usted es la culpable del asesinato de Lucía, por eso estoy aquí.

–¿Alguien? No se ande con enigmas. El chiflado de mi jefe cree que he sido yo. Estoy harta de sus locuras.

–¿Ha tenido problemas con él?

–Siempre me está explicando su maravillosa historia. Cree que Lucía es el amor de su vida, que su destino es estar con ella para siempre, a través del tiempo. Mil veces ha jurado que la seguiría al fin del mundo, pero ni siquiera era capaz de saber lo que ella deseaba.

–¿Cree que tenían problemas en su relación? –preguntó el Inspector.

–Creo que pasaban demasiado tiempo pensando en sus almas, en sus vidas pasadas, en viajar por el tiempo, en que algo malo iba a llegar. Luci me explicaba muchas veces que tenía miedo, que sabía que le iba a pasar algo. De hecho, ni siquiera quería salir de casa.

–Pero aquel día salió. ¿Con quién cree que podía estar junto al río, Julia? –La mujer parpadeó repetidas veces. Unas gotas de sudor aparecieron en su frente y su respiración se aceleró– Por favor, necesitamos toda la información que pueda darnos.

Permanecía arrodillada en el suelo, manchando su ropa con el barro del huerto. Todavía temblaba por los nervios.

–Le juro que yo no la maté. Habíamos salido aquel día. Hacía tiempo que íbamos a comer al río, lejos de la ciudad y sus líos. Allí podíamos hablar tranquilamente, y Lucía se sentía segura. Pero, yo no la maté.

–Encontramos señales de una discusión.

–Cuando me fui, ella estaba acostada junto a un árbol. Tenía que irme a trabajar, pero me dijo que prefería quedarse un poco más. Me fui con mi bicicleta al herbolario, y al día siguiente, Marcos informó de la desaparición. No volví a acercarme a esa tienda.

Vincent no sabía qué pensar. Por una parte, Julia parecía mucho más afectada por la muerte de Lucia que su propio marido, pero había estado con ella justo antes de la muerte. Y, el marido parecía muy convencido de que era culpable, más allá de su historia de las almas, odiaba a su empleada.

–¿Por qué se llevan tan mal usted y el señor Lobera? –observó la duda durante unos segundos en el resto de la mujer, mientras se ponía en pie con su ayuda.

–Él no quería que me acercase a Lucia. Era muy acaparador, no soportaba que ella pudiese compartir nada conmigo. Trabajaba allí porque necesito el dinero y, como ve, me encantan los remedios naturales. Poco después de empezar a trabajar, Marcos me presentó a Lucia. Nos hicimos amigas de inmediato, y al él no le gustó en absoluto.

–Pero usted y la señora Vera se veían regularmente. Supongo que a escondidas de su marido, puede que eso lo cabrease.

–No, no sospechaba nada. Luci le decía que iba a casa de su tía a darle de comer, pero hacía años que su tía había muerto. Y, por otra parte. No sé muy bien cómo explicarlo… –la mujer agachó la mirada y se limpió un poco la suciedad de los pantalones– Marcos me propuso un par de veces mantener relaciones carnales, pero jamás accedí. Tenía que soportar sus miradas, sus desprecios cuando me llamaba solterona.

–¿Lo sabía Lucia? –maldito mentiroso, dijo que jamás la engañaría; recordó el Inspector.

–Tuve que decírselo, sabía que algo me pasaba, y a ella no le pude mentir. Le molestaba que me hiciese daño, pero no le importaba en absoluto el engaño. A partir de ese momento se sentía menos culpable por vernos a escondidas en el río.

Vincent repasó su libreta. El marido había informado de la desaparición, al parecer, poco después de la muerte de Lucia. A partir de ese día, Julia había dejado de ir a trabajar; así que Marcos y ella no se habían vuelto a ver. Además, el día del asesinato las dos mujeres estaban comiendo juntas, y el marido no tenía ni idea de que fuese así, o al menos, eso suponían ellas. En ese caso, la última persona que había estado con la mujer asesinada había sido Julia.

–Señorita Pradell, me gustaría ser sincero con usted. El día en que asesinaron a Lucia estaban comiendo juntas, justo en la escena del crimen. Afirma que Marcos no sabía nada de sus encuentros, por tanto, usted se convierte en la sospechosa principal. ¿Lo entiende?

Sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas y su piel empalideció, a pesar de lo blancuzca que ya era. Debía llevarla a la comisaria, detenerla para evitar una posible fuga, pero no tenía muy claro si era culpable. No había pruebas sólidas en aquel caso, y todos parecían esconder más de lo que mostraban.

»Acompáñeme, por favor. No hará falta enmanillarla, seguro que cooperará.

–Por supuesto, soy inocente. Iré donde usted me pida, pero prométame que buscará al verdadero culpable.

–Haremos justicia.

***

 

Ilustración de Sonia del Sol

Vincent fumaba un cigarrillo junto a la ventana de su despacho cuando Javier llamó a su puerta. Ya habían pasado varios días desde que encontraron el cuerpo de Lucia Vera, y la autopsia había confirmado lo evidente: había sido asesinada por asfixia. El asesino había golpeado repetidas veces a la víctima, antes de empezar a estrangularla. Una vez aturdida por los golpes y tumbada en el suelo, rodeó su cuello con las manos, presionando con sus pulgares su delicada tráquea. La uñas se habían clavado en su piel, creando estigmas ungueales. La presión ejercida por sus manos comprimió las arterías carótidas, impidiendo al cerebro abastecerse de sangre. Finalmente, su tráquea cedió, y el aire dejó de llegar a los pulmones. Su rostro se tiñó de un tono azulado. Y quedó tendida junto al árbol, totalmente desnuda, esperando a que alguien fuese a buscarla.

«Tanto Marcos como Julia podrían haber ejercido toda la fuerza necesaria para golpear a Lucía y estrangularla. Pero, ¿quién de los dos fue? Uno de ellos miente…», pensaba el Inspector mientras le daba más vuelta a las pocas pruebas que tenía. Habían interrogado a los dos sospechosos, pero no había sacado más información. El comisario había ordenado que se juzgase a Julia con las pruebas que tenían, para él eran más que suficientes: estaba en el lugar del suceso, tenía un móvil y todas las pruebas la incriminaban. Pero Vincent no estaba de acuerdo, no tenía nada clara su culpabilidad.

–Disculpe, Inspector. El señor Lobera pide hablar con usted, quiere proponerle una cosa.

–Que pase, por favor.

Marcos parecía un hombre totalmente diferente. Se había peinado elegantemente, y vestía un traje oscuro, con una corbata de color escarlata. La espesa barba que tanto le caracterizaba, había sido afeitada, junto a las espesas patillas. Incluso olía diferente. Se acercó hasta el escritorio de Vincent y se sentó frente a él.

–Buenos días –le tendió la mano.

–¿A qué se debe su visita, señor?

–Quiero hablar con Julia, antes de que la juzguen. Quiero hacerle algunas preguntas, saber por qué lo hizo –a Vincent no le gustó nada aquella afirmación. No podía parar de pensar que todo estaba siendo muy precipitado, y su apremio le recordó que no quedaba tiempo.

–No estoy seguro de que sea una buena idea. Pero, si quiere hacerlo, deberá permitir que esté presente en todo momento.

–No me importa, así escuchará su declaración.

–Está bien, sígame.

 

Julia estaba en el calabozo de la comisaria, en aquel sitio frío con lechos duros e higiene inexistente. Su cabello permanecía igual que el día en que la llevó allí, pero estaba sucio y daba un toque grasiento a su rostro. El barro de sus pantalones, aquel que había aplastado al caer de rodillas, estaba seco y se desprendía de ellos a cada pequeño movimiento, cubriendo el suelo de arenilla. Sus ojos estaban rojos, y el hedor del sudor la envolvía.

–Señorita Pradell, el señor Lobera ha venido a visitarla. Le gustaría hablar con usted un par de minutos –la mujer arrugó la nariz y echó una mirada de rabia hacia el herbolario.

–No tengo nada que hablar con ese desgraciado.

–Puede que esta sea su oportunidad de hacer justicia –susurró Vincent.

–Está bien, acepto.

–Pues, ya puede empezar con sus preguntas, señor.

–¿Ni tan solo va a salir de su celda? ¿Tampoco puedo entrar yo?

–Lo toma o lo deja, el tiempo corre, y no puede estar aquí más de cinco minutos.

–Está bien. Seré claro. Pronto se sabrá toda la verdad y pasarás el resto de tu vida sufriendo por remordimientos, Julia –la mujer observaba con curiosidad su ropa, su rostro. Seguramente pensaba lo mismo el Inspector, ¿por qué demonios ha cambiado tanto?

–No tengo nada por lo que arrepentirme. Yo siempre estuve al lado de Lucía, en las buenas y en las malas. Jamás le mentí, jamás le fallé. ¿Puedes decir lo mismo?

–Luci solo estaba contigo por pena, asúmelo. Pobre solterona, me decía siempre, jamás encontrará a nadie que la quiera.

Vincent podía sentir la tensión entre las dos partes, cada uno mantenía su versión dela historia. Pero, ¿cuál era la cierta?

–Acéptalo, estúpido. Ya te lo dije una vez y te lo repito ahora, aunque sea lo último que diga. Lucía me eligió a mí, me prefería a mí, por eso te engañaba. Por eso salía de casa para estar conmigo.

–Maldita zorra. Espero que te acuerdes de mi cara cuando te den garrote.

Marcos dio media vuelta y se fue directo a la puerta del calabozo, que guardaba un agente, decidido a terminar de ese modo el diálogo. No podía creer que hubiese pronunciado aquellas palabras, no creía que un alma tan pura como la que él decía tener pudiese hablar así.

–Discúlpeme, señorita. Volveré más tarde. Siento haberla hecho pasar por esto.

 

Vincent salió tras él, esperando que siguiese en la comisaria para poder hablar. Y así era. Le esperaba en su despacho, sentado de nuevo en la silla. Tamborileaba con sus dedos sobre la mesa, emitiendo una música rápida.

–¿Podría traerme una taza de café? Necesito beber algo.

–Por supuesto –El Inspector preparó dos tazas, y las llenó del café que le quedaba. No estaba recién hecho, pero tampoco estaba frío–. ¿Le gusta con azúcar?

–Utilizo un edulcorante natural –sacó un frasquito de su chaqueta y precipitó un chorro largo en el café–. Es mucho más bueno así. ¿Ha probado ya lo que le di?

–Pues no, la verdad. Seguiré fumando por un tiempo…

–Sé que no ha estado bien decirle lo del garrote a Julia, pero quiero que tenga miedo, el mismo miedo que sintió mi Luci antes de morir –dio un gran sorbo de café e hizo una mueca, como si siguiese agrio–. Usted no entendió nuestra historia de las almas, pero quiero que intente entender. Somos tres almas unidas por el destino. Hemos viajado por el tiempo, por el mundo y siempre ha terminado todo igual. Dos almas unidas por amor, y una tercera que termina con todo. Durante mucho tiempo advertí a Lucía de que algo malo pasaría, y así fue –soltó un nuevo chorro del líquido edulcorante y dio un nuevo sorbo–. Cuando conocí a Julia me gustó su entusiasmo, siempre quería aprender cosas nuevas, y me enseñaba otras que yo desconocía. Pero, pronto descubrí que ella nos separaría, que nos alejaría. Nuestras almas están destinadas a estar juntas, me decía a mí mismo. Entonces, ¿cómo es posible que las cosas no vayan bien? –las manos le empezaron a temblar fuertemente– Sabía que Lucia me estaba engañando, pero no podía imaginar que se iba con ella. Su maldita tía estaba muerta, ¡muerta! ¿Cuánto tiempo me engañó? ¿Cuántos años llevaba escabulléndose para verla? –Empezó a sudar, tenía la frente brillante y un par de gotas resbalaban por su cuello– Pero yo no lo sospechaba, solo fui capaz de verlo cuando Julia me gritó: ¡Su alma es mía, mi alma es suya! ¡Tú eres la tercera alma, el alma negra! –sus pupilas estaban muy dilatadas, y su respiración se aceleraba cada segundo un poco más– Entonces me di cuenta, Lucía la había elegido a ella. Su alma pura había elegido a Julia, y así habría sido en otras vidas, y así sería en las siguientes. Yo era el alma oscura –se terminó el café, y lanzó un poco más de líquido en la taza. Tenía un color oscuro, lo bebió de un trago–. El alma oscura debe terminar con todo, y así lo hice. Fui hasta el río, las encontré. Esperé escondido, escuchando su conversación. No podía soportar verlas allí, traicionándome. Cuando estaba a punto de salir de mi escondite, Julia cogió su bicicleta y se marchó. Entonces lo vi… –la voz le dio un salto, por un momento parecía que se hubiese quedado mudo– Entonces lo vi claro, debía acabar con ella, allí, justo en su lugar secreto. La sorprendí, la golpeé. La desnudé, la tiré al río. Se resistió, mucho más de lo que pensaba que se resistiría. Cuando su espalda chocó contra el tronco del árbol, pareció desmayarse –sus manos se movían con golpes, agitadas por espasmos–. La tumbé en el suelo, apoyada en el tronco. Rodeé su cuello, aquel que tantas veces había besado, y apreté. Apreté hasta que empezó a darme patadas. Apreté hasta que vi que se le ponía la cara azulada. Apreté hasta que dejó de respirar –Vincent le miraba con espanto, por su relato y por las convulsiones que recorrían su cuerpo–. ¿Sabe lo último que hice? La besé, le robé el último de sus besos.

