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The Knickers

08 Jun

Este relato es propiedad de Carme Sanchis, y su ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ilustración de Verónica López
http://vekfly.blogspot.com.es/

La lluvia había llegado hacía ya más de nueve días, montada en nubarrones grises y acompañada por un viento frío, dispuesta a quedarse. Los árboles sentían cómo se les desgarraban las ramas y caían al suelo cubierto de charcos de agua. La Luna no había acudido a su cita aquella noche, aunque nadie se daría cuenta, porque las nubes cubrían el cielo repleto de estrellas.

El autobús nocturno hacía su última parada, y una mujer medio dormida susurró “hasta luego” al cansado conductor. Jordi Orrego vestía un uniforme azul oscuro y una sonrisa en sus labios, siempre impecable. Pero, cada noche cuando paraba el motor del autobús, se desabrochaba los primeros botones, se quitaba el gorro de conductor y suspiraba profundamente. Su barba incipiente y sus ojos tristes mostraban la desmotivación de un hombre que seguía una rutina casi enfermiza. Cada día el mismo trayecto, una y otra vez. Muchos de sus compañeros se sentían satisfechos con aquel trabajo, siempre alegres y entusiasmados; pero no era su caso.

Había soñado con ser un importante hombre de negocios, viajar por el mundo y conocer a cientos de personas. Pero era conductor de autobús, viajaba por las mismas carreteras cada día y solo conocía a aquellas personas que se dignaban a saludarle al subir.

–Pss, tampoco me puedo quejar –susurró mientras se incorporaba–. Al menos tengo un trabajo.

Revisó el autobús por si alguien había dejado olvidado algún objeto personal al bajar. En los años que llevaba allí trabajando había encontrado basura, mochilas, paraguas, carpetas y hasta monederos. Recorrió el vehículo con cuidado, resbalando un par de veces con pequeños restos de agua y barro que los viajeros habían subido en sus zapatos. En el fondo del autobús, en el asiento del cobrador, había un hombre con la cabeza descansada sobre la mesa color crudo.

»Señor, hemos llegado a la última parada.

Pero no obtuvo respuesta. No era la primera vez que alguien se quedaba dormido durante el trayecto. Se acercó al hombre de cabello castaño, examinó con cuidado el maletín de piel que había junto al pasajero y repitió su frase, tocándole suavemente el hombro.

»El trayecto ha terminado,  hemos llegado a la última parada –de nuevo obtuvo silencio–. ¿Señor?

Al zarandear de nuevo su hombro, el brazo izquierdo se movió y golpeó fuertemente el metal de la puerta trasera del autobús. Permaneció inmóvil, impasible frente a aquel accidente. Jordi empezó a ponerse nervioso, sentía que un sudor frío empapaba su cuerpo. Corrió en busca de alguien que pudiese ayudarle, pero la estación estaba totalmente vacía.

~***~

La lluvia golpeaba los cristales de la ventana del despacho de Vincent, mientras archivaba los documentos de su último caso. La comisaría todavía hablaba del “hombre del saco”, y su captura había conseguido motivar a todos los agentes. Desde entonces, todos trabajaban con más eficiencia, cooperando con el resto de compañeros. Javier se hacía cargo de la organización de los equipos y Vincent intentaba poner en orden todos los archivos que tenía amontonados en su despacho.

–¡Esto es una mierda! –gritó, tirando un archivador sobre la mesa. Se encendió un cigarrillo y se acercó a la ventana– Tal vez debería dejar esto y seguir como hasta ahora, tampoco me ha ido tan mal.

–Si prefiere puedo organizarlo yo mismo –propuso su ayudante desde la puerta. Había cambiado mucho en aquel periodo de tiempo, se veía más feliz.

–Ah, Javi. No, no te preocupes. Solo estoy un poco agobiado.

–Tranquilo, Inspector. Le traigo un nuevo caso, de los que a usted le gustan –Javier le entregó la carpeta color arena y se sirvió un vaso de agua–. Hace un par de horas que localizaron el cadáver de un joven indocumentado en el autobús nocturno.

