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Rojo sobre blanco

08 Jun

Este relato es propiedad de Carme Sanchis, y su ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ilustración de Rosa García
http://pinterest.com/rosag2/surcando-ediciona-illustrations/

La habitación estaba iluminada por la tenue luz de una vela, que se consumía poco a poco dejando un aroma a frutas silvestres. Las sábanas de colores rosados estaban desechas, y un joven con el cuerpo desnudo estaba acostado sobre ellas.

La dulce música de un piano llegaba desde el gramófono de la habitación de abajo, ligera, suave. Las puertas del balconcillo estaban abiertas, y una agradable brisa entraba a través de ellas, erizando la piel de la espalda del chico.

Junto a la baranda de piedra del balcón, unas zapatillas perfectamente alineadas; una caja de bombones abierta sobre la mesa y una nota con un “te quiero” junto a ella.

En el jardín, bajo la habitación, la luna bañaba con su luz un rosal de rosas blancas teñidas de escarlata. Sus pétalos cubiertos de sangre y rocío de la noche, miraban con tristeza el cuerpo sin vida de la joven Eva Flores. De su boca salía un pequeño río de sangre, y de su espalda, decenas de riachuelos provocados por espinas.

La luz del salón principal se apagó, la música cesó, y una mujer vestida con un uniforme impecable subió apresuradamente las escaleras de mármol blanco. Abrió la puerta de la habitación de Eva sin contemplaciones, y se ruborizó al encontrarse en ella al hombre dormido.

–Señorita, sus padres han llegado –susurró la pobre Diana, esperando recibir la respuesta de la joven. Pero los labios de la joven no volverían a decir palabra, nunca más.

***

El humo de un cigarrillo casi consumido por el tiempo flotaba sobre la cabeza de Vincent, impregnando su pelo, penetrando por los poros de su piel. Rodeado de papeles amarillentos, de casos que él mismo había tratado y otros que todavía estaban por llegar, por fin había conseguido descansar un par de horas.

Desde que había descubierto que el Comisario del Cuerpo de Policía permitía y aplaudía la corrupción, la idea de salir de él y trabajar por su cuenta no le dejaba vivir. Se odiaba por haber estado tan ciego, por intentar hacer cumplir las leyes que ni sus propios superiores cumplían. ¿Cómo se puede ser tan idiota? Cuando empezó a estudiar sabía perfectamente que no podía fiarse de nadie, que el poder atrae y corrompe hasta a los más honestos. Pero con el tiempo, sus ideas se fueron difuminando y se adaptó al grupo, olvidando su sueño, viviendo día tras día una vida que no era la suya.

El teléfono sonó primero en su sueño. Intentó abrir los ojos, pero los tenía irritados del cansancio y el tabaco. Sin apenas controlar sus movimientos, descolgó el teléfono y lo acercó a su oído.

–¿Inspector?

­–Sí –respondió en un susurro. No podía mover los labios, la cabeza le daba vueltas y le dolían los músculos. Bebí demasiado, pensó cansado.

–Señor Barrett, tenemos un caso. Una joven se ha precipitado al vacío desde la ventana de su habitación. No hay testigos, parece un simple accidente.

–¿Y para qué demonios me llamas?

–Bueno, una tal Diana Vera, la doncella de la casa, quiere hablar con usted.

–¿Conmigo? –siempre le sorprendía cuando pasaban ese tipo de cosas. Personas que no conocía de nada querían hablar con él– ¿Ha dicho sobre qué?

–Como ya le he especificado, solo quiere hablar con usted.

–Está bien, está bien…  Indícame la dirección –la apuntó con una letra casi ininteligible en su pequeña libreta. Le resultaba familiar, pero no tenía ganas de pensar–. Estaré allí en menos de una hora.

Y antes de que pudiese responder nada más, colgó el teléfono y apagó el pitillo que todavía humeaba a su lado. Empezar a investigar un nuevo caso siempre le motivaba y le ayudaba a ser más optimista. Las primeras miradas, los primeros detalles, las primeras sospechas. Aunque nada podría despejar la aflicción que flotaba sobre él.

Buscó entre los montones de papeles su pitillera. A Vincent le gustaba el desorden, la magia de encontrar las cosas dónde menos te lo esperas, pero cuando tenía prisa le ponía frenético.