Marcos Lobera se quedó en silencio. Movía los labios, abría y cerraba la boca pero no podía hablar. De sus ojos salían lágrimas, y su rostro estaba lleno de sudor. A penas podía respirar y su último aliento lo utilizó para sacar de su bolsillo una carta. Golpeó su cabeza en el escritorio y quedó inmóvil para siempre. El frasco que guardaba en su chaqueta estaba lleno de Belladona, y la dosis que había tomado era suficiente para provocarle todos aquellos síntomas, y el último, la muerte.

En aquella nota, se declaraba culpable y narraba la historia tal y como lo acababa de hacer. Julia sería declarada inocente, pero como Marcos le había dicho, sufriría toda la vida por el remordimiento. Cada vez que recordase su lugar secreto, cada vez que recordase aquel momento en que orgullosa le confesó que Lucía y ella se veían a escondidas. Pero, creyese o no en almas, lo cierto es que en aquella vida ella era inocente, y él, culpable.

 

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Publicado por en 8 junio 2013 en Capítulos

 

The Knickers

Este relato es propiedad de Carme Sanchis, y su ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ilustración de Verónica López
http://vekfly.blogspot.com.es/

La lluvia había llegado hacía ya más de nueve días, montada en nubarrones grises y acompañada por un viento frío, dispuesta a quedarse. Los árboles sentían cómo se les desgarraban las ramas y caían al suelo cubierto de charcos de agua. La Luna no había acudido a su cita aquella noche, aunque nadie se daría cuenta, porque las nubes cubrían el cielo repleto de estrellas.

El autobús nocturno hacía su última parada, y una mujer medio dormida susurró “hasta luego” al cansado conductor. Jordi Orrego vestía un uniforme azul oscuro y una sonrisa en sus labios, siempre impecable. Pero, cada noche cuando paraba el motor del autobús, se desabrochaba los primeros botones, se quitaba el gorro de conductor y suspiraba profundamente. Su barba incipiente y sus ojos tristes mostraban la desmotivación de un hombre que seguía una rutina casi enfermiza. Cada día el mismo trayecto, una y otra vez. Muchos de sus compañeros se sentían satisfechos con aquel trabajo, siempre alegres y entusiasmados; pero no era su caso.

Había soñado con ser un importante hombre de negocios, viajar por el mundo y conocer a cientos de personas. Pero era conductor de autobús, viajaba por las mismas carreteras cada día y solo conocía a aquellas personas que se dignaban a saludarle al subir.

–Pss, tampoco me puedo quejar –susurró mientras se incorporaba–. Al menos tengo un trabajo.

Revisó el autobús por si alguien había dejado olvidado algún objeto personal al bajar. En los años que llevaba allí trabajando había encontrado basura, mochilas, paraguas, carpetas y hasta monederos. Recorrió el vehículo con cuidado, resbalando un par de veces con pequeños restos de agua y barro que los viajeros habían subido en sus zapatos. En el fondo del autobús, en el asiento del cobrador, había un hombre con la cabeza descansada sobre la mesa color crudo.

»Señor, hemos llegado a la última parada.

Pero no obtuvo respuesta. No era la primera vez que alguien se quedaba dormido durante el trayecto. Se acercó al hombre de cabello castaño, examinó con cuidado el maletín de piel que había junto al pasajero y repitió su frase, tocándole suavemente el hombro.

»El trayecto ha terminado,  hemos llegado a la última parada –de nuevo obtuvo silencio–. ¿Señor?

Al zarandear de nuevo su hombro, el brazo izquierdo se movió y golpeó fuertemente el metal de la puerta trasera del autobús. Permaneció inmóvil, impasible frente a aquel accidente. Jordi empezó a ponerse nervioso, sentía que un sudor frío empapaba su cuerpo. Corrió en busca de alguien que pudiese ayudarle, pero la estación estaba totalmente vacía.

~***~

La lluvia golpeaba los cristales de la ventana del despacho de Vincent, mientras archivaba los documentos de su último caso. La comisaría todavía hablaba del “hombre del saco”, y su captura había conseguido motivar a todos los agentes. Desde entonces, todos trabajaban con más eficiencia, cooperando con el resto de compañeros. Javier se hacía cargo de la organización de los equipos y Vincent intentaba poner en orden todos los archivos que tenía amontonados en su despacho.

–¡Esto es una mierda! –gritó, tirando un archivador sobre la mesa. Se encendió un cigarrillo y se acercó a la ventana– Tal vez debería dejar esto y seguir como hasta ahora, tampoco me ha ido tan mal.

–Si prefiere puedo organizarlo yo mismo –propuso su ayudante desde la puerta. Había cambiado mucho en aquel periodo de tiempo, se veía más feliz.

–Ah, Javi. No, no te preocupes. Solo estoy un poco agobiado.

–Tranquilo, Inspector. Le traigo un nuevo caso, de los que a usted le gustan –Javier le entregó la carpeta color arena y se sirvió un vaso de agua–. Hace un par de horas que localizaron el cadáver de un joven indocumentado en el autobús nocturno.

–¿Causa de la muerte?

–Arritmia cardíaca, no sabemos la causa exacta. Pero es demasiado joven y a simple vista gozaba de buena salud.

–Ya, ¿no llevaba ningún tipo de identificación? –El hombre negó con la cabeza.

–Solo lo acompañaba un maletín repleto de billetes.

–Bonita compañía. ¿Has comparado la descripción con el archivo de desaparecidos?

–Sí, señor. No hay coincidencias.

–¿Testigos? –preguntó Vincent, mientras abría su libreta para apuntar los datos.

–El conductor del autobús fue el que se encontró el cadáver. Ha explicado con detalle al agente González cómo encontró el cuerpo, pero no sabe nada de su identidad. Nos hemos puesto en contacto con el cobrador del autobús, puede que recuerde con quien viajaba.

–Perfecto, que le tomen declaración. Quiero investigar el lugar del suceso, ese hombre tuvo que morir dentro del autobús, no creo que alguien lo subiese ya muerto.

–Concédame un par de minutos. Difundiré la información y prepararé el coche.

~***~

Vincent observó asqueado el autobús aparcado en la estación. Recordaba los viajes que había hecho cuando era un simple ayudante que soñaba con ser detective. Pero ahora era Inspector de un cuerpo de policías corrupto, y sus sueños debían esperar.

El conductor permanecía sentado en uno de los bancos de metal. Una multitud rodeaba con curiosidad el autobús custodiado por dos policías, la gente era tremendamente morbosa.

–Buenos días, Señor Orrego –extendió su mano para presentarse–. Soy el Inspector Vincent Barrett, y este es mi ayudante.

–Encantado –miró de reojo su autobús–. Ya les he explicado todo lo que sabía a vuestros compañeros. Siento no poder dar más información, pero no vi nada, no escuché nada.

–No se preocupe, solo quería asegurarme de que estaba bien. Si en algún momento se acuerda de algo, póngase en contacto con nuestra comisaría.

–En mi autobús caben setenta y cuatro pasajeros, van subiendo y bajando, y a penas se dirigen la palabra entre ellos. Espero que mi compañero pueda ayudarles más que yo.

–Por supuesto, puede volver a su casa. Después de un turno de noche supongo que estará usted muy cansado.

–Muchas gracias, Inspector. Puede contar con mi colaboración siempre que lo necesite.

Los dos agentes se acercaron al autobús, dispuestos a descubrir cualquier pequeño detalle olvidado. En aquellos tiempos de investigaciones imprecisas, sentencias rápidas y encarcelamientos injustos, era muy típico que las pruebas pasasen desapercibidas o fuesen olvidadas a conciencia. Vincent y su ayudante luchaban por hacer más justa la justicia.

El joven permanecía sentado en el asiento correspondiente al cobrador del autobús. Su pelo estaba brillante por los productos utilizados para hacer que su tupé permaneciese estático. Llevaba una camiseta blanca cubierta por una chaqueta de cuero duro. Sus pantalones oscuros estaban ceñidos a sus piernas inmóviles, y sus zapatos Creepers terminaban de confirmar que era todo un rockabilly.

–No es muy típico por aquí ver gente con este estilo, ¿verdad?

–Ni siquiera sé a qué estilo se refiere, señor –Vincent soltó una sonora carcajada.

–Javi, ¿es que no has oído hablar del rock’n’roll?

–Bueno, sí. Pero pensaba que esa música solo existía en América.

–Tal vez llegue aquí dentro de 10 años, cuando todos estén cansados de bailarlo –el Inspector dejó escapar un suspiro de indignación–. Estoy seguro de que este joven estuvo en alguna fiesta o algo parecido. Quizá…

Examinó los bolsillos de la chaqueta, convencido de que encontraría alguna pista.

»¡Aquí esta! –Extrajo un pequeño trozo de cartulina impresa y leyó en voz alta–: Fiesta Rockabilly, Dolly’s Days y The Knickers en directo. Bar la Morena.

–¡Magnífico! Sé dónde está, señor. Se han hecho un par de redadas en ese local.

–Me imagino… –y seguro que sin motivo alguno, pensó Vincent– Que levanten el cadáver, e insiste al forense para que haga pruebas de toxicología, seguro que encuentra una causa más concreta gracias a los resultados.

~***~

El bar estaba situado en el bajo de un edificio antiguo, en un barrio marginal, donde era típico encontrar gente desaliñada, cansada, pero siempre dispuesta a ayudar.

Pero, al entrar en aquel local el mundo entero cambiaba, viajando a un presente paralelo censurado para el pueblo de aquel país. El color rojo intenso de las paredes hacía conjunto con el de los taburetes que había junto a la barra. Las mesas y las sillas negras terminaban dando paso a un espacio vacío que rodeaba un pequeño escenario. Y, el suelo estaba cubierto de azulejos, unos blancos y otros negros que dibujaban una cuadrícula hipnótica.

Se abrió una puerta de madera oscura y un joven, más o menos de su edad, apareció con media docena de botellines de cerveza en las manos.

–Pasa, siéntate. ¿Quieres una de estas? –preguntó el camarero con una sonrisa en los labios. Su estilo le recordaba al del chico no identificado, pero mucho menos glamuroso.

–Soy el Inspector Vincent Barrett.

–Y yo Miguel de la Morena, mucho gusto –abrió dos de las botellas, dejó una al otro lado de la barra y empezó a beber de la suya–. No hace ni dos semanas que hicieron la última redada, ¿qué pasa ahora?

–¿Conoces a este hombre? –Vincent extrajo del bolsillo interior de su abrigo una pequeña polaroid.

–¡Mierda! ¿Es Jack de Knickers? No puede ser, es imposible…

El joven se llevó las manos a la cabeza, removiendo su pelo castaño. Sus ojos enrojecidos estaban muy abiertos y su rostro mostraba preocupación.

–No disponemos de información sobre su nombre.

–Pues te lo confirmo, tío. Es Jack, ayer estuvo en mi local dando un concierto –se llevó a los labios el botellín de cerveza–. Esto es absurdo.

–¿Es uno de los integrantes del grupo The Knickers?

–Vaya, ¿conoces la banda? –Vincent le mostró la pequeña cartulina–  ¿Por qué demonios tienes una de las invitaciones?

–La llevaba la víctima en uno de los bolsillos.

–¿Víctima? ¿Creéis que alguien le mató? Entiendo, como yo organicé la fiesta me va a caer todo el marrón.

–Tranquilo, solo estamos buscando información –anotó un par de ideas en su libreta.

–Eh, tío. ¿Qué estás escribiendo ahí? Yo no he hecho nada, solo pongo copas y organizo conciertos.

–Cálmate, por favor. Te aseguro que no creo que seas el culpable. Pero, dime, ¿por qué te arriesgas a organizar conciertos ilegales? –se encendió un cigarrillo y bebió un trago de la cerveza que le había ofrecido.

–Joder, ¿tú oyes la música que ponen en la radio de este maldito país? Mientras afuera están descubriendo cientos de estilos musicales alternativos, aquí tenemos la misma mierda casposa de siempre. ¿Cómo no voy a arriesgarme a traer a esta gente? Un poco de cultura no hace daño a nadie, a diferencia de sus hostias cuando no están de acuerdo con lo que haces.

Vincent miró estupefacto a aquel joven de pantalones oscuros y calcetines blancos. Observó las mangas medio recogidas de aquella camisa blanca ceñida a su cuerpo. En cierto modo lo envidiaba, por ser capaz de hacer frente abiertamente a la censura que vivía, mientras él daba soplos de forma anónima y luchaba en la clandestinidad.

–Entiendo perfectamente tu postura, créeme –percibió cómo Miguel se asombraba ante sus palabras–. Aunque sea Inspector de policía eso no significa que no esté en contra de este estúpido régimen de mierda que no nos deja ni respirar.

–Tío, podrían echarte por decir esas cosas…

–Que lo hagan, tengo información suficiente para cubrirles de mierda y encerrarles a todos una buena temporada en la cárcel –Miguel dejó escapar una carcajada, y Vincent levantó la cerveza–. ¡Por la libertad!

–Por ser libres.

Los dos bebieron al mismo tiempo, saboreando el momento y la cerveza fría. Miguel aprovechó el silencio para poner música, una de las canciones del grupo The Knickers.

»Escúchales, eran buenos. Cruzaron el charco expresamente para este concierto.  Jack era un tío majísimo, no entiendo quién querría matarle.

–¿Se llevaba mal con alguien?

–Que yo sepa no. Solo llevaba aquí cuatro días, prácticamente no conocía a nadie.

–Mejor, así reducimos el número de posibles sospechosos. Intenta recordar las personas que tuvieron contacto con él.

–Está bien, déjame pensar. Me conocía a mí, a la casera del edificio, a un par de camareros y a los integrantes del grupo Dolly’s Days –se mordió el labio mientras intentaba hacer memoria–. Y, no creo que ayer en el concierto conociera a nadie más, aquí prácticamente nadie sabe hablar inglés y era el único idioma que él comprendía.

