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La muerte de Roberto Piemonte

01 Jun

Este relato es propiedad de Carme Sanchis, y su ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ilustración de Vicente Mateo Serra
http://elsitiodetico.blogspot.com.es/

Había sido una noche tranquila. El teléfono apenas había sonado un par de veces, y todas eran alarmas por pequeños hurtos. Vincent Barrett había tenido tiempo suficiente para descansar y despejar su cabeza. Llevaba mucho tiempo sin salir a la calle para resolver algún misterio. Echaba de menos esas noches sin dormir dándole vueltas a las pistas que había encontrado, intentando encajar las piezas para resolver el puzle de un asesinato. Pronto saldría de nuevo.

***

El reloj de la plaza marcaba las 07:35, un grupo de mujeres rodeaba el portal número 7, susurraban, observaban, sospechaban…

–Escuché un disparo… resonó en mi habitación… creo que ha sido en el principal.

–Yo me desperté con el grito de ella. Ha sido Beatriz, estoy segura.

–Sí, algo le ha pasado al señor Roberto. Dios quiera que esté bien.

Poco a poco el grupo se fue ampliando, y cada una de las nuevas dejaba caer su información.

***

En el principal derecho, una mujer sentía cómo las lágrimas viajaban por su rostro, besando sus labios, dejando en ellos un gusto salado. Justo a su lado, el cuerpo sin vida de su marido todavía desprendía calor. No soportaba mirarlo, pero aun así lo hacía, y rompía de nuevo a llorar.

Roberto Piemonte estaba sentado en su sillón de cuero marrón, con los brazos caídos y una pistola bajo su mano derecha. Vestido con un traje impoluto, unos guantes negros y un disparo en su sien.

Vincent se abrió paso entre la muchedumbre. Ahora había hombres, y ellos también traían información:

–Roberto tenía demasiadas deudas.

–Dicen que su mujer tenía muchos amantes, quizá ha sido una pelea.

–No, ella le amaba. Ha sido por dinero, siempre es por dinero.
En el portal del edificio le esperaba un hombre con una gabardina gris, una carpeta llena de papeles y un cigarrillo en sus labios. Parecía nervioso, observaba el suelo, sus manos se movían rápidas cogiendo el pitillo con sus largos dedos. Cuando sintió la presencia del inspector, levantó la mirada y miró directamente a sus ojos.

–¿Inspector? –asintió levemente con la cabeza– Soy Daniel Moreda, el asistente personal del señor Piemonte.

–¿Asistente personal? –Vincent arqueó su ceja derecha mirándole con curiosidad.

–Exacto. Me encargo de administrar el tiempo, dinero y recursos de la familia Piemonte. Soy su secretario, administrador y contable. La señora Beatriz me llamó hace un par de minutos y he venido lo antes posible para atenderle. Parecía tremendamente inquieta.

–Entonces, voy por delante de usted –Vincent no pudo evitar esbozar una sonrisa con sus delgados labios, dejando entrever sus dientes–. El señor Roberto Piemonte se ha suicidado, un disparo en la sien. De momento desconocemos las circunstancias exactas que le llevaron a hacerlo, pero hemos encontrado una nota de despedida.

–Roberto, ¿Roberto se ha suicidado? –Daniel hizo una mueca, como si se le parase el corazón– Dios mío. Ha tenido problemas con el dinero últimamente, pero ese no es motivo suficiente para suicidarse.

–Vaya, qué discreto… –dijo entre dientes– Acompáñeme, por favor. Tenemos que revisar la escena del crimen y debo hacerles unas preguntas a usted y a la señora Piemonte.

Beatriz esperaba sentada en el sofá frente a su marido. Sus labios pintados de rojo temblaban, sus ojos castaños estaban cansados de llorar. Al sonido estridente del timbre, la preciosa mujer se levantó, se alisó el vestido y retocó su peinado con los dedos. Ella siempre tenía que estar perfecta.

La puerta estaba abierta. El inspector Barrett se quitó el sombrero. Asombrado por la belleza de la viuda, sus ojos viajaron por todo su cuerpo, observando cada pequeño detalle.