–¿Causa de la muerte?

–Arritmia cardíaca, no sabemos la causa exacta. Pero es demasiado joven y a simple vista gozaba de buena salud.

–Ya, ¿no llevaba ningún tipo de identificación? –El hombre negó con la cabeza.

–Solo lo acompañaba un maletín repleto de billetes.

–Bonita compañía. ¿Has comparado la descripción con el archivo de desaparecidos?

–Sí, señor. No hay coincidencias.

–¿Testigos? –preguntó Vincent, mientras abría su libreta para apuntar los datos.

–El conductor del autobús fue el que se encontró el cadáver. Ha explicado con detalle al agente González cómo encontró el cuerpo, pero no sabe nada de su identidad. Nos hemos puesto en contacto con el cobrador del autobús, puede que recuerde con quien viajaba.

–Perfecto, que le tomen declaración. Quiero investigar el lugar del suceso, ese hombre tuvo que morir dentro del autobús, no creo que alguien lo subiese ya muerto.

–Concédame un par de minutos. Difundiré la información y prepararé el coche.

~***~

Vincent observó asqueado el autobús aparcado en la estación. Recordaba los viajes que había hecho cuando era un simple ayudante que soñaba con ser detective. Pero ahora era Inspector de un cuerpo de policías corrupto, y sus sueños debían esperar.

El conductor permanecía sentado en uno de los bancos de metal. Una multitud rodeaba con curiosidad el autobús custodiado por dos policías, la gente era tremendamente morbosa.

–Buenos días, Señor Orrego –extendió su mano para presentarse–. Soy el Inspector Vincent Barrett, y este es mi ayudante.

–Encantado –miró de reojo su autobús–. Ya les he explicado todo lo que sabía a vuestros compañeros. Siento no poder dar más información, pero no vi nada, no escuché nada.

–No se preocupe, solo quería asegurarme de que estaba bien. Si en algún momento se acuerda de algo, póngase en contacto con nuestra comisaría.

–En mi autobús caben setenta y cuatro pasajeros, van subiendo y bajando, y a penas se dirigen la palabra entre ellos. Espero que mi compañero pueda ayudarles más que yo.

–Por supuesto, puede volver a su casa. Después de un turno de noche supongo que estará usted muy cansado.

–Muchas gracias, Inspector. Puede contar con mi colaboración siempre que lo necesite.

Los dos agentes se acercaron al autobús, dispuestos a descubrir cualquier pequeño detalle olvidado. En aquellos tiempos de investigaciones imprecisas, sentencias rápidas y encarcelamientos injustos, era muy típico que las pruebas pasasen desapercibidas o fuesen olvidadas a conciencia. Vincent y su ayudante luchaban por hacer más justa la justicia.

El joven permanecía sentado en el asiento correspondiente al cobrador del autobús. Su pelo estaba brillante por los productos utilizados para hacer que su tupé permaneciese estático. Llevaba una camiseta blanca cubierta por una chaqueta de cuero duro. Sus pantalones oscuros estaban ceñidos a sus piernas inmóviles, y sus zapatos Creepers terminaban de confirmar que era todo un rockabilly.

–No es muy típico por aquí ver gente con este estilo, ¿verdad?

–Ni siquiera sé a qué estilo se refiere, señor –Vincent soltó una sonora carcajada.

–Javi, ¿es que no has oído hablar del rock’n’roll?

–Bueno, sí. Pero pensaba que esa música solo existía en América.

–Tal vez llegue aquí dentro de 10 años, cuando todos estén cansados de bailarlo –el Inspector dejó escapar un suspiro de indignación–. Estoy seguro de que este joven estuvo en alguna fiesta o algo parecido. Quizá…

Examinó los bolsillos de la chaqueta, convencido de que encontraría alguna pista.

»¡Aquí esta! –Extrajo un pequeño trozo de cartulina impresa y leyó en voz alta–: Fiesta Rockabilly, Dolly’s Days y The Knickers en directo. Bar la Morena.