–Así que la lista, de momento, se reduce a esos sospechosos. Magnífico.

La canción terminó y le siguió una de Dolly’s Days. La voz femenina, bastante estridente, sonaba al compás de una guitarra eléctrica. A Vincent le pareció extraño escucharla.

–Está cantando en nuestro idioma, ¿verdad?

–Así es. Dolly es de aquí, bueno, de la península. También vinieron únicamente por el concierto. Su verdadero nombre es Irune Caicedo, pero ya sabe, Dolly, chica guapa… Ese es su rollo.

–Vaya, qué vanidosa. ¿Cuántas personas forman el grupo?

–Ella y dos hombres más. El batería es su novio y el guitarrista, un tío bastante indiferente. No suenan del todo mal, y es lo único que tenemos ahora mismo en este país relacionado con el estilo.

–Así que The Knickers eran la competencia –indicó Vincent.

–Bueno, se podría ver de ese modo. Pero creo que se llevaban bastante bien.

–¿Cómo podría ponerme en contacto con la chica?

–Tengo la dirección de la pensión donde se alojan. Estaban en el mismo edificio que el otro grupo.

–Estupendo, así también podré hablar con el resto de integrantes de The Knickers.

–Me temo que no –expresó Miguel mientras le apuntaba en una hoja la dirección–. Su avión salía esta misma mañana, aunque no sé si se habrán ido sin Jack.

–Espero que no. Una última pregunta, ¿pagaste al grupo en efectivo?

–Sí, se llevaron la mitad de las ganancias de las entradas del concierto, más el precio base que cobran por tocar. Lo llevaban todo en un maletín de cuero. Dolly’s Days tocaron gratis.

–El dinero siempre es un buen móvil para asesinar –se levantó, sacó una moneda de su bolsillo y la dejó sobre la barra. Ha sido un placer haberte conocido.

–No hace falta que pagues la cerveza.

–La próxima correrá por tu cuenta –exclamó Vincent, riendo, mientras salía por la puerta.

~***~

Un par de calles más arriba del bar La Morena, se encontraba el edificio indicado por Miguel. La pensión estaba a cargo de una mujer desgarbada, vestida con ropas remendadas y un delantal sucio. En el vestíbulo había una pequeña recepción, junto a los buzones, donde esperaba la mujer con cara de pocos amigos.

–Bueno días –saludó Vincent, mientras apagaba su cigarrillo.

–Tenemos una habitación perfecta para usted en el segundo piso, muy luminosa, no hace ni frío ni calor.

–Lo siento. Me temo que no estoy aquí para hospedarme.

–Pues lárguese, no queremos fisgones en nuestra pensión –él la miró con la nariz arrugada.

–Soy el Inspector Vincent Barrett, estoy investigando un asesinato.

El rostro de la mujer se contrajo, empalideció y se enrojeció instantes después. Observó cómo le temblaban los labios y unas gotas de sudor se formaban en su frente.

–Disculpe a esta estúpida casera –suplicó la mujer limpiándose la cara con el delantal–. Me llamo María, soy la propietaria de la pensión. Dígame en qué puedo ayudarle, haré cualquier cosa para enmendar mi torpeza.

–Tengo entendido que ha hospedado a dos grupos de música últimamente, los americanos The Knickers y los paisanos Dolly’s Days.

–No conozco esos nombres, señor. Pero sé de quién me habla. No puedo decirle gran cosa de los extranjeros, no entendía nada de lo que decían. Suerte que Miguel vino y pagó por ellos…

–¿El propietario del Bar la Morena?

–Sí, un chico muy simpático. Pero de la joven, de esa sí puedo hablar.

–Supongo que está hablando de la señorita Caicedo.

–Esa maldita zorra –la mujer miró hacia las escaleras, se acercó más a Vincent y susurró–: Está prohibido mantener relaciones… ya sabe, en este edificio. Pero ella tenía que ir a la habitación del cabecilla de los americanos.

–Tenía entendido que la joven tenía una relación con el batería de su grupo.

–Sí, se les veía muy enamorados. Hasta que conocieron al otro grupito. Conozco a ese tipo de mujeres, no respetan nada. Igual que los hombres. Yo prefiero estar sola.

–¿Podría hablar con el grupo de americanos?

–Le será imposible. Se fueron esta mañana, muy pronto. No me dio tiempo ni a prepararles un poco de desayuno. Comían huevos, ¿sabe? –Hizo una mueca de asco– Mejor que se hayan ido, así tengo todas esas habitaciones libres.

–Entonces, ¿me permitiría ver sus habitaciones?

–Las he limpiado en cuanto se han ido. Tranquilo, no había nada de nada. Lo han dejado todo muy limpio, parece increíble. ¡Espere un momento! –Rebuscó en uno de los cajones del escritorio–  Me han dejado este sobre, pero como no les entiendo, no sé qué debo hacer con él. Dentro hay un billete de avión.

–Permítame –Vincent leyó la información del billete, estaba a nombre de Jack McAdams y, evidentemente, había expirado–. No se preocupe, nadie pasará a por él. Supongo que intentaban decirle que lo tirase –mintió.

–Oh, vaya… Qué lástima.

–¿Irune y sus compañeros siguen aquí?

–Sí, aunque tienen pensado irse hoy también. Supongo que su autobús saldrá esta tarde o, quizá por la noche.

–¿Podría indicarme dónde encontrarles?

–En el tercer piso, las dos primeras puertas. En la A se hospedan los dos chicos, en la B esa lujuriosa.

–Gracias por su ayuda, María.

La mujer siguió hablando sola, mientras Vincent subía las escaleras hacia los pisos superiores. Observó la deprimente decoración de aquella pensión. Las paredes medio desteñidas eran de un tono mostaza oscura, las puertas blancas estaban descascarilladas y los cuadros navales no ayudaban, en absoluto, a mejorar la imagen de aquel lugar.

Cuando llegó al segundo piso, empezó a escuchar unos gritos que provenían del siguiente:

–¡Eres idiota! Más vale que muevas el culo y nos vayamos de aquí –gritaba una mujer.

–No pienso subir a ese maldito autobús contigo.

–¡No seas estúpido! Volvemos a casa. Nada de esto ha pasado, así que ya puedes ir olvidándolo todo. ¿Entiendes?

–Entiendo perfectamente, entiendo que eres una bruja, y siempre lo has sido. No sé cómo he podido estar tan ciego…

–Déjate de tonterías.

–¡Es la verdad! Estás hecha de mentiras, eres como una nube de engaños, cubierta por una máscara de amabilidad fingida. Eres una maldita ilusión. Nada de lo que he vivido a tu lado ha sido real.

–Estás siendo muy cruel.

–¡No! –Exclamó el joven, con la voz entrecortada por la rabia– ¡Tú eres la cruel! Lo has sido desde el día en que dijiste la primera mentira, desde el día en que empezaste este engaño ramificado, esta vida fraudulenta que me has hecho vivir.

–Basta, me estás haciendo daño.

–Eso es lo único que sabes hacer bien, vivir siendo una víctima. Conseguir que el mundo entero tenga lástima de ti. Maldigo cada momento que te he ofrecido. Para mí ya no eres nada.

Una de las puertas se abrió y segundos más tarde se cerró con un golpe. El joven entró en la habitación contigua. Ni siquiera se percató de que Vincent estaba en las escaleras, así que podría hablar con ellos sin que supieran que les había oído discutir.

Se acercó a la habitación de la chica, y dio unos pequeños golpecitos a la puerta.

–Lárgate, Iván –gritó desde el otro lado.

–Señorita, soy el Inspector Vincent Barrett –se escucharon pasos en la habitación, y luego se hizo el silencio. Pasado un minuto, insistió–: Ábrame, por favor.

La puerta se abrió poco a poco, y la joven de ojos oscuros le miró con curiosidad. Tenía los gruesos labios pintados de un rojo tentador. Sus cejas arqueadas y su largo cabello azabache, con un flequillo rectísimo, eran capaces de seducir a cualquiera. Pero no a Vincent.

»¿Podría hacerle unas preguntas?

–No entiendo en qué puedo ayudarle.

–¿Conoce usted a Jack McAdams? –la chica abrió los ojos al escuchar el nombre.

–Coincidimos ayer en un concierto. Soy cantante, ¿sabe?

–Sí, soy consciente –el Inspector sacó de su bolsillo de nuevo la polaroid–. ¿Podría confirmar si es él?

La joven miró la fotografía y se le llenaron los ojos de lágrimas. Vincent quería observar su reacción, saber si realmente merecía todas las acusaciones que el otro joven le había propinado. La chica abrió la puerta y le invitó a entrar con un leve movimiento de la mano. Al girarse, el vestido de pequeños topos blancos sobre negro se movió vaporoso. Observó un instante el cuello y escote del vestido, del mismo color intenso de sus labios. El estrecho corsé que le marcaba la cintura era de un rojo todavía más vivo. Sin duda, aquella mujer tenía muy claro cómo quería influir en la gente que le rodeaba.

–No creía que llegarían tan lejos –sacó un cigarrillo de la cajetilla que tenía sobre la mesa–. Pero, supongo que nunca terminas de conocer a nadie.

–¿Le vio discutir con alguien?

–Sí, un par de veces. Miguel es un tío muy agradable, cuando quiere.

–¿Miguel de la Morena?

–¿Le conoce? Entonces sabrá de qué hablo.

–Explíqueme todo lo que vio –exigió Vincent con algo de impaciencia.

–Solo llevaban unos minutos ensayando, cuando apareció gritando porque habían roto algo del local. Yo entendí un poco lo que decían, y le aseguro que no era para nada bonito. Y eso solo fue el principio, en los tres días siguientes no pararon de discutir.

–Entiendo. Así que cree que se le podría haber terminado la paciencia –sugirió. Era típico que en el proceso de investigación los sospechosos se culparan unos a otros, pero la discusión que acababa de escuchar le hacía decantarse por otro posible culpable.

–¿Quién sino? Él era el único que le conocía y tenía motivos.

–Usted también le conocía, y el resto de su grupo.

–Sí, pero nos llevábamos bien.

–Algunos piensan que demasiado, ¿no es cierto? –la acusación enfureció a la mujer.

–¿Cómo se atreve? Viene hasta mi habitación para insultarme, para llamarme fresca. Yo tengo novio, y no soy ninguna buscona.

–Sinceramente, señorita Caicedo, no he venido a insultarla. Pero todos los datos apuntan a que usted y su pareja están metidos en un buen lío.

–¿Cómo? ¿Es que no escucha? Ya le he dicho que Miguel es el culpable.

–Yo escucho, siempre estoy escuchando. Por eso puedo decirle que la discusión que acaban de tener no les favorece en absoluto.

–Por dios, no diga estupideces. Una simple discusión de pareja no significa nada –sacó dos copas del pequeño mueble bar y una botella de licor. Le tendió una de las copas a Vincent–. En el mundo de la música la vida es diferente. Una mujer debe luchar por estar a la altura, y más en este país. Hay mucha envidia, mucho hombrecillo humillado por mi brillo. ¿Comprende? –se sentó en el borde de la cama y le invitó a acompañarla con un gesto– Hay veces que debes agachar la cabeza y obedecer, y otras puedes hacer lo que te venga en gana.

Brindaron con las copas llenas de licor de cereza, y con los labios todavía bañados con el dulce líquido, la joven se acercó más a Vincent, con el deseo de besarle. Pero no lo consiguió.

–Señorita, le aseguro que eso no le servirá de nada. Es una lástima que crea que todos los hombres pueden ser manipulados con tan simples armas. Algunos no estamos ni queremos estar corruptos.

–Usted se lo pierde –terminó la copa de un trago y dio una calada a su cigarrillo–. Nadie tendría por qué saberlo, y los dos recibiríamos algo bueno.

–Es usted una mujer muy incauta, y tiene una visión muy ingenua de qué es bueno en esta vida –sacó su libreta y anotó el nombre del licor. Era tan dulce, que bebería una copa tras otra. Excesivamente dulce–. Tantos gritos me han provocado un terrible dolor de cabeza. ¿Podría usted proporcionarme algún analgésico, por favor?

La chica sacó del primer cajón de su cómoda un blíster y le entregó uno de los comprimidos.

»Muchas gracias, me la tomaré con un poco de agua –fingió tragársela cuando la joven se la ofreció, y guardó la pastilla en su bolsillo–. Ha sido un placer hablar con usted, le aseguro que nos veremos muy pronto. Y, preferiría que cambiase sus billetes para otro día, yo mismo correré con los cargos si es necesario.

–No me gusta que nadie me exija nada.

–Pues deberá acostumbrarse, se lo advierto.

Vincent cerró la puerta al salir, y antes de llamar a la habitación de los dos hombres, pensó que era mejor avisar a María. Solo tuvo que sugerirle que vigilase a la chica e impidiese que saliese del edificio, para que la chismosa mujer aceptase nerviosa. Utilizó el teléfono del vestíbulo para llamar a la comisaría, hablar con Javier y hacerle unas preguntas:

–He estado investigando, hablando con algunos de los sospechosos y, creo que tengo un posible móvil y el arma del crimen. ¿Ha hecho el forense las pruebas que te pedí?

–Sí, señor.  Ha dado positivo en sobredosis de barbitúricos. El cobrador ha dicho que cuando subió al autobús estaba bien, pero que a medio camino tuvo que cederle su asiento. Era incapaz de tenerse en pie, parecía somnoliento y cuando intentó hablar con él, no pudo hacerlo de manera adecuada. Como ya sabe, todos son indicios de la intoxicación de este tipo de fármaco.