–Maldito vicio, debo dejarlo de una puñetera vez –pero sabía que no lo haría. Cogió su pistola, su libreta y un par de documentos que debía entregar en la comisaría, y lo depositó todo en su bandolera.  Estaba vieja, tenía un par de descosidos y le faltaba un botón en un bolsillo interior, pero no podía cambiarla. Se la habían regalado sus padres el día que entró en la universidad. Se habían gastado muchísimo dinero, porque querían hacerle a su hijo un recuerdo que no pudiese olvidar. Recordaba las lágrimas en los ojos de su padre, y la sonrisa eterna dibujada en el rostro de su madre. Así que, lo habían conseguido.

Antes de salir se peinó con las manos, se frotó los ojos congestionados, se abrochó el último botón de la camisa y se colocó correctamente la corbata.

***

Cuando llegó a la residencia familiar, entendió perfectamente por qué creía conocer la dirección. Se trataba, nada menos, de la mansión de uno de los personajes públicos más conocidos de la ciudad. Para sus vecinos era el padre y marido perfecto, para sus compañeros un hombre prestigioso y digno de envidiar. Pero, a Vincent lo que realmente le importaba era qué pensaría su familia de él.

Se acercó curioso hasta la verja, donde le esperaba la persona que le había llamado.

–Inspector, le estábamos esperando –protestó nervioso su compañero Javier.

–Ya, creo que apunté mal la dirección –si se hubiese tomado un poco más de tiempo para escribir, podría haber entendido su propia letra.

–El señor Víctor Flores ha tenido que irse a trabajar. Tenía algunas cosas que organizar antes de empezar con los trámites del funeral.

–No importa –respondió entre dientes. Su hija muere y él se va corriendo a trabajar, pensó, juraría que tiene algo sucio que hacer desaparecer.

 –Le he hecho un par de preguntas antes de que se fuera y, parece que nadie sabe nada –le entregó una ficha con los datos que él mismo había recogido de la escena del crimen.

Sin duda, aquel hombre era un buen ayudante. Tenía por lo menos veinte años más que él, y no entendía cómo no le habían concedido un ascenso todavía. Su cabello estaba lleno de hebras plateadas que le hacían parecer mucho mayor, pero era una persona fuerte y siempre dispuesta a trabajar. Vincent odiaba que el resto del cuerpo ignorase al pobre Javier, y en cierta manera, se sentía culpable por si en alguna ocasión él también lo hubiese hecho. Intentó imaginar cómo sería su trabajo si no estuviese a su lado, y se dio cuenta de que necesitaría un ayudante si quería ser detective privado.

–Buen trabajo –exclamó, regalándole una sonrisa. Era lo menos que podía hacer.

–Señor, como ya le dije, la criada de la casa quiere hablar con usted.

–Ah, es cierto… –tenía demasiadas cosas en la cabeza. Debía ir a hablar con ella y descubrir qué era tan importante que solo él podía saber– Gracias, Javi.

Accedió al jardín verde y brillante que rodeaba el edificio. Las flores desprendían un aroma suave y los insectos volaban junto a ellas, seduciéndolas; la luz del sol se reflejaba en el agua transparente de una preciosa fuente con forma de doncella desnuda; y, el cuerpo sin vida de la joven Eva Flores todavía estaba tendido sobre las rosas. A su alrededor, un hombre dibujaba en un gran cuaderno la escena, otro custodiaba el cuerpo y, un jardinero podaba los setos, ajeno a los acontecimientos.

En la puerta de la casa le esperaba Diana Vera, la asistenta de la casa. Tenía el pelo recogido en un moño, ligado con un lazo negro, y algunos mechones de cabello sueltos le acariciaban el rostro. Llevaba un vestido negro, un poco corto comparado con los que Vincent recordaba haber visto como uniformes de trabajo. Apretaba con ambas manos un pañuelo de tela, blanco como la nieve, con unas letras bordadas. Tendrían más o menos la misma edad, pero ella parecía mucho más cansada de vivir.

–¿Es usted la señorita Diana Vera? –sabía perfectamente que lo era, pero pretendía analizar cada uno de sus movimientos.

–Sí, señor. Muy amable por su parte llamarme por mi nombre. La mayoría de hombres que han pasado por aquí se han limitado a llamarme sirvienta, criada o simplemente, a chasquear los dedos para que me acercase.

Brillante. El tono de la mujer fue dulce al principio y rápidamente pasó a ser ácido. Vincent la miraba perplejo, asombrado por la espontaneidad y claridad con la que le había contestado. Observó como sus labios estaban hinchados, sus ojos rojizos, y una fina capa de maquillaje intentaba disimular lo que era evidente, había estado llorando. Aquella mujer no solo era astuta y atractiva, sino que también parecía ser muy inteligente.