–¡Magnífico! Sé dónde está, señor. Se han hecho un par de redadas en ese local.

–Me imagino… –y seguro que sin motivo alguno, pensó Vincent– Que levanten el cadáver, e insiste al forense para que haga pruebas de toxicología, seguro que encuentra una causa más concreta gracias a los resultados.

~***~

El bar estaba situado en el bajo de un edificio antiguo, en un barrio marginal, donde era típico encontrar gente desaliñada, cansada, pero siempre dispuesta a ayudar.

Pero, al entrar en aquel local el mundo entero cambiaba, viajando a un presente paralelo censurado para el pueblo de aquel país. El color rojo intenso de las paredes hacía conjunto con el de los taburetes que había junto a la barra. Las mesas y las sillas negras terminaban dando paso a un espacio vacío que rodeaba un pequeño escenario. Y, el suelo estaba cubierto de azulejos, unos blancos y otros negros que dibujaban una cuadrícula hipnótica.

Se abrió una puerta de madera oscura y un joven, más o menos de su edad, apareció con media docena de botellines de cerveza en las manos.

–Pasa, siéntate. ¿Quieres una de estas? –preguntó el camarero con una sonrisa en los labios. Su estilo le recordaba al del chico no identificado, pero mucho menos glamuroso.

–Soy el Inspector Vincent Barrett.

–Y yo Miguel de la Morena, mucho gusto –abrió dos de las botellas, dejó una al otro lado de la barra y empezó a beber de la suya–. No hace ni dos semanas que hicieron la última redada, ¿qué pasa ahora?

–¿Conoces a este hombre? –Vincent extrajo del bolsillo interior de su abrigo una pequeña polaroid.

–¡Mierda! ¿Es Jack de Knickers? No puede ser, es imposible…

El joven se llevó las manos a la cabeza, removiendo su pelo castaño. Sus ojos enrojecidos estaban muy abiertos y su rostro mostraba preocupación.

–No disponemos de información sobre su nombre.

–Pues te lo confirmo, tío. Es Jack, ayer estuvo en mi local dando un concierto –se llevó a los labios el botellín de cerveza–. Esto es absurdo.

–¿Es uno de los integrantes del grupo The Knickers?

–Vaya, ¿conoces la banda? –Vincent le mostró la pequeña cartulina–  ¿Por qué demonios tienes una de las invitaciones?

–La llevaba la víctima en uno de los bolsillos.

–¿Víctima? ¿Creéis que alguien le mató? Entiendo, como yo organicé la fiesta me va a caer todo el marrón.

–Tranquilo, solo estamos buscando información –anotó un par de ideas en su libreta.

–Eh, tío. ¿Qué estás escribiendo ahí? Yo no he hecho nada, solo pongo copas y organizo conciertos.

–Cálmate, por favor. Te aseguro que no creo que seas el culpable. Pero, dime, ¿por qué te arriesgas a organizar conciertos ilegales? –se encendió un cigarrillo y bebió un trago de la cerveza que le había ofrecido.

–Joder, ¿tú oyes la música que ponen en la radio de este maldito país? Mientras afuera están descubriendo cientos de estilos musicales alternativos, aquí tenemos la misma mierda casposa de siempre. ¿Cómo no voy a arriesgarme a traer a esta gente? Un poco de cultura no hace daño a nadie, a diferencia de sus hostias cuando no están de acuerdo con lo que haces.

Vincent miró estupefacto a aquel joven de pantalones oscuros y calcetines blancos. Observó las mangas medio recogidas de aquella camisa blanca ceñida a su cuerpo. En cierto modo lo envidiaba, por ser capaz de hacer frente abiertamente a la censura que vivía, mientras él daba soplos de forma anónima y luchaba en la clandestinidad.

–Entiendo perfectamente tu postura, créeme –percibió cómo Miguel se asombraba ante sus palabras–. Aunque sea Inspector de policía eso no significa que no esté en contra de este estúpido régimen de mierda que no nos deja ni respirar.