–Buen trabajo, Javi. Necesito que vengas con un par de agentes más. Os estaré esperando en el tercer piso. María te facilitará la dirección.

Subió las escaleras de dos en dos, con una sonrisa en sus labios. Como sospechaba, la joven había salido de su habitación y estaba dando gritos en la de sus compañeros. Había una pequeña maleta en la puerta, y escuchó el ruido de armarios y cajones.

–Ese estúpido Inspector me ha dicho que no podemos salir de la ciudad. Pero estoy segura de que si nos damos prisa podemos comprar un billete hacia cualquier sitio y escapar.

–¡Esto es culpa tuya! –Gritó el mismo chico de la discusión anterior– No pienso ir a ninguna parte.

–¡No seas cabezota, Iván!

–Todavía tengo la batería en el bar, y no pienso irme sin ella. Así que lárgate si quieres, por mí puedes irte al infierno.

–Está bien, quédate y te culparán por el asesinato de Jack.

–Yo no he hecho nada, así que nadie me puede culpar.

–Falsearán las pruebas y te comerás el marrón.

–¡Basta! Dejad de discutir de una puta vez. Asumid los hechos, Jack está muerto y nosotros somos culpables –sentenció Juanjo, el guitarra–.Todos hemos participado en este asesinato; Irune con su licor y sus encantos, tú con tu ira y yo con la idea. Así que dejaos de hostias, solo me arrepiento de no haberme quedado con el maldito maletín.

Vincent se acercó a la puerta, y se apoyó en ella. Los integrantes de Dolly’s Days se quedaron en silencio, mirándose entre ellos. Sabían que les había escuchado, sabían que ya no podían mentir porque las pruebas eran evidentes.

–Encantado de conoceros. Habéis sido muy amables desvelando los misterios de este caso. En unos minutos el edificio estará rodeado, así que poneos cómodos. Podéis tomar vuestra última copa, fumaros vuestro último cigarrillo y despediros tranquilamente.

La primera en reaccionar fue Irune, que miró a su alrededor buscando algo con lo que atacar al Inspector. Cogió un jarrón decorativo que había sobre una pequeña mesa y lo lanzó contra él, con la intención de darle en la cabeza. Pero chocó contra el marco de la puerta.

–No seas estúpida, ya no sirve de nada –espetó Iván con rabia–. Nos traes hasta aquí para hacerte famosa y, con la intención de poder llegar hasta Estados Unidos, te acuestas con el americano. Como no quería llevarte contigo, te enfadas y decides contármelo para no sentirte culpable. Y, cómo no, se os ocurre la brillante idea de matarlo. Estáis locos, y me alegro de que vayáis a la cárcel.

–Tú también irás, ¡idiota!

–Pues no me importa, al menos estaré lejos de ti. Declararé lo que haga falta, Inspector, no tengo miedo de decir la verdad.

La discusión duró hasta que llegaron el resto de los agentes, con Javier al mando. Esposaron a los tres sospechosos, y después de una detallada inspección de las dos habitaciones, cogieron las pruebas más relevantes y lo llevaron todo a la comisaría.

~***~

Cuando entró en el bar con sus pantalones negros, el abrigo y una simple camisa blanca, no pudo creer que lo estuviese haciendo. Sentía en el estómago un cosquilleo propio de un joven enamorado, y no podía evitar que una gran sonrisa ocupase sus labios.

Se acercó hasta la barra y miró a la gente que bailaba en la pista; mujeres que daban vueltas con sus llamativos vestidos y hombres que reían sin pensar en nada más.

«¿Qué habrá hecho esta pobre gente para tener que sufrir todas esas redadas? ¿Por qué no puede el resto de la sociedad ser tan abierta y alegre?». Mientras Vincent se hacía todas esas preguntas, dando la espalda a la barra, el camarero se acercó hasta él:

–¿Qué te pongo, amigo?

–La cerveza que me debes –respondió girándose hacia él.

–Maldita sea, no me lo puedo creer. ¿Dónde te has dejado el disfraz de policía?

–No seas cruel, esta noche soy uno más. Aunque, también quería darte la última noticia, finalmente tenemos el móvil del crimen. El grupo mató al joven Jack con la intención de hacerse más famosos. Pensaban que cuando explicasen la muerte del americano, se hablaría por todo el mundo de la banda que tocó junto a la estrella por última vez. Qué estúpidos…

–Jack tenía talento y una larga vida por delante –musitó, mientras servía una cerveza para cada uno–. Espero que esos desgraciados se pudran en la cárcel.

–Que la música nunca deje de alegrar nuestra vida –exclamó Vincent mientras levantaba la cerveza para después dar un gran trago. Miguel cambió la canción por una de The Knickers, y el local enteró bailó en honor del joven Jack.

 
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Publicado por en 8 junio 2013 en Capítulos

 

La sombra en los dibujos

Este relato es propiedad de Carme Sanchis, y su ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ilustración de Rafa Mir
http://cuadernodeunviajero.blogspot.com.es/

Habían pasado dos meses desde que decidió que había llegado el momento de hacer justicia y, aunque todo había empezado a mejorar en el cuerpo, todavía quedaba mucho por hacer.

El comisario había abierto una investigación secreta para encontrar al supuesto topo infiltrado, con tan buena intuición que Vincent estaba al mando. Desde aquella posición nadie dudaría de él, podría seguir trabajando y llevar a cabo su plan. Lo único por lo que temía era que inculparan a alguien inocente.

Pero, lo que realmente le preocupaba en ese momento eran las decenas de cartas que estaba recibiendo. Hacía dos semanas que habían empezado a llegar. Todas eran del mismo emisor anónimo y, en ellas solo enviaba dibujos hechos por niños. Dibujos aterradores en los que el protagonista era un hombre muy alto, vestido completamente de negro, como si fuese una sombra, con una sonrisa siniestra. Y a su alrededor, niños escondidos, con expresiones tristes.

Desde el mismo día en que comenzaron a llegar las cartas, niños de todos los pueblos vecinos habían empezado a desaparecer; los rumores asustaban a la gente.

La prensa hablaba de un hombre misterioso; algunos decían que era extranjero, otros que no tenía rostro y algunos decían que era un fantasma. Pero, todos se pusieron de acuerdo en llamarle “el hombre del saco”.

–Malditos sensacionalistas –Vincent cerró el periódico y dio la última calada de un cigarrillo demasiado apurado–. Están metiendo miedo a la gente, cuando deberían calmarles.

–No, señor. Ellos esperan que usted lo haga –respondió su ayudante desde la puerta–. La gente reza por que encuentre a ese hombre.

–Javi, pasa –apartó unas carpetas que tenía sobre la silla más cercana–. Siéntate, quiero hablar contigo en privado.

–Si necesita que cambie cualquier cosa de mi comportamiento, solo tiene que indicarlo.

Vincent observó a su compañero con una sonrisa en los labios. Aunque era mucho mayor que él siempre había estado a la sombra de un superior, merecía algo más que aquello. Por consiguiente, se mostraba un tanto reservado y siempre dispuesto a cumplir una orden.

–No te preocupes –continuó el Inspector–. Mi intención es darte un poco más de autoridad en esta oficina –el rostro de su ayudante se iluminó–. Empezando por ayudarme con la investigación del caso de las desapariciones.

–Le agradezco mucho la confianza que ha depositado en mí, señor. Le aseguro que estaré a la altura.

–Estoy seguro. Pero, ahora hablemos del caso. Las cartas que me están enviando se amontonan cada día sobre mi mesa, y no parece que saquemos nada de ellas.

–El emisor, aunque sea anónimo, debe ser “el hombre del saco”.

–Sí, debemos suponerlo. Aunque preferiría no llamarlo así, eso supondría darles alas a los periodistas.

–¿Secuestrador de niños? –propuso Javier.

–Dejémoslo en secuestrador. Lo que nos debería importar principalmente es intentar averiguar dónde están esos niños, cómo los embauca y porqué lo hace.

Vincent se levantó y sacó todos los dibujos que le habían enviado de una carpeta grisácea. Los colocó por orden de llegada en una de las paredes para analizarlos uno a uno.

–Los primeros eran más simples, ¿verdad? –puntualizó Javier.

–Efectivamente, en ellos solo hay un par de niños. Después, poco a poco aparecen más –se rascó la nuca con los dedos fríos, dándose un pequeño masaje–. Me gustaría que no fuese así, pero sospecho que obliga a los niños nuevos a dibujar la primera impresión que han tenido de aquel sitio.

–Eso explicaría el número ascendente de niños en los dibujos.

–Sí, pero ¿dónde puede estar escondiendo a tantos niños?

El comisario había dado órdenes a todos los agentes de que el caso era de máxima prioridad. Cientos de fábricas, almacenes, granjas y edificios habían sido inspeccionados, pero no encontraron nada.

»¡Aquí tiene que estar lo que buscamos! –exclamó, mientras inspeccionaba cada detalle– En estos dibujos debe haber algo que no estamos viendo.

–Es solo cuestión de tiempo, Inspector.

–Y de esfuerzo… –si quería encontrar a los niños debía ser práctico, empezar por descubrir dónde podían estar– Distribuye los dibujos entre los agentes, que cada uno se encargue como máximo de tres ilustraciones. Facilítales toda la información que tenemos, y si encuentran cualquier cosa, que me lo comuniquen personalmente de inmediato.

–Sí, señor –hizo una pequeña reverencia con la cabeza y salió por la puerta dando las instrucciones.

Todo el mundo hablaba del secuestrador, pero nadie lo había visto. Cada día que pasaba el número de desaparecidos aumentaba y, aunque los colegios extremaban las precauciones y muchos padres no dejaban salir a sus hijos de casa, seguía aumentando.

Desaparecían por la noche, cuando todo el mundo dormía. Sin gritos, sin llantos, sin ningún rastro de forcejeos.

–¿Acaso los niños quieren ir con él? ¿Qué les puede ofrecer? –murmuraba Vincent, mientras cientos de ideas volaban por su mente– No, debe suministrarles algún tipo de droga. Maldito canalla.

Se encendió otro pitillo, cada vez le duraban menos. Lanzó la cajetilla vacía hacía la papelera, pero cayó fuera. Al levantarse para recogerla, vio que una mujer lloraba desconsoladamente en la entrada de la comisaria.

Era muy joven, con el cabello ondulado de color castaño cobrizo y ojos oscuros enrojecidos por el llanto. Llevaba un abrigo tartán de tonos marrones que marcaba su figura esbelta. Vincent supo al instante por qué lloraba, por qué estaba allí y quien era el culpable. Se acercó hasta ella rápidamente:

–Señora, soy el Inspector Vincent Barrett. Acompáñeme, por favor.

Sin decir ni una sola palabra, asintió y siguió sus pasos. Los agentes ya trabajaban con los dibujos encima de las mesas, revisando los detalles de cada uno de ellos, gritando y anotando hallazgos evidentes.

Al entrar en su despacho, se dio cuenta de que necesitaba poner en orden todos los archivos, puesto que la mesita junto al sofá estaba llena de documentos. Cogió algunas carpetas y las movió a la silla que previamente había limpiado para su ayudante.

»Siéntese –dijo señalándole el sofá. La mujer todavía sollozaba, limpiando sus lágrimas con un pequeño pañuelo de color rosado. Apagó el cigarrillo en un recipiente repleto de colillas.

Los ojos de la mujer eran tan oscuros como una noche sin luna. Sus labios, brillantes por el carmín, estaban bañados por sus lágrimas. El Inspector preparó un vaso de agua de su jarra de vidrio y lo depositó en sus manos temblorosas.

–Beba un poco, verá cómo se tranquiliza –musitó. Desprendía un aroma dulzón, de alguna fruta exótica, y comprobó que en sus dedos no había alianza. Joven, guapa y aterrorizada–. Cuando recupere el aliento, puede usted explicarme todo lo que le preocupe.

–Mi hijo ha desaparecido ­–susurró entrecortadamente.

Vincent se sentó a su lado y puso su mano en el hombro de la joven. Temblaba, su respiración era irregular y las lágrimas no paraban de caer por sus mejillas.

–Sé que es una situación muy difícil, pero necesito que me explique todo lo que pueda saber. Supongo que ha oído hablar del secuestrador de niños –los ojos de la mujer se abrieron excesivamente–, no podemos confirmar que tenga también a su hijo, pero cualquier dato será indispensable para resolver el caso.

–Lo entiendo. Por eso he venido rápidamente al ver que mi hijo no estaba en casa. Las puertas estaban todas cerradas y nadie ha escuchado nada. La habitación está en perfecto estado…

–Todos los casos del secuestrador son así, señorita –la joven apartó la mirada, incómoda–. Pero no podemos descartar otros posibles culpables. ¿Sospecha usted de alguien?

–Creo que sí…

Vincent se levantó para coger su pequeña libreta y anotar todos los detalles. Había aprendido a apreciar los datos más importantes, pero sabía perfectamente que algunos pasaban desapercibidos al principio y, por eso, era importante apuntarlo todo. Se apoyó sobre su escritorio y prosiguió con la entrevista.

–Dígame cómo se llama su hijo.

–Dios mío, ni siquiera le he indicado mi nombre. ¡Discúlpeme! –ocultó su rostro con la palma de la mano. Acto seguido, se levantó y la tendió para presentarse– Mi nombre es Sofía Maymir, encantada de conocerle.

–Mucho gusto.

–Mi hijo se llama Hugo Maymir, tiene siete años –Vincent anotó el nombre mientras arqueaba una ceja. Sabía que en el presente no estaba casada por la falta de alianza, pero se preguntaba por qué estaba sola una mujer tan encantadora–. Por desgracia su padre murió meses antes de que él naciese, así que ni tan solo pude ponerle su apellido.

