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La sombra en los dibujos

08 Jun

Este relato es propiedad de Carme Sanchis, y su ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ilustración de Rafa Mir
http://cuadernodeunviajero.blogspot.com.es/

Habían pasado dos meses desde que decidió que había llegado el momento de hacer justicia y, aunque todo había empezado a mejorar en el cuerpo, todavía quedaba mucho por hacer.

El comisario había abierto una investigación secreta para encontrar al supuesto topo infiltrado, con tan buena intuición que Vincent estaba al mando. Desde aquella posición nadie dudaría de él, podría seguir trabajando y llevar a cabo su plan. Lo único por lo que temía era que inculparan a alguien inocente.

Pero, lo que realmente le preocupaba en ese momento eran las decenas de cartas que estaba recibiendo. Hacía dos semanas que habían empezado a llegar. Todas eran del mismo emisor anónimo y, en ellas solo enviaba dibujos hechos por niños. Dibujos aterradores en los que el protagonista era un hombre muy alto, vestido completamente de negro, como si fuese una sombra, con una sonrisa siniestra. Y a su alrededor, niños escondidos, con expresiones tristes.

Desde el mismo día en que comenzaron a llegar las cartas, niños de todos los pueblos vecinos habían empezado a desaparecer; los rumores asustaban a la gente.

La prensa hablaba de un hombre misterioso; algunos decían que era extranjero, otros que no tenía rostro y algunos decían que era un fantasma. Pero, todos se pusieron de acuerdo en llamarle “el hombre del saco”.

–Malditos sensacionalistas –Vincent cerró el periódico y dio la última calada de un cigarrillo demasiado apurado–. Están metiendo miedo a la gente, cuando deberían calmarles.

–No, señor. Ellos esperan que usted lo haga –respondió su ayudante desde la puerta–. La gente reza por que encuentre a ese hombre.

–Javi, pasa –apartó unas carpetas que tenía sobre la silla más cercana–. Siéntate, quiero hablar contigo en privado.

–Si necesita que cambie cualquier cosa de mi comportamiento, solo tiene que indicarlo.

Vincent observó a su compañero con una sonrisa en los labios. Aunque era mucho mayor que él siempre había estado a la sombra de un superior, merecía algo más que aquello. Por consiguiente, se mostraba un tanto reservado y siempre dispuesto a cumplir una orden.

–No te preocupes –continuó el Inspector–. Mi intención es darte un poco más de autoridad en esta oficina –el rostro de su ayudante se iluminó–. Empezando por ayudarme con la investigación del caso de las desapariciones.

–Le agradezco mucho la confianza que ha depositado en mí, señor. Le aseguro que estaré a la altura.

–Estoy seguro. Pero, ahora hablemos del caso. Las cartas que me están enviando se amontonan cada día sobre mi mesa, y no parece que saquemos nada de ellas.

–El emisor, aunque sea anónimo, debe ser “el hombre del saco”.

–Sí, debemos suponerlo. Aunque preferiría no llamarlo así, eso supondría darles alas a los periodistas.

–¿Secuestrador de niños? –propuso Javier.

–Dejémoslo en secuestrador. Lo que nos debería importar principalmente es intentar averiguar dónde están esos niños, cómo los embauca y porqué lo hace.

Vincent se levantó y sacó todos los dibujos que le habían enviado de una carpeta grisácea. Los colocó por orden de llegada en una de las paredes para analizarlos uno a uno.

–Los primeros eran más simples, ¿verdad? –puntualizó Javier.

–Efectivamente, en ellos solo hay un par de niños. Después, poco a poco aparecen más –se rascó la nuca con los dedos fríos, dándose un pequeño masaje–. Me gustaría que no fuese así, pero sospecho que obliga a los niños nuevos a dibujar la primera impresión que han tenido de aquel sitio.

–Eso explicaría el número ascendente de niños en los dibujos.

–Sí, pero ¿dónde puede estar escondiendo a tantos niños?

El comisario había dado órdenes a todos los agentes de que el caso era de máxima prioridad. Cientos de fábricas, almacenes, granjas y edificios habían sido inspeccionados, pero no encontraron nada.

»¡Aquí tiene que estar lo que buscamos! –exclamó, mientras inspeccionaba cada detalle– En estos dibujos debe haber algo que no estamos viendo.

–Es solo cuestión de tiempo, Inspector.