–Tío, podrían echarte por decir esas cosas…

–Que lo hagan, tengo información suficiente para cubrirles de mierda y encerrarles a todos una buena temporada en la cárcel –Miguel dejó escapar una carcajada, y Vincent levantó la cerveza–. ¡Por la libertad!

–Por ser libres.

Los dos bebieron al mismo tiempo, saboreando el momento y la cerveza fría. Miguel aprovechó el silencio para poner música, una de las canciones del grupo The Knickers.

»Escúchales, eran buenos. Cruzaron el charco expresamente para este concierto.  Jack era un tío majísimo, no entiendo quién querría matarle.

–¿Se llevaba mal con alguien?

–Que yo sepa no. Solo llevaba aquí cuatro días, prácticamente no conocía a nadie.

–Mejor, así reducimos el número de posibles sospechosos. Intenta recordar las personas que tuvieron contacto con él.

–Está bien, déjame pensar. Me conocía a mí, a la casera del edificio, a un par de camareros y a los integrantes del grupo Dolly’s Days –se mordió el labio mientras intentaba hacer memoria–. Y, no creo que ayer en el concierto conociera a nadie más, aquí prácticamente nadie sabe hablar inglés y era el único idioma que él comprendía.

–Así que la lista, de momento, se reduce a esos sospechosos. Magnífico.

La canción terminó y le siguió una de Dolly’s Days. La voz femenina, bastante estridente, sonaba al compás de una guitarra eléctrica. A Vincent le pareció extraño escucharla.

–Está cantando en nuestro idioma, ¿verdad?

–Así es. Dolly es de aquí, bueno, de la península. También vinieron únicamente por el concierto. Su verdadero nombre es Irune Caicedo, pero ya sabe, Dolly, chica guapa… Ese es su rollo.

–Vaya, qué vanidosa. ¿Cuántas personas forman el grupo?

–Ella y dos hombres más. El batería es su novio y el guitarrista, un tío bastante indiferente. No suenan del todo mal, y es lo único que tenemos ahora mismo en este país relacionado con el estilo.

–Así que The Knickers eran la competencia –indicó Vincent.

–Bueno, se podría ver de ese modo. Pero creo que se llevaban bastante bien.

–¿Cómo podría ponerme en contacto con la chica?

–Tengo la dirección de la pensión donde se alojan. Estaban en el mismo edificio que el otro grupo.

–Estupendo, así también podré hablar con el resto de integrantes de The Knickers.

–Me temo que no –expresó Miguel mientras le apuntaba en una hoja la dirección–. Su avión salía esta misma mañana, aunque no sé si se habrán ido sin Jack.

–Espero que no. Una última pregunta, ¿pagaste al grupo en efectivo?

–Sí, se llevaron la mitad de las ganancias de las entradas del concierto, más el precio base que cobran por tocar. Lo llevaban todo en un maletín de cuero. Dolly’s Days tocaron gratis.

–El dinero siempre es un buen móvil para asesinar –se levantó, sacó una moneda de su bolsillo y la dejó sobre la barra. Ha sido un placer haberte conocido.

–No hace falta que pagues la cerveza.

–La próxima correrá por tu cuenta –exclamó Vincent, riendo, mientras salía por la puerta.

~***~

Un par de calles más arriba del bar La Morena, se encontraba el edificio indicado por Miguel. La pensión estaba a cargo de una mujer desgarbada, vestida con ropas remendadas y un delantal sucio. En el vestíbulo había una pequeña recepción, junto a los buzones, donde esperaba la mujer con cara de pocos amigos.

–Bueno días –saludó Vincent, mientras apagaba su cigarrillo.

–Tenemos una habitación perfecta para usted en el segundo piso, muy luminosa, no hace ni frío ni calor.

–Lo siento. Me temo que no estoy aquí para hospedarme.

–Pues lárguese, no queremos fisgones en nuestra pensión –él la miró con la nariz arrugada.

–Soy el Inspector Vincent Barrett, estoy investigando un asesinato.