»No se quede ahí parado, entre y le serviré una taza de café –dio media vuelta y le hizo una señal con la mano para que le siguiera–. Supongo que ya le han dicho que solo quiero hablar con usted. Cuando le explique lo que tengo que decirle entenderá muy bien el porqué.

Era misteriosa, una característica que le encantaba, pero no debía olvidar que aquello podía ser algo más que un simple accidente, no podía fiarse de nadie.

Pasaron por el pasillo situado al lado derecho de las grandes escaleras blancas, con las paredes cubiertas de pinturas con escenas coloridas. Una alfombra blanca con cenefas de color carmesí adornaba el suelo de la estancia. Y pese a aquella deleitable decoración, Vincent sentía que las paredes le caían encima, que el aire estaba viciado y le costaba respirar. Caminaba aturdido, siguiendo a Diana hasta donde ella quisiera, a penas le importaba.

Finalmente, entraron a una sala, totalmente diferente al resto de la casa. La mujer señaló hacía una pequeña mesa y le indicó que se sentara. La habitación estaba prácticamente vacía, sin cuadros en las paredes, sin tapices, sin nada. Tan solo la mesa y un pequeño mueble. Diana salió por una de las puertas con una bandeja con dos tazas de café, que desprendían un aroma embriagador.

–Gracias –musitó, mientras ella depositaba una taza frente a él–. En fin, ahora que ya estamos solos, supongo que podrá explicarme ese secreto tan bien guardado.

–No tenga tanta prisa, Inspector –sacó una galleta del bolsillo del delantal, y por la puerta medio abierta apareció un pequeño gato, tan negro como la misma oscuridad y con unos ojos verdes asombrosos–. Lo primero es que prometa que nada de lo que le diga saldrá de esta pequeña habitación.

–Depende de lo que me cuente… –sacó la pitillera– ¿Puedo?

–No está permitido fumar dentro de la casa –hizo una pausa, casi dramática. Parecía que disfrutaba con aquello–. Pero estas son mis habitaciones, así que, adelante.

Aquella mujer no dejaba de sorprenderle. Desafiaba hasta las normas más básicas, y aun así, por lo que había visto y leído en la ficha que le había entregado Javier, parecía la reina de la casa.

–Como le decía, si la información que me proporciona tiene que ver con el fallecimiento de la señorita Eva, e implica algún tipo de prueba, dicha información deberá ser transmitida a mis compañeros del cuerpo.

–Sí, sí… veo que le han enseñado bien eso de soltar discursos. Verá, sé que usted es diferente, así que dejémonos de tonterías. Usted… ¿Puedo tutearle? Sí, será más cómodo, estoy harta de tanta disciplina –Vincent la miraba atónito, mientras sorbía un poco de café dejó que continuara con aquel monólogo, le resultaba muy entretenido–. Seré clara, la pobre Eva no murió por un accidente.

–¿Tiene pruebas de lo que acaba de decir? –Vincent no se sorprendió. Parecía muy convencida de aquello, pero ninguno de sus compañeros había encontrado nada que indujese a pensarlo.

–¿Pruebas? Bueno, puedo explicar todo lo que sé, y tú mismo decides si lo son.

–Está bien. Si no le importa, tomaré nota de aquello más importante –sacó la libreta y se encendió el cigarrillo que todavía estaba sobre la mesa.

–Bien. Supongo que conoce al propietario de esta finca, el padre de Eva, el señor Víctor Flores.

–Así es, un personaje muy conocido y querido en la ciudad. Por lo que he visto trabaja mucho, incluso en un día como este… Me resulta curioso.

–Sí, el maravillo y grandioso Víctor, ¿quién no ha oído hablar de él? Pero ya sabes, no es oro todo lo que reluce –dio un pequeño sorbo al café, y clavó sus ojos en los de Vincent–. Ese hombre tiene demasiados secretos, y cree que sabe ocultarlos. Qué ingenuo.

–¿Qué quiere decir? ¿Los conoce usted?

–Por favor, parece un niño escondiendo un jarrón roto en el armario. Todas las personas de esta casa conocen sus secretos, y todas fingen no saberlos.

–Y ¿alguno de esos no tan misteriosos hechos tiene que ver con la muerte de la señorita Eva?