–Y de esfuerzo… –si quería encontrar a los niños debía ser práctico, empezar por descubrir dónde podían estar– Distribuye los dibujos entre los agentes, que cada uno se encargue como máximo de tres ilustraciones. Facilítales toda la información que tenemos, y si encuentran cualquier cosa, que me lo comuniquen personalmente de inmediato.

–Sí, señor –hizo una pequeña reverencia con la cabeza y salió por la puerta dando las instrucciones.

Todo el mundo hablaba del secuestrador, pero nadie lo había visto. Cada día que pasaba el número de desaparecidos aumentaba y, aunque los colegios extremaban las precauciones y muchos padres no dejaban salir a sus hijos de casa, seguía aumentando.

Desaparecían por la noche, cuando todo el mundo dormía. Sin gritos, sin llantos, sin ningún rastro de forcejeos.

–¿Acaso los niños quieren ir con él? ¿Qué les puede ofrecer? –murmuraba Vincent, mientras cientos de ideas volaban por su mente– No, debe suministrarles algún tipo de droga. Maldito canalla.

Se encendió otro pitillo, cada vez le duraban menos. Lanzó la cajetilla vacía hacía la papelera, pero cayó fuera. Al levantarse para recogerla, vio que una mujer lloraba desconsoladamente en la entrada de la comisaria.

Era muy joven, con el cabello ondulado de color castaño cobrizo y ojos oscuros enrojecidos por el llanto. Llevaba un abrigo tartán de tonos marrones que marcaba su figura esbelta. Vincent supo al instante por qué lloraba, por qué estaba allí y quien era el culpable. Se acercó hasta ella rápidamente:

–Señora, soy el Inspector Vincent Barrett. Acompáñeme, por favor.

Sin decir ni una sola palabra, asintió y siguió sus pasos. Los agentes ya trabajaban con los dibujos encima de las mesas, revisando los detalles de cada uno de ellos, gritando y anotando hallazgos evidentes.

Al entrar en su despacho, se dio cuenta de que necesitaba poner en orden todos los archivos, puesto que la mesita junto al sofá estaba llena de documentos. Cogió algunas carpetas y las movió a la silla que previamente había limpiado para su ayudante.

»Siéntese –dijo señalándole el sofá. La mujer todavía sollozaba, limpiando sus lágrimas con un pequeño pañuelo de color rosado. Apagó el cigarrillo en un recipiente repleto de colillas.

Los ojos de la mujer eran tan oscuros como una noche sin luna. Sus labios, brillantes por el carmín, estaban bañados por sus lágrimas. El Inspector preparó un vaso de agua de su jarra de vidrio y lo depositó en sus manos temblorosas.

–Beba un poco, verá cómo se tranquiliza –musitó. Desprendía un aroma dulzón, de alguna fruta exótica, y comprobó que en sus dedos no había alianza. Joven, guapa y aterrorizada–. Cuando recupere el aliento, puede usted explicarme todo lo que le preocupe.

–Mi hijo ha desaparecido ­–susurró entrecortadamente.

Vincent se sentó a su lado y puso su mano en el hombro de la joven. Temblaba, su respiración era irregular y las lágrimas no paraban de caer por sus mejillas.

–Sé que es una situación muy difícil, pero necesito que me explique todo lo que pueda saber. Supongo que ha oído hablar del secuestrador de niños –los ojos de la mujer se abrieron excesivamente–, no podemos confirmar que tenga también a su hijo, pero cualquier dato será indispensable para resolver el caso.

–Lo entiendo. Por eso he venido rápidamente al ver que mi hijo no estaba en casa. Las puertas estaban todas cerradas y nadie ha escuchado nada. La habitación está en perfecto estado…

–Todos los casos del secuestrador son así, señorita –la joven apartó la mirada, incómoda–. Pero no podemos descartar otros posibles culpables. ¿Sospecha usted de alguien?

–Creo que sí…

Vincent se levantó para coger su pequeña libreta y anotar todos los detalles. Había aprendido a apreciar los datos más importantes, pero sabía perfectamente que algunos pasaban desapercibidos al principio y, por eso, era importante apuntarlo todo. Se apoyó sobre su escritorio y prosiguió con la entrevista.

–Dígame cómo se llama su hijo.

–Dios mío, ni siquiera le he indicado mi nombre. ¡Discúlpeme! –ocultó su rostro con la palma de la mano. Acto seguido, se levantó y la tendió para presentarse– Mi nombre es Sofía Maymir, encantada de conocerle.