–Soy el inspector Vincent Barrett, encantado de conocerla.

Ella, miró con los ojos llenos de lágrimas a quien le hablaba. Sin duda aquel hombre no era como el resto de policías. Habían pasado ya muchos por la casa. Unos hacían fotos; otros, preguntas; y otros, simplemente observaban.

–Encantada, Señor Barrett. Ya he contestado todas las preguntas de los policías, pero le atenderé. Perdóneme si en algún momento no soporto los nervios –las lágrimas regresaron a sus ojos–, pero es que todavía no me lo puedo creer…

–Tranquilícese mujer –la rodeó con uno de sus brazos–. Vayamos dentro, será mejor que nos sentemos.

Daniel, el ayudante de la familia, se quedó en el salón mirando a Roberto. Beatriz le había ignorado. Era difícil mantenerse sereno frente al cuerpo sin vida de su jefe. Aquel hombre que había sido tan poderoso, ahora estaba allí sentado, muerto. Eso sí, tan elegante como siempre.

En el comedor, Vincent empezó el interrogatorio:

–¿Podría explicarme qué pasó exactamente? – sacó del bolsillo de su gabardina una pequeña libreta negra, casi llena.

–Hacía tiempo que mi marido estaba inquieto. Se pasaba el día aquí encerrado, mirando por la ventana que da a la plaza.

Anotó en su libreta lo que ella le decía, sus palabras, sus gestos, sus pausas.

»Le pregunté mil veces qué le pasaba. Nunca me confesó sus temores, siempre decía que era mejor no saber nada –Vincent miró sus manos, su anillo de casada–. Supongo que quería protegerme. Pero yo sabía más de lo que él pensaba.

–¿Quién se lo explicó?

–Daniel, por supuesto. Tenía miedo, así que me contó que Roberto empezaba a tener deudas, que si no pagaba se metería en líos. Y supongo que así fue, por eso enloqueció.

Un policía entró con la carta que Roberto había escrito antes de suicidarse. Era corta, muy directa.

“Querida Beatriz, perdóname. No puedo seguir viviendo así, perseguido, observado, encerrado. Sé que soy un cobarde, pero no encuentro otra salida que terminar con mi propia vida. Vete con tu hermana cuando yo ya no esté, espero que consigas volver a ser feliz. Y, sobretodo, perdóname.”

–La letra coincide con la del Señor Piemonte. No hay duda, ha sido un suicidio.

–¿Hay más pruebas?

–Sí, señor. Hemos encontrado cartas amenazadoras sobre el escritorio. Al parecer tenía muchas deudas, creemos que relacionadas con apuestas. Además, el arma con la que se disparó estaba bajo su mano. No había huellas porque llevaba unos guantes de cuero. Pero las pruebas son muy claras.

–Parece que su marido nos ha dejado el trabajo hecho –Vincent seguía escribiendo, a pesar de que el resto de policías daban el caso por cerrado.

–Señor, ¿damos la orden de levantar el cadáver?

–No, todavía no. Me gustaría echarle un vistazo –Le hizo una señal para que se retirase. Todavía tenía preguntas para la viuda–. Resuélvame una duda. Antes de suicidarse, ¿su marido no le habló de huir?

Beatriz abrió bien los ojos, cogió aire. Tocó su pelo y jugó con uno de sus rizos.

–Bueno, me propuso hacer un viaje. Yo todavía no sabía que estaba metido en estos líos.

–Y, ¿no volvió a proponérselo más tarde?

–No, creo que no. – Tamborileó con los dedos sobre la mesa. Le molestaba su insistencia.

–¿Por qué no fueron?

–No lo sé, me pareció precipitado.

–Entiendo… Y en cuanto a la carta, ¿se irá usted a vivir con su hermana?

–Sí, creo que es mejor que haga caso a mi marido. Necesitaré el apoyo de mi hermana.

–Está bien. Si necesita alguna cosa mientras está fuera, puede llamar y hablar conmigo. Si no estoy mi ayudante tomará nota –sacó de su libreta una tarjeta con su nombre y su dirección–. Aquí tiene.

–Gracias. Y si me disculpa, desearía acostarme un rato. Daniel se encargará de todo.