–Puede ser… Por eso quería hablar contigo. Tú eres el experto, no yo.

No sería fácil aquello que tuviese que decir, pero Diana parecía muy tranquila, como si necesitase explicárselo a alguien, como si el peso le consumiese.

»Hace un par de años Víctor tuvo una amante, y obviamente la señora Magda se enteró. Al principio se enfadó mucho, esperó a que él la dejase, a que se lo contase… Pero el tiempo pasaba y nadie hacía nada. La única que no lo sabía era la pobre Eva, y el día que se enteró corrió a decírselo a su madre, tan ingenua. Hubo una terrible discusión, y a partir de ese día no se volvió a saber nada de la chica.

A Vincent aquello no le parecía tan raro, había cientos de casos como ese, y casi siempre se resolvían igual: o bien dejaban a la amante o bien se iban con ella. Pero había una tercera manera de hacerlo, y esperaba que no fuese uno de esos casos.

»Hasta ayer por la noche…

Y eso lo cambiaba todo. Sintió un cosquilleo en el estómago, cuando confirmó que no era un simple accidente, que aquello poder haber sido un asesinato. Aquel sentimiento tan gratificante cuando sabía que un misterio estaba a punto de resolverse. Tenía información que nadie más del cuerpo conocía, y podría resolver el caso gracias a la ayuda de Diana. Aunque todavía no le habían explicado nada en concreto, Vincent sabía que todo saldría a la luz.

–¿Qué pasó ayer por la noche?

–Los señores habían salido a cenar, y la señorita Eva aprovechó para traer a un amigo a casa. Siempre que nos quedábamos solas yo le permitía hacer ese tipo de cosas. Tiene veinte tres años, por el amor de Dios, tiene derecho a hacer lo que quiera.

–Estoy de acuerdo… –odiaba esas normas anticuadas que prohibían a la gente hacer aquello que querían. Pero, sabía que Diana se metería en un lio si aquella información llegaba a los dueños de la casa.

–Sí, yo solo quería que la señorita fuese feliz. Así que dejé entrar a su compañero, les dejé solos, y me fui al salón a escuchar música en el gramófono, mi pasión –los ojos de Diana empezaron a llenarse de lágrimas, y la voz firme pasó a ser entrecortada–. Cuando sonó el reloj marcando las doce, me desperté. La música había dejado de sonar, y recogí las cosas para dejar el salón impoluto… no me está permitido estar allí.

–Increíble…

–Mi lugar es esta habitación, así que no lo puede explicar –se puso tensa. Sabía lo que se estaba jugando, aunque quizá sus días como doncella en aquella casa ya habían terminado–. Sé que me estoy metiendo en un fregado, pero mi conciencia me dice que debo decir la verdad, antes de que se descubra el escándalo.

–Tranquila, si usted no ha hecho nada nosotros le protegeremos, debe decir todo lo que sabe. Si no ha sido un simple accidente, debe ofrecernos toda la información que posee.

–Lo sé, y lo voy a hacer. Pero yo no soy la única que tiene algo que contar.

Diana dejó de hablar, agachó la cabeza y miró fijamente la taza de café, sin apenas parpadear. El gato negro arañaba delicadamente su vestido, pidiendo una galletita más. Y Vincent, con la boca abierta, no sabía qué pensar. ¿Quién tenía algo más que contar? Tal vez la mujer, quizá la propia Eva había dejado algo escrito…

–¿Quién más tiene que hablar?

–Gerard –lo dijo en un susurro, en voz tan baja que a penas se pudo escuchar–. Gerard, el joven que acompañaba a la señorita Eva.

–¿Su amigo? –cada vez estaba más desconcertado, no entendía qué importancia podía tener aquel chico, más allá de meter a Diana en un lío– Y, ¿usted sabe lo que tiene que explicar?

–Sí, lo sé. Lo sé porque él me lo confesó –y entonces, rompió a llorar–. ¡La culpa es mía! ¡Yo le dejé entrar!

Se cubrió el rostro con las manos, las lágrimas le bailaban por las mejillas y algunas terminaron rozando sus labios, dejando en ellos un sabor salado. Parecía una mujer fuerte, astuta e inteligente, pero aquello la había destruido, y se veía como un pajarillo que todavía tenía que aprender a volar.

»Lo siento muchísimo… yo solo quería hacer feliz a la pobre Eva, siempre tan triste… –se secó las lágrimas con el dorso de la mano, y Vincent le ofreció un pañuelo– Jamás hubiese imaginado que pasaría algo así. Aquel joven, parecía muy agradable, parecía encantador…

–¿Está intentando decir que Gerard, el amigo de Eva, la mató?