–Mucho gusto.

–Mi hijo se llama Hugo Maymir, tiene siete años –Vincent anotó el nombre mientras arqueaba una ceja. Sabía que en el presente no estaba casada por la falta de alianza, pero se preguntaba por qué estaba sola una mujer tan encantadora–. Por desgracia su padre murió meses antes de que él naciese, así que ni tan solo pude ponerle su apellido.

–Lo lamento. Es una crueldad que un hijo no conozca a su padre.

–Gracias, Inspector. Pero más cruel sería que yo no recuperase a mi hijo –se sentó de nuevo y bebió un poco de agua–. Ayer, Hugo me explicó que un hombre le había jurado que le llevaría con su padre, que estaba escondido en el bosque.

–¿Le dijo como era ese hombre? ¿Dónde hablaron?

–Solo dijo que era un hombre alto, vestido con un traje negro. Y, no sé dónde hablaron, no entiendo cómo pudo pasar. En el colegio tienen medidas de seguridad extremas desde que empezaron las desapariciones, y al salir vamos directos a casa.

–Entiendo. ¿Cómo reaccionó usted?

–Pues, cuando escuché aquellas palabras me horroricé. Había oído hablar del secuestrador de niños y en seguida me puse en lo peor. Le dije que no volviese a hablar con ese hombre, que era un mentiroso y tremendamente peligroso. Se echó a llorar y me juró que no lo haría… –respiró hondo antes de continuar su discurso– Pero, creo que ha sido él mismo el que ha salido de casa.

–¿Cree que Hugo se ha escapado?

–Sí, así es. Ver a su padre es lo que siempre ha deseado. Aunque me duela, sé que mis palabras no sirvieron de nada –sacó de nuevo el pañuelo y se secó las lágrimas–. Puede que me equivoque, pero lo único que me importa es recuperar a mi hijo.

Parecía tan fuerte, pero tan abatida al mismo tiempo, que Vincent no pudo evitar sentir una tristeza inconcebible. Observó a la mujer, todos sus detalles; su pelo, su ropa, sus manos. ¿Cómo una mujer sola podía cuidar de su hijo y de ella misma en aquellos tiempo? ¿Cómo conseguía salir adelante?

Un agente abrió la puerta sin previo aviso, con una carta en su mano y gotas de sudor cayendo por la frente. Su rostro estremecido reflejaba terror y sus ojos miraban fijamente a Sofía.

–Entre, por favor.

–Inspector, ha llegado otra carta –se la entregó con la mano temblorosa–. Anónima, como todas.

–Puede retirarse…

Dentro del sobre había un dibujo. Un dibujo como el resto, con una gran sombra central y niños a su alrededor. Pero, a diferencia de las otras ilustraciones, en esta había detalles de los niños dibujados; el color del cabello de los niños, su ropa. Uno de los niños llevaba una H en su camiseta, otro llevaba un animalito dibujado, detalles que podrían ayudar a su identificación.

–Este parece ser el niño nuevo –le dijo a Javier, que había entrado a la habitación–. Es la primera vez que aparecen detalles, y es mucho más bajo que el resto.

–¿Puedo verlo? –preguntó la mujer, apretando el pañuelo rosado entre sus manos. Si aquel era el niño nuevo, probablemente sería su hijo.

–No creo que sea una buena idea, señor.

–Por supuesto que lo es, podría reconocer a alguno de los niños. De hecho, uno de ellos podría ser su hijo.

Le entregó el dibujo, y observó cómo su rostro se descompuso rápidamente. Debía tener cuidado, sabía perfectamente que a veces las personas identificaban a sus seres queridos desaparecidos, aunque realmente no fuesen ellos. Pero, tenía que confiar en ella, era lo único que tenía para avanzar en el caso.

»¿Reconoce a alguien?

–Mi hijo… –susurró, señalando al niño de la camiseta con la inicial– Es Hugo, es su camiseta.

Vincent cogió de nuevo la libreta y anotó la información en ella. El niño tenía siete años, y la mayoría de los niños desaparecidos tenían entre 7 y 10, por lo tanto tenía sentido que su estatura fuese inferior. A pesar de ello, su dibujo estaba lleno de detalles, y por primera vez transmitía algo más que siempre terror.