–Lo lamento. Es una crueldad que un hijo no conozca a su padre.

–Gracias, Inspector. Pero más cruel sería que yo no recuperase a mi hijo –se sentó de nuevo y bebió un poco de agua–. Ayer, Hugo me explicó que un hombre le había jurado que le llevaría con su padre, que estaba escondido en el bosque.

–¿Le dijo como era ese hombre? ¿Dónde hablaron?

–Solo dijo que era un hombre alto, vestido con un traje negro. Y, no sé dónde hablaron, no entiendo cómo pudo pasar. En el colegio tienen medidas de seguridad extremas desde que empezaron las desapariciones, y al salir vamos directos a casa.

–Entiendo. ¿Cómo reaccionó usted?

–Pues, cuando escuché aquellas palabras me horroricé. Había oído hablar del secuestrador de niños y en seguida me puse en lo peor. Le dije que no volviese a hablar con ese hombre, que era un mentiroso y tremendamente peligroso. Se echó a llorar y me juró que no lo haría… –respiró hondo antes de continuar su discurso– Pero, creo que ha sido él mismo el que ha salido de casa.

–¿Cree que Hugo se ha escapado?

–Sí, así es. Ver a su padre es lo que siempre ha deseado. Aunque me duela, sé que mis palabras no sirvieron de nada –sacó de nuevo el pañuelo y se secó las lágrimas–. Puede que me equivoque, pero lo único que me importa es recuperar a mi hijo.

Parecía tan fuerte, pero tan abatida al mismo tiempo, que Vincent no pudo evitar sentir una tristeza inconcebible. Observó a la mujer, todos sus detalles; su pelo, su ropa, sus manos. ¿Cómo una mujer sola podía cuidar de su hijo y de ella misma en aquellos tiempo? ¿Cómo conseguía salir adelante?

Un agente abrió la puerta sin previo aviso, con una carta en su mano y gotas de sudor cayendo por la frente. Su rostro estremecido reflejaba terror y sus ojos miraban fijamente a Sofía.

–Entre, por favor.

–Inspector, ha llegado otra carta –se la entregó con la mano temblorosa–. Anónima, como todas.

–Puede retirarse…

Dentro del sobre había un dibujo. Un dibujo como el resto, con una gran sombra central y niños a su alrededor. Pero, a diferencia de las otras ilustraciones, en esta había detalles de los niños dibujados; el color del cabello de los niños, su ropa. Uno de los niños llevaba una H en su camiseta, otro llevaba un animalito dibujado, detalles que podrían ayudar a su identificación.

–Este parece ser el niño nuevo –le dijo a Javier, que había entrado a la habitación–. Es la primera vez que aparecen detalles, y es mucho más bajo que el resto.

–¿Puedo verlo? –preguntó la mujer, apretando el pañuelo rosado entre sus manos. Si aquel era el niño nuevo, probablemente sería su hijo.

–No creo que sea una buena idea, señor.

–Por supuesto que lo es, podría reconocer a alguno de los niños. De hecho, uno de ellos podría ser su hijo.

Le entregó el dibujo, y observó cómo su rostro se descompuso rápidamente. Debía tener cuidado, sabía perfectamente que a veces las personas identificaban a sus seres queridos desaparecidos, aunque realmente no fuesen ellos. Pero, tenía que confiar en ella, era lo único que tenía para avanzar en el caso.

»¿Reconoce a alguien?

–Mi hijo… –susurró, señalando al niño de la camiseta con la inicial– Es Hugo, es su camiseta.

Vincent cogió de nuevo la libreta y anotó la información en ella. El niño tenía siete años, y la mayoría de los niños desaparecidos tenían entre 7 y 10, por lo tanto tenía sentido que su estatura fuese inferior. A pesar de ello, su dibujo estaba lleno de detalles, y por primera vez transmitía algo más que siempre terror.

»A Hugo siempre le ha gustado mucho dibujar –añadió Sofía, entre sollozos–. Incluso pintaba con los dedos en el suelo del jardín… No puedo creer que ese dibujo sea suyo, mi hijo –se cubrió el rostro con las manos y desahogó sus lágrimas.

–No se preocupe, señorita. Le prometo que encontraremos a Hugo, le prometo que volverá a dibujar en su jardín –Javier le miró, juzgando sus palabras. Sabía que nunca debía prometer algo que tal vez no pudiese cumplir, pero qué narices, su deber también era brindar apoyo a los familiares.

–Javi, enseña este dibujo a todos los agentes, que busquen similitudes con las ilustraciones que están analizando. Cualquier detalle similar nos puede ser de gran ayuda. Repasa los informes, busca la información de la ropa que llevaba cada niño, y llama a los padres de aquellos que no dieron esos datos.

»Quiero información sobre el color de cabello, ropa, gafas, cualquier elemento característico. Cuando la tengas pásala a los agentes, que hagan las comparaciones. Creo que este dibujo nos dará la verdad del caso.

–Señor, ¿quiere que le comunique las novedades al comisario? –preguntó el ayudante.

–No, yo mismo le llamaré. Quiero que envíe a unas cuantas partidas a inspeccionar el bosque. Tengo el presentimiento de que hemos pasado por alto algo importante; buscábamos un sitio grande, dimos por supuesto que los cogía por la fuerza, aunque no había pruebas de ello. Creo que simplemente les prometía aquello que deseaban, y ellos mismos le seguían.

Sofía le miró con los ojos llenos de lágrimas, repetía sus palabras, iba a buscar a su hijo allí dónde el hombre le juró que encontraría a su padre.

»Tal vez está en una simple casa de campo, más grande que un hogar común pero pequeño para llamar la atención. No debemos olvidar que son niños, pequeños, no ocupan mucho sitio y puede tener colchones en el suelo para que duerman todos juntos. Quizá sea como un campamento para ellos, esperando el momento de recibir lo prometido. ¿Y si es él mismo el que decide qué sale en los dibujos? ¿Por qué hoy hay detalles y hasta ahora no había?

–Señor… –intervino Javier sin poder seguir.

–De hecho, creo que él mismo ha decidido que ha llegado la hora de encontrarle. Y le encontraremos. Reparte el trabajo entre los agentes, por favor.

–Entendido, Inspector.

Su ayudante salió con el dibujo en la mano, y todos los agentes se levantaron al verle. Parecían un gran equipo, hacía tiempo que no les veía tan unidos. Los peores casos servían para aproximar a las personas, no solo del cuerpo, también del pueblo. Todos los padres se ayudaban para tener a los niños siempre vigilados, y aquellos que tenían a sus hijos desaparecidos se sentían respaldados por el resto de la población. Aunque no era el momento de pensar en aquello, Vincent se alegró porque todos estuviesen tan unidos.

–Señorita Maymir, su testimonio ha sido de vital importancia. Pero, lamento decirle que ahora necesito despedirme de usted. Le prometo que encontraremos a su hijo, muchísimas gracias por su ayuda –se acercó a ella y le tendió la mano, pero ella le ofreció un abrazo. Los brazos de la joven rodearon su cuello, y sintió con más intensidad aquel aroma tan embriagador. Todavía temblaba, y las lágrimas seguían acariciando sus mejillas, pero una sonrisa iluminaba su rostro.

–Muchas gracias, Inspector. Ojalá pueda encontrar a todos los niños.

Y se fue, atravesando la habitación con pasos tan delicados que parecía flotar. No pudo evitar observar como contorneaba sus caderas, pensando una vez más, que una mujer tan bonita y buena no debería vivir tan sola. Así era aquel país, aquel mundo, donde los hombres morían jóvenes y dejaban mujeres solas criando a sus pobres hijos.

Pasó todo el día en su despacho, hablando con el comisario, con su ayudante, con agentes que iban y venían enseñándole nuevos hallazgos. Cada vez estaban más cerca de descubrir el paradero de los niños, pero la búsqueda en el bosque sería larga. Vincent intentaba analizar cómo había podido ocurrir todo aquello. Era evidente que el hombre había utilizado una ilusión diferente para cada uno de los niños, por tanto, había podido observarlos o tenía información sobre todos ellos. Quizá era el conserje de alguno de los colegios, pero, ¿cómo tenía acceso a la información del resto de niños? Tal vez era maestro de música, de arte o de literatura. Pero, no podía suponer nada de todo aquello. Quizá era simplemente un hombre que observaba a los niños en el parque y se hacía amigo de ellos. O, tal vez era una mujer. Todas las hipótesis llenaban su cabeza y el humo de los cigarrillos que había fumado aquel día inundaba el ambiente de su despacho. Tenía los ojos rojizos cuando su ayudante entró con un plato de ensalada, un filete de carne, un trozo de pan y una pieza de fruta, acompañado con un vaso de vino y una jarra de agua fría.

–Muchas gracias, Javi. Esta noche me quedaré aquí, por si hay alguna novedad.

–Perfecto, señor. Si me necesita estaré en mi mesa repasando la información. Ya tenemos identificados a la mayoría de los niños de la última imagen, así que me quedaré para terminar el trabajo.

–Buen trabajo, merecías esta oportunidad. Eres capaz de dirigir al equipo, de dar órdenes y ser escuchado. Mereces tener esa autoridad, las cosas van a empezar a cambiar en esta comisaria, y tú vas a formar parte de las mejoras.

–Gracias por sus palabras, para mí es un honor tener su confianza.

Vincent pasó la noche dando cabezadas en el sofá de su despacho, abriendo los ojos de vez en cuando por si sonaba el teléfono, por si llegaba alguien para darle nueva información. Pero la alarma que esperaba no llegó hasta pasadas las siete de la mañana, cuando el comisario entró en la habitación con una carpeta llena de documentos.

–Vincent, despierte –gritó al entrar. Llevaba una gabardina grisácea, con los hombros oscurecidos por las gotas de lluvia. Su rostro, repleto de arrugas y manchas, lucía enfadado.

–Señor Comisario, discúlpeme, he pasado la noche en vela.

–Sí, sí, típico en usted. Debería descansar, no servirá de nada si no tiene la cabeza despejada. Le necesitamos –se sentó en una de las sillas del despacho, observando el desorden–. Tampoco le vendría mal ordenar un poco todo este desastre, esto parece una pocilga –odiaba sus cambios de humor, algunos días lo trataba como a un dios y otros le despreciaba, estaba claro que hoy no era su día.

–¿Hay alguna novedad? –se levantó y fue directo a llenar una de las tazas de café caliente que su ayudante le había llevado minutas atrás.

–No, ese es precisamente el problema. Sus ideas son muy buenas para escribir una novela, pero estamos en el mundo real. Deje de fantasear, no es ningún detective famoso, es un simple empleado que ha dejado volar demasiado la imaginación. Decenas de agentes revisaron el bosque, algunos vecinos del pueblo ayudaron en la búsqueda; no hemos encontrado nada.

–Señor, no creo que hayan inspeccionado todo el bosque, tan solo ha pasado un día.

–¿Me estás diciendo que sigues pensando que están allí? –cuando el Comisario le tuteaba, empezaban los problemas– Maldita sea, han desaparecido muchos niños, no pueden estar en una simple casa.

–El bosque envuelve la mayoría de pueblos en los que han desaparecido, es muy posible que se encuentren en él. Una de las madres en su testimonio afirmó que un hombre le había dicho al niño que le mostraría a su padre en el bosque. Si seguimos buscando, estoy seguro que pronto le encontraremos.

–Eres muy testarudo, Vincent. Pero no te juzgo, eso es lo que me gusta de ti. Seguiremos con la búsqueda un día más, pero te juro que si no encontramos nada tendrás que mover el culo y localizar tú mismo el maldito escondrijo de esa miserable rata.

–Puede estar seguro de que lo encontraran. Está en ese bosque, lo sé.

–Te traigo toda la información que pediste. Historiales de conserjes, profesores y personal docente en general de todos los pueblos implicados. No creo que ninguno de esos trabajadores esté relacionado con este caso, ¿qué es lo que buscas?

–Un posible culpable, o descartar a todos ellos. Solo intento poner las ideas en orden y creo que la mejor manera es clasificar la información que tenemos.

–Me gustaría ver los dibujos que han enviado, solo he visto el último y tengo curiosidad –Vincent señaló una carpeta, y cuando el Comisario la abrió, su rostro cambió por completo. Una mueca de horror se dibujó en su cara–. Esto es espantoso… Algunos de los niños llevan más de quince días desaparecidos, y nadie parece haber visto a ese malnacido. ¡Como haya matado a alguno de los niños!

–Señor, es mejor pensar que todos están bien. Este ha sido un caso muy extraño, ninguno de nosotros imaginaba que algo así pudiese pasar. Debemos mantener la esperanza y conseguir que los padres la mantengan.

–Muy bien, Inspector. Hace usted un buen trabajo, aunque sus métodos son un poco diferentes de lo habitual.

–Lo importante es el resultado, ¿no, señor?

–Sí, tiene razón. Haga que reanuden la búsqueda, si recibo alguna noticia, se la haré saber de inmediato.

–Hasta pronto, Comisario.

Un par de horas más tarde el teléfono del despacho sonó. Después de varios minutos de conversación, Vincent se levantó y abrió la puerta.  Javier se acercó corriendo, con cara de preocupación y el rostro pálido.

–Señor, ¿me necesita?

–Tenemos la casa, tenemos a los niños –las palabras surgieron volando, llenando de alegría, gritos y aplausos la comisaria. Por fin, después de semanas de angustia y trabajo, los niños estaban a salvo–. Estaban en una Masía restaurada en la cuna del bosque. En la casa tenían comida y camas suficientes para todos. No hay ningún niño ni herido ni enfermo.

–¿Y el secuestrador? –preguntó un agente joven.