El rostro de la mujer se contrajo, empalideció y se enrojeció instantes después. Observó cómo le temblaban los labios y unas gotas de sudor se formaban en su frente.

–Disculpe a esta estúpida casera –suplicó la mujer limpiándose la cara con el delantal–. Me llamo María, soy la propietaria de la pensión. Dígame en qué puedo ayudarle, haré cualquier cosa para enmendar mi torpeza.

–Tengo entendido que ha hospedado a dos grupos de música últimamente, los americanos The Knickers y los paisanos Dolly’s Days.

–No conozco esos nombres, señor. Pero sé de quién me habla. No puedo decirle gran cosa de los extranjeros, no entendía nada de lo que decían. Suerte que Miguel vino y pagó por ellos…

–¿El propietario del Bar la Morena?

–Sí, un chico muy simpático. Pero de la joven, de esa sí puedo hablar.

–Supongo que está hablando de la señorita Caicedo.

–Esa maldita zorra –la mujer miró hacia las escaleras, se acercó más a Vincent y susurró–: Está prohibido mantener relaciones… ya sabe, en este edificio. Pero ella tenía que ir a la habitación del cabecilla de los americanos.

–Tenía entendido que la joven tenía una relación con el batería de su grupo.

–Sí, se les veía muy enamorados. Hasta que conocieron al otro grupito. Conozco a ese tipo de mujeres, no respetan nada. Igual que los hombres. Yo prefiero estar sola.

–¿Podría hablar con el grupo de americanos?

–Le será imposible. Se fueron esta mañana, muy pronto. No me dio tiempo ni a prepararles un poco de desayuno. Comían huevos, ¿sabe? –Hizo una mueca de asco– Mejor que se hayan ido, así tengo todas esas habitaciones libres.

–Entonces, ¿me permitiría ver sus habitaciones?

–Las he limpiado en cuanto se han ido. Tranquilo, no había nada de nada. Lo han dejado todo muy limpio, parece increíble. ¡Espere un momento! –Rebuscó en uno de los cajones del escritorio–  Me han dejado este sobre, pero como no les entiendo, no sé qué debo hacer con él. Dentro hay un billete de avión.

–Permítame –Vincent leyó la información del billete, estaba a nombre de Jack McAdams y, evidentemente, había expirado–. No se preocupe, nadie pasará a por él. Supongo que intentaban decirle que lo tirase –mintió.

–Oh, vaya… Qué lástima.

–¿Irune y sus compañeros siguen aquí?

–Sí, aunque tienen pensado irse hoy también. Supongo que su autobús saldrá esta tarde o, quizá por la noche.

–¿Podría indicarme dónde encontrarles?

–En el tercer piso, las dos primeras puertas. En la A se hospedan los dos chicos, en la B esa lujuriosa.

–Gracias por su ayuda, María.

La mujer siguió hablando sola, mientras Vincent subía las escaleras hacia los pisos superiores. Observó la deprimente decoración de aquella pensión. Las paredes medio desteñidas eran de un tono mostaza oscura, las puertas blancas estaban descascarilladas y los cuadros navales no ayudaban, en absoluto, a mejorar la imagen de aquel lugar.

Cuando llegó al segundo piso, empezó a escuchar unos gritos que provenían del siguiente:

–¡Eres idiota! Más vale que muevas el culo y nos vayamos de aquí –gritaba una mujer.

–No pienso subir a ese maldito autobús contigo.

–¡No seas estúpido! Volvemos a casa. Nada de esto ha pasado, así que ya puedes ir olvidándolo todo. ¿Entiendes?

–Entiendo perfectamente, entiendo que eres una bruja, y siempre lo has sido. No sé cómo he podido estar tan ciego…

–Déjate de tonterías.

–¡Es la verdad! Estás hecha de mentiras, eres como una nube de engaños, cubierta por una máscara de amabilidad fingida. Eres una maldita ilusión. Nada de lo que he vivido a tu lado ha sido real.

–Estás siendo muy cruel.