»A Hugo siempre le ha gustado mucho dibujar –añadió Sofía, entre sollozos–. Incluso pintaba con los dedos en el suelo del jardín… No puedo creer que ese dibujo sea suyo, mi hijo –se cubrió el rostro con las manos y desahogó sus lágrimas.

–No se preocupe, señorita. Le prometo que encontraremos a Hugo, le prometo que volverá a dibujar en su jardín –Javier le miró, juzgando sus palabras. Sabía que nunca debía prometer algo que tal vez no pudiese cumplir, pero qué narices, su deber también era brindar apoyo a los familiares.

–Javi, enseña este dibujo a todos los agentes, que busquen similitudes con las ilustraciones que están analizando. Cualquier detalle similar nos puede ser de gran ayuda. Repasa los informes, busca la información de la ropa que llevaba cada niño, y llama a los padres de aquellos que no dieron esos datos.

»Quiero información sobre el color de cabello, ropa, gafas, cualquier elemento característico. Cuando la tengas pásala a los agentes, que hagan las comparaciones. Creo que este dibujo nos dará la verdad del caso.

–Señor, ¿quiere que le comunique las novedades al comisario? –preguntó el ayudante.

–No, yo mismo le llamaré. Quiero que envíe a unas cuantas partidas a inspeccionar el bosque. Tengo el presentimiento de que hemos pasado por alto algo importante; buscábamos un sitio grande, dimos por supuesto que los cogía por la fuerza, aunque no había pruebas de ello. Creo que simplemente les prometía aquello que deseaban, y ellos mismos le seguían.

Sofía le miró con los ojos llenos de lágrimas, repetía sus palabras, iba a buscar a su hijo allí dónde el hombre le juró que encontraría a su padre.

»Tal vez está en una simple casa de campo, más grande que un hogar común pero pequeño para llamar la atención. No debemos olvidar que son niños, pequeños, no ocupan mucho sitio y puede tener colchones en el suelo para que duerman todos juntos. Quizá sea como un campamento para ellos, esperando el momento de recibir lo prometido. ¿Y si es él mismo el que decide qué sale en los dibujos? ¿Por qué hoy hay detalles y hasta ahora no había?

–Señor… –intervino Javier sin poder seguir.

–De hecho, creo que él mismo ha decidido que ha llegado la hora de encontrarle. Y le encontraremos. Reparte el trabajo entre los agentes, por favor.

–Entendido, Inspector.

Su ayudante salió con el dibujo en la mano, y todos los agentes se levantaron al verle. Parecían un gran equipo, hacía tiempo que no les veía tan unidos. Los peores casos servían para aproximar a las personas, no solo del cuerpo, también del pueblo. Todos los padres se ayudaban para tener a los niños siempre vigilados, y aquellos que tenían a sus hijos desaparecidos se sentían respaldados por el resto de la población. Aunque no era el momento de pensar en aquello, Vincent se alegró porque todos estuviesen tan unidos.

–Señorita Maymir, su testimonio ha sido de vital importancia. Pero, lamento decirle que ahora necesito despedirme de usted. Le prometo que encontraremos a su hijo, muchísimas gracias por su ayuda –se acercó a ella y le tendió la mano, pero ella le ofreció un abrazo. Los brazos de la joven rodearon su cuello, y sintió con más intensidad aquel aroma tan embriagador. Todavía temblaba, y las lágrimas seguían acariciando sus mejillas, pero una sonrisa iluminaba su rostro.

–Muchas gracias, Inspector. Ojalá pueda encontrar a todos los niños.

Y se fue, atravesando la habitación con pasos tan delicados que parecía flotar. No pudo evitar observar como contorneaba sus caderas, pensando una vez más, que una mujer tan bonita y buena no debería vivir tan sola. Así era aquel país, aquel mundo, donde los hombres morían jóvenes y dejaban mujeres solas criando a sus pobres hijos.