–No estaba en la casa. Algunas patrullas siguen buscándolo. Pero, nos ha dejado un mensaje. Una carta escrita a mano por uno de los niños, donde parece que nos revela todo su plan.

–Y, ¿qué dice en ella? –pidieron varios de los hombres.

–Al parecer ni tan solo era vecino de ninguno de los pueblos. En la nota nos narra cómo su hijo murió cuando era muy pequeño; se cayó en un río y nadie hizo nada para salvarle. Cuando consiguió hacerse con su cuerpo empapado, estaba ya ahogado. Se sentía tan deprimido por aquella pérdida, que tuvo que irse de aquel sitio y empezar una nueva vida. Pero, no podía soportar ver como algunos niños vivían tristes, soñando con tener algo que no podían obtener, como un padre fallecido o un hermano perdido. La mayoría de los niños secuestrados habían perdido a algún familiar en los últimos años, y él les prometía reencontrarse con ellos. Promete que no quería hacerles daño, solo darles esperanzas y hacerles vivir en un sueño por unos días –todos los agentes quedaron en silencio. La historia era triste, sí, pero Vincent sabía cómo debía proseguir.

»No debemos olvidar que este miserable ha secuestrado a quince niños. Ha sacado de sus casas a menores de edad con engaños, los ha tenido retenidos. Ahora pueden creer que toda ha sido un dulce sueño, pero tarde o temprano regresará a ellos el recuerdo, y se sentirán horrorizados.

–Ese desgraciado nos quiere hacer creer que les ha hecho un favor –algunos aplaudieron aquella afirmación.

–Lo cierto es que los niños han regresado con sus padres llorando, porque anhelan que sus sueños prometidos se hagan realidad. Pero, pobrecillos, aprenderán muy pronto que jamás conseguirán ver a aquellos que perdieron.

»Creo que es el momento de reflexionar, señores. Todos nosotros hemos perdido a alguien, ya sea familiar o compañero. Seguramente, también habríamos seguido a alguien que nos prometiera reencontrarnos con nuestros seres queridos –el silenció reinó sobre los murmullos–. El hombre será buscado, encontrado y juzgado. Todos nosotros podemos perder a alguien que apreciamos, pero jamás debemos dejar que eso nos nuble la mente.

»El hombre del saco sigue siendo una simple leyenda, nuestro hombre es simplemente, un hombre. Formamos un gran equipo, chicos. Buen trabajo.

Días más tarde, Santiago Codina se entregó en una de las comisarias, dando pruebas de que había secuestrado a todos los niños desaparecidos. No tenía cómplices, solo las promesas de cumplir sueños. Antes de ser detenido, al terminar su juicio, masculló a los presentes:

–¡Volvería a hacerlo! Os lo juro –sus ojos parecían a punto de salir de sus orbitas, y sus labios dibujaban una sonrisa rota–. Volvería a hacerlo, solo para ver en los ojos de todos aquellos niños soñadores, el reflejo de mi pobre hijo muerto.

 
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Publicado por en 8 junio 2013 en Capítulos

 

Rojo sobre blanco

Este relato es propiedad de Carme Sanchis, y su ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ilustración de Rosa García
http://pinterest.com/rosag2/surcando-ediciona-illustrations/

La habitación estaba iluminada por la tenue luz de una vela, que se consumía poco a poco dejando un aroma a frutas silvestres. Las sábanas de colores rosados estaban desechas, y un joven con el cuerpo desnudo estaba acostado sobre ellas.

La dulce música de un piano llegaba desde el gramófono de la habitación de abajo, ligera, suave. Las puertas del balconcillo estaban abiertas, y una agradable brisa entraba a través de ellas, erizando la piel de la espalda del chico.

Junto a la baranda de piedra del balcón, unas zapatillas perfectamente alineadas; una caja de bombones abierta sobre la mesa y una nota con un “te quiero” junto a ella.

En el jardín, bajo la habitación, la luna bañaba con su luz un rosal de rosas blancas teñidas de escarlata. Sus pétalos cubiertos de sangre y rocío de la noche, miraban con tristeza el cuerpo sin vida de la joven Eva Flores. De su boca salía un pequeño río de sangre, y de su espalda, decenas de riachuelos provocados por espinas.

La luz del salón principal se apagó, la música cesó, y una mujer vestida con un uniforme impecable subió apresuradamente las escaleras de mármol blanco. Abrió la puerta de la habitación de Eva sin contemplaciones, y se ruborizó al encontrarse en ella al hombre dormido.

–Señorita, sus padres han llegado –susurró la pobre Diana, esperando recibir la respuesta de la joven. Pero los labios de la joven no volverían a decir palabra, nunca más.

***

El humo de un cigarrillo casi consumido por el tiempo flotaba sobre la cabeza de Vincent, impregnando su pelo, penetrando por los poros de su piel. Rodeado de papeles amarillentos, de casos que él mismo había tratado y otros que todavía estaban por llegar, por fin había conseguido descansar un par de horas.

Desde que había descubierto que el Comisario del Cuerpo de Policía permitía y aplaudía la corrupción, la idea de salir de él y trabajar por su cuenta no le dejaba vivir. Se odiaba por haber estado tan ciego, por intentar hacer cumplir las leyes que ni sus propios superiores cumplían. ¿Cómo se puede ser tan idiota? Cuando empezó a estudiar sabía perfectamente que no podía fiarse de nadie, que el poder atrae y corrompe hasta a los más honestos. Pero con el tiempo, sus ideas se fueron difuminando y se adaptó al grupo, olvidando su sueño, viviendo día tras día una vida que no era la suya.

El teléfono sonó primero en su sueño. Intentó abrir los ojos, pero los tenía irritados del cansancio y el tabaco. Sin apenas controlar sus movimientos, descolgó el teléfono y lo acercó a su oído.

–¿Inspector?

­–Sí –respondió en un susurro. No podía mover los labios, la cabeza le daba vueltas y le dolían los músculos. Bebí demasiado, pensó cansado.

–Señor Barrett, tenemos un caso. Una joven se ha precipitado al vacío desde la ventana de su habitación. No hay testigos, parece un simple accidente.

–¿Y para qué demonios me llamas?

–Bueno, una tal Diana Vera, la doncella de la casa, quiere hablar con usted.

–¿Conmigo? –siempre le sorprendía cuando pasaban ese tipo de cosas. Personas que no conocía de nada querían hablar con él– ¿Ha dicho sobre qué?

–Como ya le he especificado, solo quiere hablar con usted.

–Está bien, está bien…  Indícame la dirección –la apuntó con una letra casi ininteligible en su pequeña libreta. Le resultaba familiar, pero no tenía ganas de pensar–. Estaré allí en menos de una hora.

Y antes de que pudiese responder nada más, colgó el teléfono y apagó el pitillo que todavía humeaba a su lado. Empezar a investigar un nuevo caso siempre le motivaba y le ayudaba a ser más optimista. Las primeras miradas, los primeros detalles, las primeras sospechas. Aunque nada podría despejar la aflicción que flotaba sobre él.

Buscó entre los montones de papeles su pitillera. A Vincent le gustaba el desorden, la magia de encontrar las cosas dónde menos te lo esperas, pero cuando tenía prisa le ponía frenético.

–Maldito vicio, debo dejarlo de una puñetera vez –pero sabía que no lo haría. Cogió su pistola, su libreta y un par de documentos que debía entregar en la comisaría, y lo depositó todo en su bandolera.  Estaba vieja, tenía un par de descosidos y le faltaba un botón en un bolsillo interior, pero no podía cambiarla. Se la habían regalado sus padres el día que entró en la universidad. Se habían gastado muchísimo dinero, porque querían hacerle a su hijo un recuerdo que no pudiese olvidar. Recordaba las lágrimas en los ojos de su padre, y la sonrisa eterna dibujada en el rostro de su madre. Así que, lo habían conseguido.

Antes de salir se peinó con las manos, se frotó los ojos congestionados, se abrochó el último botón de la camisa y se colocó correctamente la corbata.

***

Cuando llegó a la residencia familiar, entendió perfectamente por qué creía conocer la dirección. Se trataba, nada menos, de la mansión de uno de los personajes públicos más conocidos de la ciudad. Para sus vecinos era el padre y marido perfecto, para sus compañeros un hombre prestigioso y digno de envidiar. Pero, a Vincent lo que realmente le importaba era qué pensaría su familia de él.

Se acercó curioso hasta la verja, donde le esperaba la persona que le había llamado.

–Inspector, le estábamos esperando –protestó nervioso su compañero Javier.

–Ya, creo que apunté mal la dirección –si se hubiese tomado un poco más de tiempo para escribir, podría haber entendido su propia letra.

–El señor Víctor Flores ha tenido que irse a trabajar. Tenía algunas cosas que organizar antes de empezar con los trámites del funeral.

–No importa –respondió entre dientes. Su hija muere y él se va corriendo a trabajar, pensó, juraría que tiene algo sucio que hacer desaparecer.

 –Le he hecho un par de preguntas antes de que se fuera y, parece que nadie sabe nada –le entregó una ficha con los datos que él mismo había recogido de la escena del crimen.

Sin duda, aquel hombre era un buen ayudante. Tenía por lo menos veinte años más que él, y no entendía cómo no le habían concedido un ascenso todavía. Su cabello estaba lleno de hebras plateadas que le hacían parecer mucho mayor, pero era una persona fuerte y siempre dispuesta a trabajar. Vincent odiaba que el resto del cuerpo ignorase al pobre Javier, y en cierta manera, se sentía culpable por si en alguna ocasión él también lo hubiese hecho. Intentó imaginar cómo sería su trabajo si no estuviese a su lado, y se dio cuenta de que necesitaría un ayudante si quería ser detective privado.

–Buen trabajo –exclamó, regalándole una sonrisa. Era lo menos que podía hacer.

–Señor, como ya le dije, la criada de la casa quiere hablar con usted.

–Ah, es cierto… –tenía demasiadas cosas en la cabeza. Debía ir a hablar con ella y descubrir qué era tan importante que solo él podía saber– Gracias, Javi.

Accedió al jardín verde y brillante que rodeaba el edificio. Las flores desprendían un aroma suave y los insectos volaban junto a ellas, seduciéndolas; la luz del sol se reflejaba en el agua transparente de una preciosa fuente con forma de doncella desnuda; y, el cuerpo sin vida de la joven Eva Flores todavía estaba tendido sobre las rosas. A su alrededor, un hombre dibujaba en un gran cuaderno la escena, otro custodiaba el cuerpo y, un jardinero podaba los setos, ajeno a los acontecimientos.

En la puerta de la casa le esperaba Diana Vera, la asistenta de la casa. Tenía el pelo recogido en un moño, ligado con un lazo negro, y algunos mechones de cabello sueltos le acariciaban el rostro. Llevaba un vestido negro, un poco corto comparado con los que Vincent recordaba haber visto como uniformes de trabajo. Apretaba con ambas manos un pañuelo de tela, blanco como la nieve, con unas letras bordadas. Tendrían más o menos la misma edad, pero ella parecía mucho más cansada de vivir.

–¿Es usted la señorita Diana Vera? –sabía perfectamente que lo era, pero pretendía analizar cada uno de sus movimientos.

–Sí, señor. Muy amable por su parte llamarme por mi nombre. La mayoría de hombres que han pasado por aquí se han limitado a llamarme sirvienta, criada o simplemente, a chasquear los dedos para que me acercase.

Brillante. El tono de la mujer fue dulce al principio y rápidamente pasó a ser ácido. Vincent la miraba perplejo, asombrado por la espontaneidad y claridad con la que le había contestado. Observó como sus labios estaban hinchados, sus ojos rojizos, y una fina capa de maquillaje intentaba disimular lo que era evidente, había estado llorando. Aquella mujer no solo era astuta y atractiva, sino que también parecía ser muy inteligente.

»No se quede ahí parado, entre y le serviré una taza de café –dio media vuelta y le hizo una señal con la mano para que le siguiera–. Supongo que ya le han dicho que solo quiero hablar con usted. Cuando le explique lo que tengo que decirle entenderá muy bien el porqué.

Era misteriosa, una característica que le encantaba, pero no debía olvidar que aquello podía ser algo más que un simple accidente, no podía fiarse de nadie.

Pasaron por el pasillo situado al lado derecho de las grandes escaleras blancas, con las paredes cubiertas de pinturas con escenas coloridas. Una alfombra blanca con cenefas de color carmesí adornaba el suelo de la estancia. Y pese a aquella deleitable decoración, Vincent sentía que las paredes le caían encima, que el aire estaba viciado y le costaba respirar. Caminaba aturdido, siguiendo a Diana hasta donde ella quisiera, a penas le importaba.

Finalmente, entraron a una sala, totalmente diferente al resto de la casa. La mujer señaló hacía una pequeña mesa y le indicó que se sentara. La habitación estaba prácticamente vacía, sin cuadros en las paredes, sin tapices, sin nada. Tan solo la mesa y un pequeño mueble. Diana salió por una de las puertas con una bandeja con dos tazas de café, que desprendían un aroma embriagador.

–Gracias –musitó, mientras ella depositaba una taza frente a él–. En fin, ahora que ya estamos solos, supongo que podrá explicarme ese secreto tan bien guardado.

–No tenga tanta prisa, Inspector –sacó una galleta del bolsillo del delantal, y por la puerta medio abierta apareció un pequeño gato, tan negro como la misma oscuridad y con unos ojos verdes asombrosos–. Lo primero es que prometa que nada de lo que le diga saldrá de esta pequeña habitación.

–Depende de lo que me cuente… –sacó la pitillera– ¿Puedo?

–No está permitido fumar dentro de la casa –hizo una pausa, casi dramática. Parecía que disfrutaba con aquello–. Pero estas son mis habitaciones, así que, adelante.