–¡No! –Exclamó el joven, con la voz entrecortada por la rabia– ¡Tú eres la cruel! Lo has sido desde el día en que dijiste la primera mentira, desde el día en que empezaste este engaño ramificado, esta vida fraudulenta que me has hecho vivir.

–Basta, me estás haciendo daño.

–Eso es lo único que sabes hacer bien, vivir siendo una víctima. Conseguir que el mundo entero tenga lástima de ti. Maldigo cada momento que te he ofrecido. Para mí ya no eres nada.

Una de las puertas se abrió y segundos más tarde se cerró con un golpe. El joven entró en la habitación contigua. Ni siquiera se percató de que Vincent estaba en las escaleras, así que podría hablar con ellos sin que supieran que les había oído discutir.

Se acercó a la habitación de la chica, y dio unos pequeños golpecitos a la puerta.

–Lárgate, Iván –gritó desde el otro lado.

–Señorita, soy el Inspector Vincent Barrett –se escucharon pasos en la habitación, y luego se hizo el silencio. Pasado un minuto, insistió–: Ábrame, por favor.

La puerta se abrió poco a poco, y la joven de ojos oscuros le miró con curiosidad. Tenía los gruesos labios pintados de un rojo tentador. Sus cejas arqueadas y su largo cabello azabache, con un flequillo rectísimo, eran capaces de seducir a cualquiera. Pero no a Vincent.

»¿Podría hacerle unas preguntas?

–No entiendo en qué puedo ayudarle.

–¿Conoce usted a Jack McAdams? –la chica abrió los ojos al escuchar el nombre.

–Coincidimos ayer en un concierto. Soy cantante, ¿sabe?

–Sí, soy consciente –el Inspector sacó de su bolsillo de nuevo la polaroid–. ¿Podría confirmar si es él?

La joven miró la fotografía y se le llenaron los ojos de lágrimas. Vincent quería observar su reacción, saber si realmente merecía todas las acusaciones que el otro joven le había propinado. La chica abrió la puerta y le invitó a entrar con un leve movimiento de la mano. Al girarse, el vestido de pequeños topos blancos sobre negro se movió vaporoso. Observó un instante el cuello y escote del vestido, del mismo color intenso de sus labios. El estrecho corsé que le marcaba la cintura era de un rojo todavía más vivo. Sin duda, aquella mujer tenía muy claro cómo quería influir en la gente que le rodeaba.

–No creía que llegarían tan lejos –sacó un cigarrillo de la cajetilla que tenía sobre la mesa–. Pero, supongo que nunca terminas de conocer a nadie.

–¿Le vio discutir con alguien?

–Sí, un par de veces. Miguel es un tío muy agradable, cuando quiere.

–¿Miguel de la Morena?

–¿Le conoce? Entonces sabrá de qué hablo.

–Explíqueme todo lo que vio –exigió Vincent con algo de impaciencia.

–Solo llevaban unos minutos ensayando, cuando apareció gritando porque habían roto algo del local. Yo entendí un poco lo que decían, y le aseguro que no era para nada bonito. Y eso solo fue el principio, en los tres días siguientes no pararon de discutir.

–Entiendo. Así que cree que se le podría haber terminado la paciencia –sugirió. Era típico que en el proceso de investigación los sospechosos se culparan unos a otros, pero la discusión que acababa de escuchar le hacía decantarse por otro posible culpable.

–¿Quién sino? Él era el único que le conocía y tenía motivos.

–Usted también le conocía, y el resto de su grupo.

–Sí, pero nos llevábamos bien.

–Algunos piensan que demasiado, ¿no es cierto? –la acusación enfureció a la mujer.

–¿Cómo se atreve? Viene hasta mi habitación para insultarme, para llamarme fresca. Yo tengo novio, y no soy ninguna buscona.

–Sinceramente, señorita Caicedo, no he venido a insultarla. Pero todos los datos apuntan a que usted y su pareja están metidos en un buen lío.