Pasó todo el día en su despacho, hablando con el comisario, con su ayudante, con agentes que iban y venían enseñándole nuevos hallazgos. Cada vez estaban más cerca de descubrir el paradero de los niños, pero la búsqueda en el bosque sería larga. Vincent intentaba analizar cómo había podido ocurrir todo aquello. Era evidente que el hombre había utilizado una ilusión diferente para cada uno de los niños, por tanto, había podido observarlos o tenía información sobre todos ellos. Quizá era el conserje de alguno de los colegios, pero, ¿cómo tenía acceso a la información del resto de niños? Tal vez era maestro de música, de arte o de literatura. Pero, no podía suponer nada de todo aquello. Quizá era simplemente un hombre que observaba a los niños en el parque y se hacía amigo de ellos. O, tal vez era una mujer. Todas las hipótesis llenaban su cabeza y el humo de los cigarrillos que había fumado aquel día inundaba el ambiente de su despacho. Tenía los ojos rojizos cuando su ayudante entró con un plato de ensalada, un filete de carne, un trozo de pan y una pieza de fruta, acompañado con un vaso de vino y una jarra de agua fría.

–Muchas gracias, Javi. Esta noche me quedaré aquí, por si hay alguna novedad.

–Perfecto, señor. Si me necesita estaré en mi mesa repasando la información. Ya tenemos identificados a la mayoría de los niños de la última imagen, así que me quedaré para terminar el trabajo.

–Buen trabajo, merecías esta oportunidad. Eres capaz de dirigir al equipo, de dar órdenes y ser escuchado. Mereces tener esa autoridad, las cosas van a empezar a cambiar en esta comisaria, y tú vas a formar parte de las mejoras.

–Gracias por sus palabras, para mí es un honor tener su confianza.

Vincent pasó la noche dando cabezadas en el sofá de su despacho, abriendo los ojos de vez en cuando por si sonaba el teléfono, por si llegaba alguien para darle nueva información. Pero la alarma que esperaba no llegó hasta pasadas las siete de la mañana, cuando el comisario entró en la habitación con una carpeta llena de documentos.

–Vincent, despierte –gritó al entrar. Llevaba una gabardina grisácea, con los hombros oscurecidos por las gotas de lluvia. Su rostro, repleto de arrugas y manchas, lucía enfadado.

–Señor Comisario, discúlpeme, he pasado la noche en vela.

–Sí, sí, típico en usted. Debería descansar, no servirá de nada si no tiene la cabeza despejada. Le necesitamos –se sentó en una de las sillas del despacho, observando el desorden–. Tampoco le vendría mal ordenar un poco todo este desastre, esto parece una pocilga –odiaba sus cambios de humor, algunos días lo trataba como a un dios y otros le despreciaba, estaba claro que hoy no era su día.

–¿Hay alguna novedad? –se levantó y fue directo a llenar una de las tazas de café caliente que su ayudante le había llevado minutas atrás.

–No, ese es precisamente el problema. Sus ideas son muy buenas para escribir una novela, pero estamos en el mundo real. Deje de fantasear, no es ningún detective famoso, es un simple empleado que ha dejado volar demasiado la imaginación. Decenas de agentes revisaron el bosque, algunos vecinos del pueblo ayudaron en la búsqueda; no hemos encontrado nada.

–Señor, no creo que hayan inspeccionado todo el bosque, tan solo ha pasado un día.

–¿Me estás diciendo que sigues pensando que están allí? –cuando el Comisario le tuteaba, empezaban los problemas– Maldita sea, han desaparecido muchos niños, no pueden estar en una simple casa.

–El bosque envuelve la mayoría de pueblos en los que han desaparecido, es muy posible que se encuentren en él. Una de las madres en su testimonio afirmó que un hombre le había dicho al niño que le mostraría a su padre en el bosque. Si seguimos buscando, estoy seguro que pronto le encontraremos.

–Eres muy testarudo, Vincent. Pero no te juzgo, eso es lo que me gusta de ti. Seguiremos con la búsqueda un día más, pero te juro que si no encontramos nada tendrás que mover el culo y localizar tú mismo el maldito escondrijo de esa miserable rata.

–Puede estar seguro de que lo encontraran. Está en ese bosque, lo sé.

–Te traigo toda la información que pediste. Historiales de conserjes, profesores y personal docente en general de todos los pueblos implicados. No creo que ninguno de esos trabajadores esté relacionado con este caso, ¿qué es lo que buscas?

–Un posible culpable, o descartar a todos ellos. Solo intento poner las ideas en orden y creo que la mejor manera es clasificar la información que tenemos.

–Me gustaría ver los dibujos que han enviado, solo he visto el último y tengo curiosidad –Vincent señaló una carpeta, y cuando el Comisario la abrió, su rostro cambió por completo. Una mueca de horror se dibujó en su cara–. Esto es espantoso… Algunos de los niños llevan más de quince días desaparecidos, y nadie parece haber visto a ese malnacido. ¡Como haya matado a alguno de los niños!