Aquella mujer no dejaba de sorprenderle. Desafiaba hasta las normas más básicas, y aun así, por lo que había visto y leído en la ficha que le había entregado Javier, parecía la reina de la casa.

–Como le decía, si la información que me proporciona tiene que ver con el fallecimiento de la señorita Eva, e implica algún tipo de prueba, dicha información deberá ser transmitida a mis compañeros del cuerpo.

–Sí, sí… veo que le han enseñado bien eso de soltar discursos. Verá, sé que usted es diferente, así que dejémonos de tonterías. Usted… ¿Puedo tutearle? Sí, será más cómodo, estoy harta de tanta disciplina –Vincent la miraba atónito, mientras sorbía un poco de café dejó que continuara con aquel monólogo, le resultaba muy entretenido–. Seré clara, la pobre Eva no murió por un accidente.

–¿Tiene pruebas de lo que acaba de decir? –Vincent no se sorprendió. Parecía muy convencida de aquello, pero ninguno de sus compañeros había encontrado nada que indujese a pensarlo.

–¿Pruebas? Bueno, puedo explicar todo lo que sé, y tú mismo decides si lo son.

–Está bien. Si no le importa, tomaré nota de aquello más importante –sacó la libreta y se encendió el cigarrillo que todavía estaba sobre la mesa.

–Bien. Supongo que conoce al propietario de esta finca, el padre de Eva, el señor Víctor Flores.

–Así es, un personaje muy conocido y querido en la ciudad. Por lo que he visto trabaja mucho, incluso en un día como este… Me resulta curioso.

–Sí, el maravillo y grandioso Víctor, ¿quién no ha oído hablar de él? Pero ya sabes, no es oro todo lo que reluce –dio un pequeño sorbo al café, y clavó sus ojos en los de Vincent–. Ese hombre tiene demasiados secretos, y cree que sabe ocultarlos. Qué ingenuo.

–¿Qué quiere decir? ¿Los conoce usted?

–Por favor, parece un niño escondiendo un jarrón roto en el armario. Todas las personas de esta casa conocen sus secretos, y todas fingen no saberlos.

–Y ¿alguno de esos no tan misteriosos hechos tiene que ver con la muerte de la señorita Eva?

–Puede ser… Por eso quería hablar contigo. Tú eres el experto, no yo.

No sería fácil aquello que tuviese que decir, pero Diana parecía muy tranquila, como si necesitase explicárselo a alguien, como si el peso le consumiese.

»Hace un par de años Víctor tuvo una amante, y obviamente la señora Magda se enteró. Al principio se enfadó mucho, esperó a que él la dejase, a que se lo contase… Pero el tiempo pasaba y nadie hacía nada. La única que no lo sabía era la pobre Eva, y el día que se enteró corrió a decírselo a su madre, tan ingenua. Hubo una terrible discusión, y a partir de ese día no se volvió a saber nada de la chica.

A Vincent aquello no le parecía tan raro, había cientos de casos como ese, y casi siempre se resolvían igual: o bien dejaban a la amante o bien se iban con ella. Pero había una tercera manera de hacerlo, y esperaba que no fuese uno de esos casos.

»Hasta ayer por la noche…

Y eso lo cambiaba todo. Sintió un cosquilleo en el estómago, cuando confirmó que no era un simple accidente, que aquello poder haber sido un asesinato. Aquel sentimiento tan gratificante cuando sabía que un misterio estaba a punto de resolverse. Tenía información que nadie más del cuerpo conocía, y podría resolver el caso gracias a la ayuda de Diana. Aunque todavía no le habían explicado nada en concreto, Vincent sabía que todo saldría a la luz.

–¿Qué pasó ayer por la noche?

–Los señores habían salido a cenar, y la señorita Eva aprovechó para traer a un amigo a casa. Siempre que nos quedábamos solas yo le permitía hacer ese tipo de cosas. Tiene veinte tres años, por el amor de Dios, tiene derecho a hacer lo que quiera.

–Estoy de acuerdo… –odiaba esas normas anticuadas que prohibían a la gente hacer aquello que querían. Pero, sabía que Diana se metería en un lio si aquella información llegaba a los dueños de la casa.

–Sí, yo solo quería que la señorita fuese feliz. Así que dejé entrar a su compañero, les dejé solos, y me fui al salón a escuchar música en el gramófono, mi pasión –los ojos de Diana empezaron a llenarse de lágrimas, y la voz firme pasó a ser entrecortada–. Cuando sonó el reloj marcando las doce, me desperté. La música había dejado de sonar, y recogí las cosas para dejar el salón impoluto… no me está permitido estar allí.

–Increíble…

–Mi lugar es esta habitación, así que no lo puede explicar –se puso tensa. Sabía lo que se estaba jugando, aunque quizá sus días como doncella en aquella casa ya habían terminado–. Sé que me estoy metiendo en un fregado, pero mi conciencia me dice que debo decir la verdad, antes de que se descubra el escándalo.

–Tranquila, si usted no ha hecho nada nosotros le protegeremos, debe decir todo lo que sabe. Si no ha sido un simple accidente, debe ofrecernos toda la información que posee.

–Lo sé, y lo voy a hacer. Pero yo no soy la única que tiene algo que contar.

Diana dejó de hablar, agachó la cabeza y miró fijamente la taza de café, sin apenas parpadear. El gato negro arañaba delicadamente su vestido, pidiendo una galletita más. Y Vincent, con la boca abierta, no sabía qué pensar. ¿Quién tenía algo más que contar? Tal vez la mujer, quizá la propia Eva había dejado algo escrito…

–¿Quién más tiene que hablar?

–Gerard –lo dijo en un susurro, en voz tan baja que a penas se pudo escuchar–. Gerard, el joven que acompañaba a la señorita Eva.

–¿Su amigo? –cada vez estaba más desconcertado, no entendía qué importancia podía tener aquel chico, más allá de meter a Diana en un lío– Y, ¿usted sabe lo que tiene que explicar?

–Sí, lo sé. Lo sé porque él me lo confesó –y entonces, rompió a llorar–. ¡La culpa es mía! ¡Yo le dejé entrar!

Se cubrió el rostro con las manos, las lágrimas le bailaban por las mejillas y algunas terminaron rozando sus labios, dejando en ellos un sabor salado. Parecía una mujer fuerte, astuta e inteligente, pero aquello la había destruido, y se veía como un pajarillo que todavía tenía que aprender a volar.

»Lo siento muchísimo… yo solo quería hacer feliz a la pobre Eva, siempre tan triste… –se secó las lágrimas con el dorso de la mano, y Vincent le ofreció un pañuelo– Jamás hubiese imaginado que pasaría algo así. Aquel joven, parecía muy agradable, parecía encantador…

–¿Está intentando decir que Gerard, el amigo de Eva, la mató?

–Yo…

Y en ese momento, se abrió otra de las puertas de aquella pequeña habitación. Un joven de cabellos ondulados, oscuros como la noche, con ojos verde manzana y labios rosados, apareció en silencio. Diana se levantó de la silla, y con la mirada fija en el suelo se acercó a Vincent y se quedó de pie junto a él. El joven se sentó en la silla vacía y le dedicó una leve sonrisa.

–Gracias por venir, Inspector.

–¿Es usted Gerard? –Vincent no tenía ganas de fingir, no quería cortesía, solo quería la verdad.

–Sí, lo soy. Sé que ahora mismo puede sentir rabia, pero déjeme explicarle…

–Maldita sea –gritó. Dio un golpe a la mesa con la mano– ¡Una joven ha muerto! ¿La mató usted? ¿La empujó? –Diana depositó una manó sobre el hombro de Vincent, y acarició el tejido de su abrigo con delicadeza.

–Tranquilo, Vincent –susurró la mujer–. Escucha lo que tiene que decirte, es importante.

–Está bien, está bien… –respiró hondo– Explíqueme lo ocurrido.

–Sé que no va a ser fácil, que me esperan largos días de interrogatorios y pruebas, pero sé que usted es un buen Inspector y me ayudará –Sacó un pequeño sobre rosa y lo dejó encima de la mesa, cerrado; y una fotografía de una mujer de cabellos castaños–. No le voy a mentir, cuando conocí a Eva mi intención no era enamorarme de ella. Cuando la conocí no fue por casualidad. Mi misión era llegar hasta esta familia, entrar a esta casa, contar mi historia. Pero las cosas no fueron como yo esperaba.

Le tendió la fotografía a Vincent, que la examinó con curiosidad. La mujer era preciosa, y tenía los ojos del mismo color manzana que los del joven Gerard. Vestía elegante, aunque se notaba que no era una mujer con muchos recursos, pues solo llevaba un pequeño colgante de plata decorando su fino cuello.

»Le presento a María Alsina, mi madre –sus labios dibujaron una sonrisa, triste–. Murió hace dos años y tres meses, en un accidente, dijeron. Pero yo siempre supe la verdad. Mi madre era muy joven, y la vida no le había sonreído demasiado. Se enamoró de hombres que no eran demasiado honestos, hombres crueles y egoístas que se aprovecharon de ella.

Y, Vincent dedujo de inmediato lo que aquel joven le explicaba. Enlazó la información en unos segundos y comprendió lo que había pasado. Aunque, todavía se le escapaban un par de cosas.

»El último hombre con el que estuvo, fue lo peor que le pudo pasar. Un señor arrogante que cuando se cansó de estar a su lado, porque su perfecta vida corría peligro, sencillamente se libró de ella.

–Víctor Flores…

–Exactamente, el detestable Víctor Flores. Maldigo el día en que entró en nuestra casa, el día en que conquistó el corazón de mi madre, y el día en que la mató –la última palabra retumbó en sus oídos, como una barra de metal chocando contra el suelo–. Y desde ese día no he podido hacer otra cosa que planear mi venganza. Pero jamás imaginé que todo terminaría así.

–¿Por qué esta muerta la señorita Eva?¿Cómo murió? –La historia de aquel joven le había llegado al corazón. Aunque sus ojos mostraban rabia y resentimiento, también se veía en ellos la tristeza y la docilidad. No le veía capaz de matar a la pobre joven, que nada tenía que ver con la muerte de su madre.

–Cuando le expliqué la historia, apenas podía respirar. Lloraba como una niña desesperada, descorazonada y terriblemente irritada. Sabía la historia, pero no su final. Eva conocía a mi madre, aunque cuando la vio por primera vez la odió, y la culpó por todos los males que pasaban en su casa. Con el tiempo se dio cuenta de que el único culpable era su padre, nadie más –Acarició con sus dedos el sobre cerrado–. Amaba a esa chica, era tan dulce como un atardecer.

–Explícale cómo murió, Gerard… –murmuró Diana, mirando con ansiedad al joven– Cuéntaselo…

–Le conté cual era mi idea antes de conocerla, lo que quería hacerle a su padre, y que ella me había hecho cambiar de idea. Le dije cuanto la quería, le declaré mi amor… pero era demasiado tarde –sus ojos verdes se enrojecieron–. Me dijo que su familia jamás había superado aquel bache, y que odiaba a su padre por ello. Cada uno se había separado poco a poco del resto, y ni siquiera hablaban entre ellos.

–Es cierto, yo he vivido junto a ellos este tormento –espetó la mujer, con rabia.

–Yo le dije a Eva que eso ya no importaba, que viniese conmigo y lo olvidase todo. Que el destino nos había unido para salvarnos. Pero ella ya había tomado la decisión –miró de nuevo el sobre rosado–. Nada le importaba, solo quería un poco de atención. Hubiese roto todas las normas para poder tener el interés de sus padres, y aquella historia terminó con todo.

–Entonces, ¿qué pasó? –preguntó Vincent, impaciente.

–Me entregó esta pequeña carta, me dio un beso… y se lanzó.

–Se suicidó… y, ¿cómo podemos probarlo? –le creía. A pesar de que no le había dado ninguna prueba, aunque podría haberla matado con sus propias manos, le creía. Veía en sus ojos la verdad, y Vincent siempre se fiaba de su intuición.

–Tengo esta carta, la tenía guardada en un cajón. Supongo que hace tiempo que la escribió… No he sido capaz de abrirla.

–¿Podemos abrirla, Inspector? –preguntó Diana– Necesito saber qué tenía que decirnos la pobre Eva.

–Está bien.

Gerard le entregó el pequeño sobre. Olía a rosas, como aquellas que habían atravesado con sus espinas la preciosa piel de la joven. Lo abrió con cuidado, y sacó de él una hoja también perfumada, del mismo tono. Vincent leyó la carta en voz alta:

–“Hace tiempo que me cuesta respirar, que no encuentro cariño cuando lo necesito, que no puedo ser libre y no puedo ser feliz. Hace tiempo que dejé de ser una joven normal. Hace tiempo que dejamos de ser una familia. No quiero culpar a nadie de estos malos días, de estos momentos que me gustaría no haber vivido. No quiero culpar a nadie, pero lo hago. Y ahora, que ya no me queda nada por lo que luchar, que ya no tengo a nadie que luche por mí, ahora ya no quiero vivir. Quizá cuando ya no esté consiga la atención que tanto desee. Quizá cuando esté muerta penséis más en mí. Lástima, que ya no estaré.”

La habitación permaneció en silencio al terminar. Las lágrimas brotaban sin consideración.

–La carta está firmada por Eva Flores –afirmó Vincent–. Puede que la escribiese hace mucho tiempo, pero servirá como prueba para salvarte.

Cerró su libreta, sacó un cigarrillo de su pitillera y lo encendió. Tenía claro que aquello sería un escándalo, y estaba seguro de que el Comisario estaría en contra de que saliese a la luz. Pero, ¿qué importaba? Le daba igual permanecer en el cuerpo o que le echasen, tarde o temprano se iría. Todo aquello le afectaba, lo único que importaba era la justicia y la verdad.