–¿Cómo? ¿Es que no escucha? Ya le he dicho que Miguel es el culpable.

–Yo escucho, siempre estoy escuchando. Por eso puedo decirle que la discusión que acaban de tener no les favorece en absoluto.

–Por dios, no diga estupideces. Una simple discusión de pareja no significa nada –sacó dos copas del pequeño mueble bar y una botella de licor. Le tendió una de las copas a Vincent–. En el mundo de la música la vida es diferente. Una mujer debe luchar por estar a la altura, y más en este país. Hay mucha envidia, mucho hombrecillo humillado por mi brillo. ¿Comprende? –se sentó en el borde de la cama y le invitó a acompañarla con un gesto– Hay veces que debes agachar la cabeza y obedecer, y otras puedes hacer lo que te venga en gana.

Brindaron con las copas llenas de licor de cereza, y con los labios todavía bañados con el dulce líquido, la joven se acercó más a Vincent, con el deseo de besarle. Pero no lo consiguió.

–Señorita, le aseguro que eso no le servirá de nada. Es una lástima que crea que todos los hombres pueden ser manipulados con tan simples armas. Algunos no estamos ni queremos estar corruptos.

–Usted se lo pierde –terminó la copa de un trago y dio una calada a su cigarrillo–. Nadie tendría por qué saberlo, y los dos recibiríamos algo bueno.

–Es usted una mujer muy incauta, y tiene una visión muy ingenua de qué es bueno en esta vida –sacó su libreta y anotó el nombre del licor. Era tan dulce, que bebería una copa tras otra. Excesivamente dulce–. Tantos gritos me han provocado un terrible dolor de cabeza. ¿Podría usted proporcionarme algún analgésico, por favor?

La chica sacó del primer cajón de su cómoda un blíster y le entregó uno de los comprimidos.

»Muchas gracias, me la tomaré con un poco de agua –fingió tragársela cuando la joven se la ofreció, y guardó la pastilla en su bolsillo–. Ha sido un placer hablar con usted, le aseguro que nos veremos muy pronto. Y, preferiría que cambiase sus billetes para otro día, yo mismo correré con los cargos si es necesario.

–No me gusta que nadie me exija nada.

–Pues deberá acostumbrarse, se lo advierto.

Vincent cerró la puerta al salir, y antes de llamar a la habitación de los dos hombres, pensó que era mejor avisar a María. Solo tuvo que sugerirle que vigilase a la chica e impidiese que saliese del edificio, para que la chismosa mujer aceptase nerviosa. Utilizó el teléfono del vestíbulo para llamar a la comisaría, hablar con Javier y hacerle unas preguntas:

–He estado investigando, hablando con algunos de los sospechosos y, creo que tengo un posible móvil y el arma del crimen. ¿Ha hecho el forense las pruebas que te pedí?

–Sí, señor.  Ha dado positivo en sobredosis de barbitúricos. El cobrador ha dicho que cuando subió al autobús estaba bien, pero que a medio camino tuvo que cederle su asiento. Era incapaz de tenerse en pie, parecía somnoliento y cuando intentó hablar con él, no pudo hacerlo de manera adecuada. Como ya sabe, todos son indicios de la intoxicación de este tipo de fármaco.

–Buen trabajo, Javi. Necesito que vengas con un par de agentes más. Os estaré esperando en el tercer piso. María te facilitará la dirección.

Subió las escaleras de dos en dos, con una sonrisa en sus labios. Como sospechaba, la joven había salido de su habitación y estaba dando gritos en la de sus compañeros. Había una pequeña maleta en la puerta, y escuchó el ruido de armarios y cajones.

–Ese estúpido Inspector me ha dicho que no podemos salir de la ciudad. Pero estoy segura de que si nos damos prisa podemos comprar un billete hacia cualquier sitio y escapar.

–¡Esto es culpa tuya! –Gritó el mismo chico de la discusión anterior– No pienso ir a ninguna parte.

–¡No seas cabezota, Iván!

–Todavía tengo la batería en el bar, y no pienso irme sin ella. Así que lárgate si quieres, por mí puedes irte al infierno.