–Señor, es mejor pensar que todos están bien. Este ha sido un caso muy extraño, ninguno de nosotros imaginaba que algo así pudiese pasar. Debemos mantener la esperanza y conseguir que los padres la mantengan.

–Muy bien, Inspector. Hace usted un buen trabajo, aunque sus métodos son un poco diferentes de lo habitual.

–Lo importante es el resultado, ¿no, señor?

–Sí, tiene razón. Haga que reanuden la búsqueda, si recibo alguna noticia, se la haré saber de inmediato.

–Hasta pronto, Comisario.

Un par de horas más tarde el teléfono del despacho sonó. Después de varios minutos de conversación, Vincent se levantó y abrió la puerta.  Javier se acercó corriendo, con cara de preocupación y el rostro pálido.

–Señor, ¿me necesita?

–Tenemos la casa, tenemos a los niños –las palabras surgieron volando, llenando de alegría, gritos y aplausos la comisaria. Por fin, después de semanas de angustia y trabajo, los niños estaban a salvo–. Estaban en una Masía restaurada en la cuna del bosque. En la casa tenían comida y camas suficientes para todos. No hay ningún niño ni herido ni enfermo.

–¿Y el secuestrador? –preguntó un agente joven.

–No estaba en la casa. Algunas patrullas siguen buscándolo. Pero, nos ha dejado un mensaje. Una carta escrita a mano por uno de los niños, donde parece que nos revela todo su plan.

–Y, ¿qué dice en ella? –pidieron varios de los hombres.

–Al parecer ni tan solo era vecino de ninguno de los pueblos. En la nota nos narra cómo su hijo murió cuando era muy pequeño; se cayó en un río y nadie hizo nada para salvarle. Cuando consiguió hacerse con su cuerpo empapado, estaba ya ahogado. Se sentía tan deprimido por aquella pérdida, que tuvo que irse de aquel sitio y empezar una nueva vida. Pero, no podía soportar ver como algunos niños vivían tristes, soñando con tener algo que no podían obtener, como un padre fallecido o un hermano perdido. La mayoría de los niños secuestrados habían perdido a algún familiar en los últimos años, y él les prometía reencontrarse con ellos. Promete que no quería hacerles daño, solo darles esperanzas y hacerles vivir en un sueño por unos días –todos los agentes quedaron en silencio. La historia era triste, sí, pero Vincent sabía cómo debía proseguir.

»No debemos olvidar que este miserable ha secuestrado a quince niños. Ha sacado de sus casas a menores de edad con engaños, los ha tenido retenidos. Ahora pueden creer que toda ha sido un dulce sueño, pero tarde o temprano regresará a ellos el recuerdo, y se sentirán horrorizados.

–Ese desgraciado nos quiere hacer creer que les ha hecho un favor –algunos aplaudieron aquella afirmación.

–Lo cierto es que los niños han regresado con sus padres llorando, porque anhelan que sus sueños prometidos se hagan realidad. Pero, pobrecillos, aprenderán muy pronto que jamás conseguirán ver a aquellos que perdieron.

»Creo que es el momento de reflexionar, señores. Todos nosotros hemos perdido a alguien, ya sea familiar o compañero. Seguramente, también habríamos seguido a alguien que nos prometiera reencontrarnos con nuestros seres queridos –el silenció reinó sobre los murmullos–. El hombre será buscado, encontrado y juzgado. Todos nosotros podemos perder a alguien que apreciamos, pero jamás debemos dejar que eso nos nuble la mente.

»El hombre del saco sigue siendo una simple leyenda, nuestro hombre es simplemente, un hombre. Formamos un gran equipo, chicos. Buen trabajo.

Días más tarde, Santiago Codina se entregó en una de las comisarias, dando pruebas de que había secuestrado a todos los niños desaparecidos. No tenía cómplices, solo las promesas de cumplir sueños. Antes de ser detenido, al terminar su juicio, masculló a los presentes:

–¡Volvería a hacerlo! Os lo juro –sus ojos parecían a punto de salir de sus orbitas, y sus labios dibujaban una sonrisa rota–. Volvería a hacerlo, solo para ver en los ojos de todos aquellos niños soñadores, el reflejo de mi pobre hijo muerto.

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Publicado por en 8 junio 2013 en Capítulos

 

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