Sin darle tiempo a nada más, Beatriz se levantó y cruzó la habitación tocando su pelo, moviendo sus caderas al andar. Vincent sabía que aquella mujer escondía algo importante, sabía que mentía, pero lo hacía muy bien.

Daniel todavía estaba en el salón, y el inspector Barrett fue a observar el cadáver y a hacer unas últimas preguntas.

–¿Desde cuándo trabajabas para la familia? –Dejó de hablarle de usted, quería una conversación más directa.

–Hace ya muchos años, yo todavía estudiaba. Beatriz visitaba la librería donde yo trabajaba, y al final nos hicimos amigos y me ofreció este trabajo.

–¿Se encargaba ella de ese tipo de cosas? –De nuevo arqueó una de sus cejas. La pobre viuda que se había mostrado desvalida tenía más poder del que decía.

–Bueno… fue ella quien me ofreció el trabajo, pero era Roberto quien tenía la última palabra.

–Ya, y ¿le confesaste a la señora los problemas de su marido?

–Verá, Beatriz sabía que algo no iba bien, y merecía saber la verdad –al inspector no le gustó la respuesta. Se puso serio.

–¿Se lo contó usted?

–De hecho, siempre se lo contaban todo. No les gustaban los secretos –una gota de sudor resbaló por su frente.

–¿Lo hizo usted o no? –Vincent levantó la voz.

Un policía se acercó a ellos, impidiendo que el joven respondiese.

–Inspector Barrett, el comisario ha pedido el cierre del caso y a dado la orden de levantar el cadáver. Él mismo se encargará de todo, así que puede retirarse.

Daniel Moreda esbozó una sonrisa. El caso estaba cerrado. Un simple suicidio, un lío de apuestas.

–¿Le puedo hacer una última pregunta? –Vincent sabía lo que estaba pasando.

–Por supuesto –respondió ya más sereno.

–¿Viajaban muchos los señores Piemonte?

–Sí, claro. A Beatriz le encanta viajar. Solían salir de viaje, a cualquier parte del mundo. Incluso viajamos los tres juntos algún fin de semana.

Y eso fue todo, caso cerrado. Aunque Vincent sabía que los dos mentían, aunque tenía pruebas, jamás podría demostrarlo. El poder hace callar a la verdad, y compra a la justicia.

***

–Roberto, ¿has escrito ya la carta?

–Sí, mi amor. Ya está todo preparado. Las deudas sobre el escritorio, y la despedida la dejamos aquí en el salón. Tengo el dinero del billete de tren preparado, y te he dejado suficiente en el cajón para el tuyo y tus gastos durante esta semana.

–¿Crees que todo saldrá bien, cariño?

–Por supuesto, no estés nerviosa. Muy pronto estaremos los dos juntos, muy lejos de aquí. Y te prometo que no habrá más apuestas.

–Te prepararé un café antes de irte. Siéntate en el sillón, mi vida.

Beatriz fue a la cocina a preparar café. En el primer cajón, junto a las cucharillas guardaba la pistola de Roberto. Se puso uno de los guantes de cuero negro de su marido y la guardo en su bolsillo. Regresó al salón, sin café.

–Te amo –susurró él cerrando los ojos mientras su mujer le abrazaba por la espalda. La mano izquierda de ella acariciaba su cuello. Mientras la mano derecha acercaba el arma hacia su sien.

Al abrir los ojos, vio su imagen reflejada en el espejo unos segundos. Su mujer apretaba el gatillo, su vida se evaporaba. Rápidamente colocó los brazos caídos y dejó el arma bajo su mano derecha. Le puso los guantes y se cambió el vestido. La función no había hecho más que empezar.

***

El Señor Roberto Piemonte se había suicidado, dirían los periódicos. El Comisario daría el pésame a la viuda y recibiría un sobre a cambio. ¿Dinero? No. Fotos, un chantaje.

En el entierro, ella lloraría desconsoladamente. Rememoraría aquel plan perfecto, y la cara de horror de su marido cuando ella apretó el gatillo.

 

Carme Sanchis Estellés

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Publicado por en 1 junio 2013 en Capítulos

 

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