–Está bien, quédate y te culparán por el asesinato de Jack.

–Yo no he hecho nada, así que nadie me puede culpar.

–Falsearán las pruebas y te comerás el marrón.

–¡Basta! Dejad de discutir de una puta vez. Asumid los hechos, Jack está muerto y nosotros somos culpables –sentenció Juanjo, el guitarra–.Todos hemos participado en este asesinato; Irune con su licor y sus encantos, tú con tu ira y yo con la idea. Así que dejaos de hostias, solo me arrepiento de no haberme quedado con el maldito maletín.

Vincent se acercó a la puerta, y se apoyó en ella. Los integrantes de Dolly’s Days se quedaron en silencio, mirándose entre ellos. Sabían que les había escuchado, sabían que ya no podían mentir porque las pruebas eran evidentes.

–Encantado de conoceros. Habéis sido muy amables desvelando los misterios de este caso. En unos minutos el edificio estará rodeado, así que poneos cómodos. Podéis tomar vuestra última copa, fumaros vuestro último cigarrillo y despediros tranquilamente.

La primera en reaccionar fue Irune, que miró a su alrededor buscando algo con lo que atacar al Inspector. Cogió un jarrón decorativo que había sobre una pequeña mesa y lo lanzó contra él, con la intención de darle en la cabeza. Pero chocó contra el marco de la puerta.

–No seas estúpida, ya no sirve de nada –espetó Iván con rabia–. Nos traes hasta aquí para hacerte famosa y, con la intención de poder llegar hasta Estados Unidos, te acuestas con el americano. Como no quería llevarte contigo, te enfadas y decides contármelo para no sentirte culpable. Y, cómo no, se os ocurre la brillante idea de matarlo. Estáis locos, y me alegro de que vayáis a la cárcel.

–Tú también irás, ¡idiota!

–Pues no me importa, al menos estaré lejos de ti. Declararé lo que haga falta, Inspector, no tengo miedo de decir la verdad.

La discusión duró hasta que llegaron el resto de los agentes, con Javier al mando. Esposaron a los tres sospechosos, y después de una detallada inspección de las dos habitaciones, cogieron las pruebas más relevantes y lo llevaron todo a la comisaría.

~***~

Cuando entró en el bar con sus pantalones negros, el abrigo y una simple camisa blanca, no pudo creer que lo estuviese haciendo. Sentía en el estómago un cosquilleo propio de un joven enamorado, y no podía evitar que una gran sonrisa ocupase sus labios.

Se acercó hasta la barra y miró a la gente que bailaba en la pista; mujeres que daban vueltas con sus llamativos vestidos y hombres que reían sin pensar en nada más.

«¿Qué habrá hecho esta pobre gente para tener que sufrir todas esas redadas? ¿Por qué no puede el resto de la sociedad ser tan abierta y alegre?». Mientras Vincent se hacía todas esas preguntas, dando la espalda a la barra, el camarero se acercó hasta él:

–¿Qué te pongo, amigo?

–La cerveza que me debes –respondió girándose hacia él.

–Maldita sea, no me lo puedo creer. ¿Dónde te has dejado el disfraz de policía?

–No seas cruel, esta noche soy uno más. Aunque, también quería darte la última noticia, finalmente tenemos el móvil del crimen. El grupo mató al joven Jack con la intención de hacerse más famosos. Pensaban que cuando explicasen la muerte del americano, se hablaría por todo el mundo de la banda que tocó junto a la estrella por última vez. Qué estúpidos…

–Jack tenía talento y una larga vida por delante –musitó, mientras servía una cerveza para cada uno–. Espero que esos desgraciados se pudran en la cárcel.

–Que la música nunca deje de alegrar nuestra vida –exclamó Vincent mientras levantaba la cerveza para después dar un gran trago. Miguel cambió la canción por una de The Knickers, y el local enteró bailó en honor del joven Jack.

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Publicado por en 8 junio 2013 en Capítulos

 

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