–Yo…

Y en ese momento, se abrió otra de las puertas de aquella pequeña habitación. Un joven de cabellos ondulados, oscuros como la noche, con ojos verde manzana y labios rosados, apareció en silencio. Diana se levantó de la silla, y con la mirada fija en el suelo se acercó a Vincent y se quedó de pie junto a él. El joven se sentó en la silla vacía y le dedicó una leve sonrisa.

–Gracias por venir, Inspector.

–¿Es usted Gerard? –Vincent no tenía ganas de fingir, no quería cortesía, solo quería la verdad.

–Sí, lo soy. Sé que ahora mismo puede sentir rabia, pero déjeme explicarle…

–Maldita sea –gritó. Dio un golpe a la mesa con la mano– ¡Una joven ha muerto! ¿La mató usted? ¿La empujó? –Diana depositó una manó sobre el hombro de Vincent, y acarició el tejido de su abrigo con delicadeza.

–Tranquilo, Vincent –susurró la mujer–. Escucha lo que tiene que decirte, es importante.

–Está bien, está bien… –respiró hondo– Explíqueme lo ocurrido.

–Sé que no va a ser fácil, que me esperan largos días de interrogatorios y pruebas, pero sé que usted es un buen Inspector y me ayudará –Sacó un pequeño sobre rosa y lo dejó encima de la mesa, cerrado; y una fotografía de una mujer de cabellos castaños–. No le voy a mentir, cuando conocí a Eva mi intención no era enamorarme de ella. Cuando la conocí no fue por casualidad. Mi misión era llegar hasta esta familia, entrar a esta casa, contar mi historia. Pero las cosas no fueron como yo esperaba.

Le tendió la fotografía a Vincent, que la examinó con curiosidad. La mujer era preciosa, y tenía los ojos del mismo color manzana que los del joven Gerard. Vestía elegante, aunque se notaba que no era una mujer con muchos recursos, pues solo llevaba un pequeño colgante de plata decorando su fino cuello.

»Le presento a María Alsina, mi madre –sus labios dibujaron una sonrisa, triste–. Murió hace dos años y tres meses, en un accidente, dijeron. Pero yo siempre supe la verdad. Mi madre era muy joven, y la vida no le había sonreído demasiado. Se enamoró de hombres que no eran demasiado honestos, hombres crueles y egoístas que se aprovecharon de ella.

Y, Vincent dedujo de inmediato lo que aquel joven le explicaba. Enlazó la información en unos segundos y comprendió lo que había pasado. Aunque, todavía se le escapaban un par de cosas.

»El último hombre con el que estuvo, fue lo peor que le pudo pasar. Un señor arrogante que cuando se cansó de estar a su lado, porque su perfecta vida corría peligro, sencillamente se libró de ella.

–Víctor Flores…

–Exactamente, el detestable Víctor Flores. Maldigo el día en que entró en nuestra casa, el día en que conquistó el corazón de mi madre, y el día en que la mató –la última palabra retumbó en sus oídos, como una barra de metal chocando contra el suelo–. Y desde ese día no he podido hacer otra cosa que planear mi venganza. Pero jamás imaginé que todo terminaría así.

–¿Por qué esta muerta la señorita Eva?¿Cómo murió? –La historia de aquel joven le había llegado al corazón. Aunque sus ojos mostraban rabia y resentimiento, también se veía en ellos la tristeza y la docilidad. No le veía capaz de matar a la pobre joven, que nada tenía que ver con la muerte de su madre.

–Cuando le expliqué la historia, apenas podía respirar. Lloraba como una niña desesperada, descorazonada y terriblemente irritada. Sabía la historia, pero no su final. Eva conocía a mi madre, aunque cuando la vio por primera vez la odió, y la culpó por todos los males que pasaban en su casa. Con el tiempo se dio cuenta de que el único culpable era su padre, nadie más –Acarició con sus dedos el sobre cerrado–. Amaba a esa chica, era tan dulce como un atardecer.

–Explícale cómo murió, Gerard… –murmuró Diana, mirando con ansiedad al joven– Cuéntaselo…

–Le conté cual era mi idea antes de conocerla, lo que quería hacerle a su padre, y que ella me había hecho cambiar de idea. Le dije cuanto la quería, le declaré mi amor… pero era demasiado tarde –sus ojos verdes se enrojecieron–. Me dijo que su familia jamás había superado aquel bache, y que odiaba a su padre por ello. Cada uno se había separado poco a poco del resto, y ni siquiera hablaban entre ellos.