»Tranquilo, Gerard. Lucharé por que la historia de tu madre se publiqué. Aunque no sé si se hará justicia como te gustaría, al menos todos conocerán la verdad.

–¿Hará eso por ella? –las lágrimas en los ojos de Gerard le hicieron brillar. Por fin escuchaba una buena noticia en medio de tanto sufrimiento–. Es lo único que deseo, que todos sepan la verdadera historia de las únicas mujeres que he amado.

Vincent reunió todas las pruebas que le habían presentado y filtró la información. Envío la foto y la historia redactada a un par de periódicos, que difundieron rápidamente la noticia sin ni siquiera contrastarla. Nadie sabría quién había transmitido los datos, pero la investigación avanzaría rápida y Víctor no podría sobornar a nadie para detenerla. Demasiado tarde, esta vez.

Todavía sentía rabia por la corrupción que había en el cuerpo, pero se quedaría y lo sabotearía desde dentro. Ser quien daba el soplo a la prensa le gustaba, era como una recompensa agradable y al mismo tiempo, un castigo para todos los hombres corruptos.

Seguiría investigando por su cuenta, resolviendo los casos con sus propios medios y ayudando como siempre había soñado a las personas desamparadas por la justicia. Porque la mayor venganza que podía llevar a cabo, era mostrar al mundo la corrupción del Cuerpo de Policía.

 

Carme Sanchis Estellés

 
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Publicado por en 8 junio 2013 en Capítulos

 

La muerte de Roberto Piemonte

Este relato es propiedad de Carme Sanchis, y su ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ilustración de Vicente Mateo Serra
http://elsitiodetico.blogspot.com.es/

Había sido una noche tranquila. El teléfono apenas había sonado un par de veces, y todas eran alarmas por pequeños hurtos. Vincent Barrett había tenido tiempo suficiente para descansar y despejar su cabeza. Llevaba mucho tiempo sin salir a la calle para resolver algún misterio. Echaba de menos esas noches sin dormir dándole vueltas a las pistas que había encontrado, intentando encajar las piezas para resolver el puzle de un asesinato. Pronto saldría de nuevo.

***

El reloj de la plaza marcaba las 07:35, un grupo de mujeres rodeaba el portal número 7, susurraban, observaban, sospechaban…

–Escuché un disparo… resonó en mi habitación… creo que ha sido en el principal.

–Yo me desperté con el grito de ella. Ha sido Beatriz, estoy segura.

–Sí, algo le ha pasado al señor Roberto. Dios quiera que esté bien.

Poco a poco el grupo se fue ampliando, y cada una de las nuevas dejaba caer su información.

***

En el principal derecho, una mujer sentía cómo las lágrimas viajaban por su rostro, besando sus labios, dejando en ellos un gusto salado. Justo a su lado, el cuerpo sin vida de su marido todavía desprendía calor. No soportaba mirarlo, pero aun así lo hacía, y rompía de nuevo a llorar.

Roberto Piemonte estaba sentado en su sillón de cuero marrón, con los brazos caídos y una pistola bajo su mano derecha. Vestido con un traje impoluto, unos guantes negros y un disparo en su sien.

Vincent se abrió paso entre la muchedumbre. Ahora había hombres, y ellos también traían información:

–Roberto tenía demasiadas deudas.

–Dicen que su mujer tenía muchos amantes, quizá ha sido una pelea.

–No, ella le amaba. Ha sido por dinero, siempre es por dinero.
En el portal del edificio le esperaba un hombre con una gabardina gris, una carpeta llena de papeles y un cigarrillo en sus labios. Parecía nervioso, observaba el suelo, sus manos se movían rápidas cogiendo el pitillo con sus largos dedos. Cuando sintió la presencia del inspector, levantó la mirada y miró directamente a sus ojos.

–¿Inspector? –asintió levemente con la cabeza– Soy Daniel Moreda, el asistente personal del señor Piemonte.

–¿Asistente personal? –Vincent arqueó su ceja derecha mirándole con curiosidad.

–Exacto. Me encargo de administrar el tiempo, dinero y recursos de la familia Piemonte. Soy su secretario, administrador y contable. La señora Beatriz me llamó hace un par de minutos y he venido lo antes posible para atenderle. Parecía tremendamente inquieta.

–Entonces, voy por delante de usted –Vincent no pudo evitar esbozar una sonrisa con sus delgados labios, dejando entrever sus dientes–. El señor Roberto Piemonte se ha suicidado, un disparo en la sien. De momento desconocemos las circunstancias exactas que le llevaron a hacerlo, pero hemos encontrado una nota de despedida.

–Roberto, ¿Roberto se ha suicidado? –Daniel hizo una mueca, como si se le parase el corazón– Dios mío. Ha tenido problemas con el dinero últimamente, pero ese no es motivo suficiente para suicidarse.

–Vaya, qué discreto… –dijo entre dientes– Acompáñeme, por favor. Tenemos que revisar la escena del crimen y debo hacerles unas preguntas a usted y a la señora Piemonte.

Beatriz esperaba sentada en el sofá frente a su marido. Sus labios pintados de rojo temblaban, sus ojos castaños estaban cansados de llorar. Al sonido estridente del timbre, la preciosa mujer se levantó, se alisó el vestido y retocó su peinado con los dedos. Ella siempre tenía que estar perfecta.

La puerta estaba abierta. El inspector Barrett se quitó el sombrero. Asombrado por la belleza de la viuda, sus ojos viajaron por todo su cuerpo, observando cada pequeño detalle.

–Soy el inspector Vincent Barrett, encantado de conocerla.

Ella, miró con los ojos llenos de lágrimas a quien le hablaba. Sin duda aquel hombre no era como el resto de policías. Habían pasado ya muchos por la casa. Unos hacían fotos; otros, preguntas; y otros, simplemente observaban.

–Encantada, Señor Barrett. Ya he contestado todas las preguntas de los policías, pero le atenderé. Perdóneme si en algún momento no soporto los nervios –las lágrimas regresaron a sus ojos–, pero es que todavía no me lo puedo creer…

–Tranquilícese mujer –la rodeó con uno de sus brazos–. Vayamos dentro, será mejor que nos sentemos.

Daniel, el ayudante de la familia, se quedó en el salón mirando a Roberto. Beatriz le había ignorado. Era difícil mantenerse sereno frente al cuerpo sin vida de su jefe. Aquel hombre que había sido tan poderoso, ahora estaba allí sentado, muerto. Eso sí, tan elegante como siempre.

En el comedor, Vincent empezó el interrogatorio:

–¿Podría explicarme qué pasó exactamente? – sacó del bolsillo de su gabardina una pequeña libreta negra, casi llena.

–Hacía tiempo que mi marido estaba inquieto. Se pasaba el día aquí encerrado, mirando por la ventana que da a la plaza.

Anotó en su libreta lo que ella le decía, sus palabras, sus gestos, sus pausas.

»Le pregunté mil veces qué le pasaba. Nunca me confesó sus temores, siempre decía que era mejor no saber nada –Vincent miró sus manos, su anillo de casada–. Supongo que quería protegerme. Pero yo sabía más de lo que él pensaba.

–¿Quién se lo explicó?

–Daniel, por supuesto. Tenía miedo, así que me contó que Roberto empezaba a tener deudas, que si no pagaba se metería en líos. Y supongo que así fue, por eso enloqueció.

Un policía entró con la carta que Roberto había escrito antes de suicidarse. Era corta, muy directa.

“Querida Beatriz, perdóname. No puedo seguir viviendo así, perseguido, observado, encerrado. Sé que soy un cobarde, pero no encuentro otra salida que terminar con mi propia vida. Vete con tu hermana cuando yo ya no esté, espero que consigas volver a ser feliz. Y, sobretodo, perdóname.”

–La letra coincide con la del Señor Piemonte. No hay duda, ha sido un suicidio.

–¿Hay más pruebas?

–Sí, señor. Hemos encontrado cartas amenazadoras sobre el escritorio. Al parecer tenía muchas deudas, creemos que relacionadas con apuestas. Además, el arma con la que se disparó estaba bajo su mano. No había huellas porque llevaba unos guantes de cuero. Pero las pruebas son muy claras.

–Parece que su marido nos ha dejado el trabajo hecho –Vincent seguía escribiendo, a pesar de que el resto de policías daban el caso por cerrado.

–Señor, ¿damos la orden de levantar el cadáver?

–No, todavía no. Me gustaría echarle un vistazo –Le hizo una señal para que se retirase. Todavía tenía preguntas para la viuda–. Resuélvame una duda. Antes de suicidarse, ¿su marido no le habló de huir?

Beatriz abrió bien los ojos, cogió aire. Tocó su pelo y jugó con uno de sus rizos.

–Bueno, me propuso hacer un viaje. Yo todavía no sabía que estaba metido en estos líos.

–Y, ¿no volvió a proponérselo más tarde?

–No, creo que no. – Tamborileó con los dedos sobre la mesa. Le molestaba su insistencia.

–¿Por qué no fueron?

–No lo sé, me pareció precipitado.

–Entiendo… Y en cuanto a la carta, ¿se irá usted a vivir con su hermana?

–Sí, creo que es mejor que haga caso a mi marido. Necesitaré el apoyo de mi hermana.

–Está bien. Si necesita alguna cosa mientras está fuera, puede llamar y hablar conmigo. Si no estoy mi ayudante tomará nota –sacó de su libreta una tarjeta con su nombre y su dirección–. Aquí tiene.

–Gracias. Y si me disculpa, desearía acostarme un rato. Daniel se encargará de todo.

Sin darle tiempo a nada más, Beatriz se levantó y cruzó la habitación tocando su pelo, moviendo sus caderas al andar. Vincent sabía que aquella mujer escondía algo importante, sabía que mentía, pero lo hacía muy bien.

Daniel todavía estaba en el salón, y el inspector Barrett fue a observar el cadáver y a hacer unas últimas preguntas.

–¿Desde cuándo trabajabas para la familia? –Dejó de hablarle de usted, quería una conversación más directa.

–Hace ya muchos años, yo todavía estudiaba. Beatriz visitaba la librería donde yo trabajaba, y al final nos hicimos amigos y me ofreció este trabajo.

–¿Se encargaba ella de ese tipo de cosas? –De nuevo arqueó una de sus cejas. La pobre viuda que se había mostrado desvalida tenía más poder del que decía.

–Bueno… fue ella quien me ofreció el trabajo, pero era Roberto quien tenía la última palabra.

–Ya, y ¿le confesaste a la señora los problemas de su marido?

–Verá, Beatriz sabía que algo no iba bien, y merecía saber la verdad –al inspector no le gustó la respuesta. Se puso serio.

–¿Se lo contó usted?

–De hecho, siempre se lo contaban todo. No les gustaban los secretos –una gota de sudor resbaló por su frente.

–¿Lo hizo usted o no? –Vincent levantó la voz.

Un policía se acercó a ellos, impidiendo que el joven respondiese.

–Inspector Barrett, el comisario ha pedido el cierre del caso y a dado la orden de levantar el cadáver. Él mismo se encargará de todo, así que puede retirarse.

Daniel Moreda esbozó una sonrisa. El caso estaba cerrado. Un simple suicidio, un lío de apuestas.

–¿Le puedo hacer una última pregunta? –Vincent sabía lo que estaba pasando.

–Por supuesto –respondió ya más sereno.

–¿Viajaban muchos los señores Piemonte?

–Sí, claro. A Beatriz le encanta viajar. Solían salir de viaje, a cualquier parte del mundo. Incluso viajamos los tres juntos algún fin de semana.

Y eso fue todo, caso cerrado. Aunque Vincent sabía que los dos mentían, aunque tenía pruebas, jamás podría demostrarlo. El poder hace callar a la verdad, y compra a la justicia.

***

–Roberto, ¿has escrito ya la carta?

–Sí, mi amor. Ya está todo preparado. Las deudas sobre el escritorio, y la despedida la dejamos aquí en el salón. Tengo el dinero del billete de tren preparado, y te he dejado suficiente en el cajón para el tuyo y tus gastos durante esta semana.

–¿Crees que todo saldrá bien, cariño?

–Por supuesto, no estés nerviosa. Muy pronto estaremos los dos juntos, muy lejos de aquí. Y te prometo que no habrá más apuestas.

–Te prepararé un café antes de irte. Siéntate en el sillón, mi vida.

Beatriz fue a la cocina a preparar café. En el primer cajón, junto a las cucharillas guardaba la pistola de Roberto. Se puso uno de los guantes de cuero negro de su marido y la guardo en su bolsillo. Regresó al salón, sin café.

–Te amo –susurró él cerrando los ojos mientras su mujer le abrazaba por la espalda. La mano izquierda de ella acariciaba su cuello. Mientras la mano derecha acercaba el arma hacia su sien.

Al abrir los ojos, vio su imagen reflejada en el espejo unos segundos. Su mujer apretaba el gatillo, su vida se evaporaba. Rápidamente colocó los brazos caídos y dejó el arma bajo su mano derecha. Le puso los guantes y se cambió el vestido. La función no había hecho más que empezar.

***

El Señor Roberto Piemonte se había suicidado, dirían los periódicos. El Comisario daría el pésame a la viuda y recibiría un sobre a cambio. ¿Dinero? No. Fotos, un chantaje.

En el entierro, ella lloraría desconsoladamente. Rememoraría aquel plan perfecto, y la cara de horror de su marido cuando ella apretó el gatillo.

 

Carme Sanchis Estellés

 
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Publicado por en 1 junio 2013 en Capítulos