–Es cierto, yo he vivido junto a ellos este tormento –espetó la mujer, con rabia.

–Yo le dije a Eva que eso ya no importaba, que viniese conmigo y lo olvidase todo. Que el destino nos había unido para salvarnos. Pero ella ya había tomado la decisión –miró de nuevo el sobre rosado–. Nada le importaba, solo quería un poco de atención. Hubiese roto todas las normas para poder tener el interés de sus padres, y aquella historia terminó con todo.

–Entonces, ¿qué pasó? –preguntó Vincent, impaciente.

–Me entregó esta pequeña carta, me dio un beso… y se lanzó.

–Se suicidó… y, ¿cómo podemos probarlo? –le creía. A pesar de que no le había dado ninguna prueba, aunque podría haberla matado con sus propias manos, le creía. Veía en sus ojos la verdad, y Vincent siempre se fiaba de su intuición.

–Tengo esta carta, la tenía guardada en un cajón. Supongo que hace tiempo que la escribió… No he sido capaz de abrirla.

–¿Podemos abrirla, Inspector? –preguntó Diana– Necesito saber qué tenía que decirnos la pobre Eva.

–Está bien.

Gerard le entregó el pequeño sobre. Olía a rosas, como aquellas que habían atravesado con sus espinas la preciosa piel de la joven. Lo abrió con cuidado, y sacó de él una hoja también perfumada, del mismo tono. Vincent leyó la carta en voz alta:

–“Hace tiempo que me cuesta respirar, que no encuentro cariño cuando lo necesito, que no puedo ser libre y no puedo ser feliz. Hace tiempo que dejé de ser una joven normal. Hace tiempo que dejamos de ser una familia. No quiero culpar a nadie de estos malos días, de estos momentos que me gustaría no haber vivido. No quiero culpar a nadie, pero lo hago. Y ahora, que ya no me queda nada por lo que luchar, que ya no tengo a nadie que luche por mí, ahora ya no quiero vivir. Quizá cuando ya no esté consiga la atención que tanto desee. Quizá cuando esté muerta penséis más en mí. Lástima, que ya no estaré.”

La habitación permaneció en silencio al terminar. Las lágrimas brotaban sin consideración.

–La carta está firmada por Eva Flores –afirmó Vincent–. Puede que la escribiese hace mucho tiempo, pero servirá como prueba para salvarte.

Cerró su libreta, sacó un cigarrillo de su pitillera y lo encendió. Tenía claro que aquello sería un escándalo, y estaba seguro de que el Comisario estaría en contra de que saliese a la luz. Pero, ¿qué importaba? Le daba igual permanecer en el cuerpo o que le echasen, tarde o temprano se iría. Todo aquello le afectaba, lo único que importaba era la justicia y la verdad.

»Tranquilo, Gerard. Lucharé por que la historia de tu madre se publiqué. Aunque no sé si se hará justicia como te gustaría, al menos todos conocerán la verdad.

–¿Hará eso por ella? –las lágrimas en los ojos de Gerard le hicieron brillar. Por fin escuchaba una buena noticia en medio de tanto sufrimiento–. Es lo único que deseo, que todos sepan la verdadera historia de las únicas mujeres que he amado.

Vincent reunió todas las pruebas que le habían presentado y filtró la información. Envío la foto y la historia redactada a un par de periódicos, que difundieron rápidamente la noticia sin ni siquiera contrastarla. Nadie sabría quién había transmitido los datos, pero la investigación avanzaría rápida y Víctor no podría sobornar a nadie para detenerla. Demasiado tarde, esta vez.

Todavía sentía rabia por la corrupción que había en el cuerpo, pero se quedaría y lo sabotearía desde dentro. Ser quien daba el soplo a la prensa le gustaba, era como una recompensa agradable y al mismo tiempo, un castigo para todos los hombres corruptos.

Seguiría investigando por su cuenta, resolviendo los casos con sus propios medios y ayudando como siempre había soñado a las personas desamparadas por la justicia. Porque la mayor venganza que podía llevar a cabo, era mostrar al mundo la corrupción del Cuerpo de Policía.

 

Carme Sanchis Estellés

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Publicado por en 8 junio 2013 en Capítulos

 

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